Reconociendo a mi hijo: Capítulo IV (Parte 2)

2296 Palabras
Me pierdo en el olor de sus cabellos mientras nos mantenemos abrazados. Su aroma me tranquiliza, y sin percatarme, la erección se va. Ella tiene ese doble efecto en mí: puede hacer que la sangre me hierva tan solo en segundos, así como me da la paz y calma que necesito en mi vida. No sé cómo ha llegado a ser Eliana tan especial para mí, si hasta hace unos minutos solo conocía de ella su cuerpo y dónde debo tocar para hacer que estalle de placer, quizá sea que el amor eterno es real y ella es mi predestinada, aquella mujer que nació para mí. Como sea, ahora solo sé que, aunque ella se niegue a que exista un “lo nuestro” por su baja autoestima, yo no voy a dejar de insistir y luchar para tener una vida plena a su lado y al de Sebastián. Soltamos el abrazo cuando escuchamos que una enfermera está llamando a los familiares de Sebastián Carrillo Del Río. El bebé lleva los dos apellidos de su madre, algo que me enoja y quiero remediar, pero primero debemos ocuparnos de que el pequeño sane por completo y podamos llevarlo a casa. La enfermera nos informa que ha despertado y que podemos verlo. Eliana es quien primero pasa a cuidados intensivos, ya que está muy deseosa por ver despierto a su hijo. Cuando sale, está llorando, y eso me preocupa, pero la enfermera me asegura que llora porque no quería dejar a su niño solo, conectado a tantas máquinas y con una vía intravenosa clavada en su bracito. La consuelo, y luego es mi turno de ingresar. Ella no refuta que me permitan ver a Sebastián, quizá ya sabe que me presenté como su padre, uno que debe aún esclarecer su relación legalmente con su hijo, o quizá permite que vaya a ver al bebé por todo lo que hemos hablado antes de que nos dieran la noticia de que ya había despertado. Sebastián está llorando, escucho su llanto y quejidos desde varios pasos antes de llegar a donde se encuentra. Me acerco y lo veo hacer un puchero por el dolor que siente en el bracito. Pronuncio su nombre, llamando su atención, él voltea a mirarme, y como no me conoce, se desconecta de mi mirada para seguir llorando mientras enfoca la suya en su brazo. Empiezo a acariciar sus cabellos, los cuales son un poco más claros que los de su madre. Sebastián es muy parecido a Eliana, salvo por el color de su piel, ojos y cabello, ya que sus ojos son oscuros mientras que su piel y cabello son más claros que los de su madre. Al sentir mi tacto empieza a calmarse. Gira la cabeza y me mira. Sonrío por debajo del cubrebocas, pero de seguro mi alegría por estar así con él, tan próximos, se nota en mis ojos, y él me sonríe, respondiendo al sentimiento que comienza a crecer en mí por él. Es extraño, pero a este pequeño no lo estoy queriendo por ser hijo de la mujer de la cual me he enamorado. Es como si al mirarlo me estuviera viendo a mí mismo, y al encontrarme en él, me estoy dando una oportunidad de aliviar el pesar de ese niño llamado Mateo que creció con una profunda tristeza al ver cómo los otros chiquillos jugaban con sus padres, mientras que él estaba solo con su pelota, sin nadie que lo guie ni enseñe a cómo patearla. Con mis dedos acaricio su carita, tratando de memorizar cada una de sus facciones. Creo que le gusta mi tacto porque sonríe mientras estoy reconociendo cada rincón de su rostro. Empiezo a hablarle porque me da mucha ilusión que él llegue a identificar mi voz. Le animo a que siga mejorando, así como lo felicito por ser valiente y muy fuerte. Como si supiera de lo que le estoy hablando, mira la vía intravenosa enterrada en su brazo y hace un puchero. Yo acaricio con mis dedos sus labios y le pido que no llore, que es necesario que esa vía esté ahí para que puedan hidratar su cuerpo y pasar las medicinas que están ayudándole a ganar la batalla a la enfermedad. Él deja el puchero, me mira y vuelve a sonreír, levanta una de sus manitas queriendo tocar mi cara, así que me acerco lo más que puedo para que lo haga. Sentir sobre mi piel su tacto hace que mi corazón se llene de felicidad y empiezo a sentirme agitado. Sin esperármelo, el pequeño suelta dos sílabas que quiero creer que son un sustantivo que me ofrece para que sea mío por siempre y no un simple balbuceo. Sebastián me mira y dice: «pa – pá», y yo empiezo a llorar. Ese momento me recordó uno que quedó grabado en una cinta de VHS gracias a que mi madre quería guardar por siempre algunos recuerdos de mi infancia. Era Navidad, la primera para mí, tenía apenas diez meses de nacido -como Sebastián- y mi tío había ido a pasar esa fecha especial con nosotros, dejando solos a mis abuelos, quienes no querían saber nada de mi madre y de mí. En el vídeo se ve a mi tío ayudándome a abrir los regalos que mamá y él compraron para mí. Él me enseñaba los juguetes y la ropa, yo reía porque de seguro me sentía feliz. En eso, sin que nadie se lo espere, lo miré, elevé mis brazos