CAPÍTULO 40

1968 Palabras
Las cámaras parpadearon como relámpagos contenidos, inmortalizando cada segundo. Nari respiró hondo antes de alzar la mirada. Las luces del salón la cegaban por momentos, pero nada se comparaba con la presión que oprimía su pecho. Liam estaba junto a ella. Su rostro serio, impenetrable, con una tensión en la mandíbula que sólo ella sabía descifrar. Había leído el diario. Había leído toda la verdad. Y, sin decir una palabra, había decidido estar allí. Los managers, el staff, los directores de comunicación… todos estaban alerta. Cualquier error podía costar una carrera. El moderador se acercó al micrófono. —Buenas tardes. Agradecemos a todos los medios su presencia. Como se anunció, Song Nari y Liam Park tienen un comunicado importante que compartir. Les pedimos respeto y silencio durante la intervención. Las voces cesaron. El aire parecía denso, como si el tiempo mismo contuviera la respiración. Nari dio un paso al frente. Sintió las miradas clavarse como cuchillas. Algunas eran de morbo, otras de escepticismo. Muy pocas, de empatía. Tomó el micrófono. Sus dedos temblaban, pero su voz… su voz fue firme. —Sé que durante los últimos meses han circulado rumores, especulaciones y muchas verdades a medias. Hoy no vengo a limpiar una imagen, sino a contar mi historia. Porque ya no quiero vivir con miedo a recordar quién soy. El murmullo en la sala era mínimo. Las cámaras grababan, los periodistas esperaban ansiosos. —Mi nombre es Samantha Johnson. Nací en Australia. Y durante años creí ser una persona común, hasta que un accidente cambió mi vida por completo. Desperté en Corea, rodeada de extraños, viviendo una vida que no reconocía… una vida que pertenecía a Song Nari. El impacto fue inmediato. Una ola de murmullos creció con fuerza hasta que el moderador alzó las manos exigiendo silencio. Nari tragó saliva, pero continuó. —Lo que descubrí en el camino es más complejo que una simple confusión. Nari y yo fuimos separadas al nacer por un experimento clínico que jamás debió existir. Crecimos sin saber la una de la otra. Y cuando por fin nos cruzamos… fue demasiado tarde. Liam apretó los puños. Desde su sitio, la miraba con un dolor que no intentaba ocultar. Ella sabía lo que eso significaba: él aún estaba allí. A pesar de todo. —Durante meses viví como Nari, amé como ella, trabajé como ella… sin saber que esa vida no me pertenecía del todo. Y aun así, encontré mi verdad. Mi amor. Mis sueños. Y mi deseo de no ser una mentira. El moderador respiró con dificultad. Estaba tenso, lo sabía. Pero Nari estaba decidida. —Hoy les hablo con mi nombre real, pero también con el corazón de quien vivió como Nari. Porque ella, en su silencio, me enseñó más de lo que podría haber imaginado. Yo no quiero reemplazarla. Sólo quiero vivir mi verdad sin tener que esconderme. Y si eso significa renunciar a parte de esta carrera, lo aceptaré. Pero no más mentiras. Uno de los reporteros, sin permiso, alzó la voz. —¿Y usted, Liam Park? ¿Sabe desde cuándo lo sabía? Un silencio peligroso cayó en la sala. Liam se levantó. —Lo supe. No desde el inicio… pero lo supe antes de todos. Y me equivoqué al callarlo. Las cámaras giraron hacia él. —¿Por qué lo hizo? Liam miró a Nari. Esa mirada fue una confesión muda. —Porque la amaba. Porque tenía miedo de perderla. Porque no supe separar el amor de la verdad. Nari bajó la cabeza. Una lágrima, solitaria, cayó por su mejilla. No de dolor. De alivio. El moderador intentó retomar el control. —Les agradecemos por la declaración. El equipo legal y de relaciones públicas dará seguimiento a los medios. Pero ya era demasiado tarde. Las redes estallaban. El mundo tenía su noticia. Mientras todos comenzaban a recoger sus cosas, Nari se giró hacia Liam. —¿Y ahora qué? Liam, sin dudarlo, respondió: —Ahora… enfrentamos