Nari observó la pantalla por largos segundos.
El mensaje seguía ahí. Sin firma. Sin contexto. Sin excusas.
Pero lo decía todo.
—¿Quién es? —preguntó Liam, leyendo sobre su hombro.
—No sé. Pero dice que sabía todo… —respondió ella, alzando el teléfono—. Y dejó esto.
Una dirección en Itaewon. Un barrio lleno de vida, de luces, de ruido.
Y, sin embargo, el edificio marcado estaba apartado, como si el olvido lo hubiera reclamado tiempo atrás.
—Voy contigo —dijo Liam, sin dudar.
—No —respondió ella, firme pero dulce—. Necesito hacerlo sola.
—Nari…
—Es sobre mi identidad. Sobre mi historia. Tengo que mirarlo de frente. No te estoy alejando… estoy protegiendo lo que estamos construyendo.
Liam la abrazó. No dijo nada más.
Una hora después, Nari se plantó frente al viejo edificio. El viento jugaba con su abrigo y su cabello suelto. Subió las escaleras oxidadas hasta el tercer piso.
La puerta estaba entreabierta.
Empujó con cuidado.
—¿Hola…? —su voz resonó entre las paredes vacías.
—Llegaste más rápido de lo que pensé —dijo una voz grave desde el fondo.
Nari dio un paso atrás, sorprendida.
De entre las sombras emergió una figura familiar.
Cabello algo más largo, expresión relajada pero firme, una sonrisa ladeada que conocía demasiado bien.
—¿Daniel?
—Hola, Samantha.
Nari parpadeó.
—¿Tú me enviaste el mensaje?
—Sí. No podía seguir en silencio.
—¿Qué es este lugar?
—Era de tu madre biológica —respondió él, paseando la mirada por el lugar como si no lo tocara desde hace años—. La última vez que la vi fue aquí. Me pidió que me alejara. Que no dijera nada. Por tu bien, dijo.
Yo lo respeté. Hasta hoy.
—¿Tú sabías que yo era adoptada? ¿Desde cuándo?
Daniel suspiró, metiendo las manos en los bolsillos.
—Desde que tenías cinco años. Estuve ahí cuando tus padres firmaron. No se suponía que supieras. Pero no podía seguir viendo cómo te ahogabas en preguntas sin respuestas.
Nari lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes?
—Porque ahora estás lista. Porque ahora te veo completa, incluso con las grietas. Porque ya no eres solo una sombra con nombre prestado. Eres tú.
Y porque... —hizo una pausa, bajando la mirada— te debo la verdad.
Nari sintió cómo el aire se espesaba.
—¿Qué más sabes?
Daniel se giró. Abrió una pequeña caja de madera en una repisa polvorienta. Sacó un cuaderno viejo, con bordes dorados.
—Esto es de tu madre. Su diario. Está todo aquí.
Las razones, los nombres, incluso lo que pasó con Sofía.
—¿Con Sofía…?
—Sí. Ella también sabía.
La tierra tembló bajo los pies de Nari. No literalmente. Pero en su alma, un nuevo sismo acababa de partirla en dos.
Tomó el cuaderno entre sus manos como si contuviera el peso del universo.
—Gracias, Daniel —dijo sin mirarlo.
Él asintió.
—Léelo cuando estés lista. Pero recuerda algo: la verdad puede doler… pero también libera.
Y luego, desapareció entre las sombras.
Nari se quedó allí.
Sola.
Con su historia temblando entre las manos.
Liam caminaba en círculos en el estudio. Sus pasos eran lentos, pero su mente iba a mil.
Cada minuto que pasaba sin saber de Nari era una daga en el pecho.
—¿Y si le pasó algo? ¿Y si ese mensaje fue una trampa? —murmuraba, sin poder quedarse quieto.
Tomó su teléfono. Nada nuevo.
Se sentó. Se levantó. Miró la puerta. Maldita puerta.
Volvió a revisar el último mensaje de Nari:
"Confía en mí. Si no regreso antes de las 9, llama a Sofía."
Eran las 9:13 p.m.
Llamó.
—¿Sofía?
—¿Liam? ¿Qué pasa?
—¿Nari te ha escrito?
—No… pensé que estaba contigo.
—Recibió un mensaje extraño. Fue a una dirección sola. Dijo que era importante, sobre su identidad.
—¿¡Qué!? ¿Y la dejaste ir sola?
—Intenté ir con ella, pero fue clara. Y yo… quise respetarla. Quise confiar.
Un silencio duro cayó del otro lado de la línea.
—¿Dónde está?
—Itaewon. Un edificio viejo. Tercer piso. Creo que alguien del pasado la esperaba ahí.
—Voy para allá.
—Yo también.
Liam llegó antes. Su auto casi derrapó al frenar.
Subió los escalones de dos en dos. Y al llegar, la vio.
Nari estaba sentada en el suelo, justo frente a una caja abierta. Tenía un cuaderno entre las manos y las mejillas empapadas.
—¡Nari!
Ella alzó la vista. No dijo nada.
Liam se arrodilló frente a ella, sin tocarla aún.
—¿Estás bien?
Ella asintió… pero sus ojos decían lo contrario.
—¿Qué encontraste?
Nari levantó el cuaderno.
—Es el diario de mi madre biológica… Daniel me lo dio.
Liam tragó saliva.
—¿Daniel… el que también estaba en el accidente?
—Sí. Él sabía todo. Y Sofía también.
Liam no supo si abrazarla o gritar.
—¿Quieres que lo leamos juntos?
Ella negó suavemente.
—No todavía. Necesito procesarlo. Pero… —levantó la mirada— gracias por venir.
—Siempre vendría por ti. Aunque me patearas, aunque me gritaras. Aunque me dijeras que ya no me amas… seguiría viniendo. Porque no puedo… —la voz le tembló— no puedo imaginar el mundo sin ti.
Por primera vez desde que entró, Nari se movió. Se lanzó a sus brazos.
Y Liam la sostuvo como si fuera todo lo que quedaba en el universo.
—Estoy aquí —le susurró al oído—. Aunque se derrumbe todo, yo no me voy.
Ella apretó los párpados. A veces, sólo a veces, no hace falta decir nada más.
La noche se hizo más espesa.
Liam y Nari estaban sentados en el suelo del viejo apartamento. Una lámpara portátil iluminaba la caja donde reposaban fotos, documentos, y el cuaderno de tapa de cuero desgastada.
Nari lo tenía entre las manos. Temblaban.
Liam no decía nada, solo le ofrecía su silencio… y su presencia.
Abrió la primera página. El trazo era delicado. Femenino. Lleno de emociones contenidas.
En la esquina superior decía: Kim Seyeon. Octubre, 2002.
“Hoy supe que estoy embarazada. No sé si llorar o reír. El padre… no lo sabe. Y no debe saberlo.”
Nari tragó saliva. Siguió leyendo.
“Tengo miedo. No por mí. Por esta niña. Ya siento que es una niña. No quiero que crezca en esta familia. No quiero que repita mis errores. No quiero que sienta lo que yo he sentido: que nunca fui suficiente.”
Liam le tomó la mano, sin decir palabra.
“Pensé en irme. Pero mi madre me amenazó. ‘Si te vas, no vuelvas’. Quieren ocultarlo. Pretenden enviarme a j***n, como si mi existencia fuera una vergüenza. Pero esta niña no es una vergüenza. Esta niña es mi luz. Es mi única razón para resistir.”
Una lágrima rodó por la mejilla de Nari.
Volteó la página. El tono de las entradas empezaba a cambiar con el paso de los meses.
“Estoy de siete meses. Ella patea fuerte. Le pondré el nombre de una flor… Nari. Como los lirios que florecen aun en la lluvia. Porque eso será ella. Fuerte. Hermosa. Libre.”
Nari apretó los labios. Liam no dejaba de mirarla, con el pecho oprimido.
“Me obligaron a firmar los papeles. No tuve opción. Me sedaron después del parto. Cuando desperté… ya se la habían llevado. Dijeron que estaría ‘mejor’ así. Que una familia importante la adoptaría y que nunca sabría de mí. Lo firmé. Pero no lo acepto. La buscaré. Un día… la buscaré.”
Nari cerró los ojos.
—No lo logró —susurró.
—Pero te dejó esto. Dejó su voz, su verdad.
Pasaron las páginas finales. Las últimas entradas eran cada vez más breves, más apagadas.
“Hoy la vi en una revista. Es ella. Lo sé. Mi Nari. Ha crecido. Es una estrella. No sabe quién soy, pero está viva. Está brillando. Quizá… eso basta.”
Silencio.
Liam se acercó más a ella. La abrazó desde atrás. Nari apoyó la cabeza en su hombro, con el cuaderno aún contra el pecho.
—No sé si estoy más rota… o más completa.
—Quizá las dos cosas a la vez.
—Necesito respuestas, Liam. Y esta vez… no pienso irme sin ellas.
Sus ojos, aunque enrojecidos, ya no temblaban.
Algo dentro de Nari había despertado.
Y esta vez… no pensaba callar más.