la tormenta. Juntos. Ella asintió. Porque ya no había marcha atrás. Ahora sí, la verdad estaba fuera. Y la verdadera historia de Samantha Johnson… apenas estaba comenzando. Las cámaras parpadearon como relámpagos contenidos, inmortalizando cada segundo. Nari respiró hondo antes de alzar la mirada. Las luces del salón la cegaban por momentos, pero nada se comparaba con la presión que oprimía su pecho. Liam estaba junto a ella. Su rostro serio, impenetrable, con una tensión en la mandíbula que sólo ella sabía descifrar. Había leído el diario. Había leído toda la verdad. Y, sin decir una palabra, había decidido estar allí. Los managers, el staff, los directores de comunicación… todos estaban alerta. Cualquier error podía costar una carrera. El moderador se acercó al micrófono. —Buenas tardes. Agradecemos a todos los medios su presencia. Como se anunció, Song Nari y Liam Park tienen un comunicado importante que compartir. Les pedimos respeto y silencio durante la intervención. Las voces cesaron. El aire parecía denso, como si el tiempo mismo contuviera la respiración. Nari dio un paso al frente. Sintió las miradas clavarse como cuchillas. Algunas eran de morbo, otras de escepticismo. Muy pocas, de empatía. Tomó el micrófono. Sus dedos temblaban, pero su voz… su voz fue firme. —Sé que durante los últimos meses han circulado rumores, especulaciones y muchas verdades a medias. Hoy no vengo a limpiar una imagen, sino a contar mi historia. Porque ya no quiero vivir con miedo a recordar quién soy. El murmullo en la sala era mínimo. Las cámaras grababan, los periodistas esperaban ansiosos. —Mi nombre es Samantha Johnson. Nací en Australia. Y durante años creí ser una persona común, hasta que un accidente cambió mi vida por completo. Desperté en Corea, rodeada de extraños, viviendo una vida que no reconocía… una vida que pertenecía a Song Nari. El impacto fue inmediato. Una ola de murmullos creció con fuerza hasta que el moderador alzó las manos exigiendo silencio. Nari tragó saliva, pero continuó. —Lo que descubrí en el camino es más complejo que una simple confusión. Nari y yo fuimos separadas al nacer por un experimento clínico que jamás debió existir. Crecimos sin saber la una de la otra. Y cuando por fin nos cruzamos… fue demasiado tarde. Liam apretó los puños. Desde su sitio, la miraba con un dolor que no intentaba ocultar. Ella sabía lo que eso significaba: él aún estaba allí. A pesar de todo. —Durante meses viví como Nari, amé como ella, trabajé como ella… sin saber que esa vida no me pertenecía del todo. Y aun así, encontré mi verdad. Mi amor. Mis sueños. Y mi deseo de no ser una mentira. El moderador respiró con dificultad. Estaba tenso, lo sabía. Pero Nari estaba decidida. —Hoy les hablo con mi nombre real, pero también con el corazón de quien vivió como Nari. Porque ella, en su silencio, me enseñó más de lo que podría haber imaginado. Yo no quiero reemplazarla. Sólo quiero vivir mi verdad sin tener que esconderme. Y si eso significa renunciar a parte de esta carrera, lo aceptaré. Pero no más mentiras. Uno de los reporteros, sin permiso, alzó la voz. —¿Y usted, Liam Park? ¿Sabe desde cuándo lo sabía? Un silencio peligroso cayó en la sala. Liam se levantó. —Lo supe. No desde el inicio… pero lo supe antes de todos. Y me equivoqué al callarlo. Las cámaras giraron hacia él. —¿Por qué lo hizo? Liam miró a Nari. Esa mirada fue una confesión muda. —Porque la amaba. Porque tenía miedo de perderla. Porque no supe separar el amor de la verdad. Nari bajó la cabeza. Una lágrima, solitaria, cayó por su mejilla. No de dolor. De alivio. El moderador intentó retomar el control. —Les agradecemos por la declaración. El equipo legal y de relaciones públicas dará seguimiento a los medios. Pero ya era demasiado tarde. Las redes estallaban. El mundo tenía su noticia. Mientras todos comenzaban a recoger sus cosas, Nari se giró hacia Liam. —¿Y ahora qué? Liam, sin dudarlo, respondió: —Ahora… enfrentamos la tormenta. Juntos. Ella asintió. Porque ya no había marcha atrás. Ahora sí, la verdad estaba fuera. Y la verdadera historia de Samantha Johnson… apenas estaba comenzando. Las horas posteriores a la conferencia de prensa fueron un terremoto sin precedentes. En Corea, las pantallas de televisión interrumpieron sus transmisiones habituales para emitir especiales de noticias. En Australia, los titulares hablaban de “la joven robada por la industria del entretenimiento a******o”. Y en internet… el caos fue absoluto. #SongNari #SamanthaJohnson #LiamSabíaTodo #LaVerdadDeNari #RompieronElContrato Trending topic mundial en menos de una hora. [Twitter/X – Comentarios] 💬 @MyungieFanReal: ¿CÓMO QUE NO ERA NARI? ¿CÓMO QUE ERA SAMANTHA? ¡ESTO PARECE UN DRAMA DE MBC Y YO ESTOY LLORANDO! 💬 @KpopIsLife97: Liam lo sabía y no dijo nada… eso es traición. No se hace. Estoy destrozada. #CancelLiam 💬 @SamanthaStanAU: Esta chica vivió una pesadilla. No tienen idea de lo que significa perder tu identidad. Estoy con ella. #ProtectSamantha 💬 @Nari4Ever: Qué ironía… Samantha resultó ser más Nari que la verdadera. Qué fuerte todo esto. 💬 @BiasWreckerLiam: A mí no me importa si se llama Nari o Samantha. Ella es arte. Ella es corazón. Ella es real. En los foros, los debates eran infinitos. Había quienes exigían explicaciones a la agencia, otros pedían una investigación internacional sobre el experimento ilegal que separó a las gemelas, y los más fanáticos… simplemente no sabían a quién apoyar. Algunos fans creaban compilaciones de videos con frases de Nari (o Samantha) que ahora, bajo la nueva luz, tenían un peso diferente: “A veces siento que esta vida no es mía.” “Cuando cierro los ojos, veo lugares que nunca he visitado.” “Hay una parte de mí que no logro recordar.” Cada palabra era ahora evidencia. Cada gesto, una pista que nadie había querido ver. En la agencia Los directivos estaban en llamas. Las llamadas no cesaban. Inversionistas, marcas, productores de dramas, sponsors… —¿Ya sabían esto desde antes? —¿Qué pasa con los contratos firmados a nombre de Song Nari? —¿Van a demandar a la familia de Samantha? —¿Y la verdadera Nari? ¿Está viva o muerta? La presión era infernal. Algunos directivos querían cortar la relación con ambos artistas de inmediato. Pero otros sabían que eso solo alimentaría más el escándalo. Y, además… había algo imposible de ignorar: la gente seguía hablando de ella. Samantha —o Nari, para muchos aún— no había sido cancelada. Había dividido a la audiencia, sí, pero también la había humanizado. Le había dado a la industria un golpe de realidad. En la calle Los carteles de promoción seguían colgados: Song Nari en una campaña de cosméticos, en una marquesina de drama, en una parada de bus. Pero ahora, la gente los miraba con otros ojos. —¿Tú crees que todo fue real? —No sé… pero su cara dice la verdad. No se puede fingir eso. En casa Samantha apagó el celular. Las notificaciones eran interminables. Había mensajes de odio… pero también miles de mensajes de apoyo. Incluso de fans que nunca esperó que la entendieran. Abrió uno, escrito en español: “No importa cómo te llames, te vi brillar cuando más oscura estaba mi vida. Gracias por no rendirte. Desde Colombia, te mando todo mi amor.” Cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió culpa. No sintió vergüenza. Sintió alivio. Liam estaba en la sala, rodeado de papeles y su laptop. Se giró cuando la vio entrar. —¿Y bien? Samantha lo miró, con una sonrisa rota pero real. —Estamos en la tormenta. Tal como dijiste. —¿Y te arrepientes? Ella negó con la cabeza. —No. Al fin soy yo.
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