y dije: «pa – pá». En la grabación quedó el llanto de mi madre inmortalizado mientras mi tío me cargaba y abrazaba, yo no dejaba de repetir esas dos sílabas. No sé si mi intención, así como la de Sebastián, fue la de poner un título a aquel hombre que me daba su amor y protección, aquel que es para el progenitor, ya que es el destinado a salvaguardar el bienestar de la familia, o simplemente fueron escuetas sílabas en un intento por hablar. Como fuese, que Sebastián las dijera mientras tenía fija su mirada en la mía, hizo que en mí se fortalezca mucho más la decisión de hacer a ese niño mi hijo y a su madre mi esposa. Al regresar al lado de Eliana, la encuentro hablando con el doctor que tiene el caso de Sebastián. Todo estaba bien, hasta que veo que este hombre coloca una de sus manos sobre el hombro de ella y empieza a moverla como acariciando esa parte de su cuerpo. En el rostro de Eliana se nota incomodidad, por lo que me acerco y obligo a que retire su mano al yo tomarla por la cintura y atraerla hacia mí. El médico, con una sonrisa nerviosa, comenta que pensaba que estábamos distanciados, ya que el pequeño es mi hijo y no lleva mi apellido. Le digo que eso es parte del pasado, que ni bien mi pequeño deje el hospital iremos al Registro Civil a solucionar ese inconveniente, que él es un Meyer y va a llevar el apellido de su padre. Eliana se abraza a mí y pega su cabeza a mi pecho, algo que deja bien claro la relación que tenemos, que no está disponible y que ningún hombre puede acercársele. El galeno asiente con la cabeza y me comenta, para cambiar el tema, que ante la buena respuesta de Sebastián mañana por la mañana dejará cuidados intensivos para pasar a piso de Pediatría, donde sí necesitará que alguien se quede para su cuidado. Luego de eso se marcha con un semblante desilusionado y algo cabizbajo. Lo entiendo, Eliana es hermosa, y pensó que podría cortejarla, pero ella no está sola, me tiene a mí, no solo a su lado para ayudarla en todo, sino que también estoy en su corazón, lugar del que no pienso salir. Ya es medianoche y, aunque no nos permiten estar al lado de Sebastián, Eliana no quiere dejar el hospital, algo que comprendí al recordar cuando me rompí el brazo a la edad de cinco años y mamá no se despegó de mí para nada. Este tiempo nos sirve para hablar un poco más sobre su vida, así me narra con mayor detalle lo que Olena había introducido sobre su familia, que su madre es de nacionalidad española, que llegó siendo aún una novicia, que su padre la conoció un día que ingresó al convento a hacer unos arreglos junto con su padrino, que era el maestro constructor del pueblo donde vivían, y que desde ese momento no pudo sacársela de la mente. Como la propiedad donde funcionaba el convento necesitaba varios arreglos, el padre de Eliana tuvo varias oportunidades para deslumbrar a su madre con sus encantos. En verdad la madre de Eliana no quería tomar los hábitos, solo que sus padres la obligaron a quedarse en el convento de la ciudad española de dónde provenía tras enterarse de que estaba en amoríos con un hombre quince años mayor que ella, quien era casado y padre de tres niños. Como no querían que a sus veinte años malogre su vida de esa manera, no les quedó de otra que hacerla religiosa, y cuando les anunciaron que su hija había sido elegida para cruzar el océano Atlántico, participando en los trabajos de evangelización que la congregación realizaba en esta zona de América, lo vieron como una bendición, sin imaginarse que terminaría escapando con uno de los albañiles. - Por unos años mis abuelos estuvieron molestos con ella, pero luego se les pasó cuando superaron que mi padre es un mulato. Al final, es mejor que su hija se haya casado y formado una familia con un mulato a que sea una madre soltera despreciada al llevar en su vientre el hijo de un hombre casado –dice sonriendo con burla porque los abuelos prefirieron “el mal menor” según ellos. - ¿Y tus bonitos ojos color miel los heredaste de tu madre? –pregunto mientras llevo detrás de su oreja un grupo de cabellos rebeldes que no quieren dejar de cubrir su precioso rostro. - En realidad, ella los tiene como los tuyos, verdes como dos aceitunas –rio porque la comparación que acaba de hacer me causa mucha gracia-. Imagino que los míos son una mezcla entre los ojos de mi madre y los de mi padre, así como mi cabello y el color de mi piel. Soy muy parecida a papá, solo que ligeramente “blanqueada” –que haya usada esa palabra con esa connotación arranca un par de carcajadas que debo controlar por el lugar donde nos encontramos. - Entonces, tu padre debe ser un hombre bien parecido –suelto todo coqueto, sonriéndole provocativamente. Ella se muerde el labio inferior y acaricia una de mis mejillas con su suave mano; ese toque me escarapela la piel por la placentera sensación que me produce. - Creo que sí, sino mamá no se habría escapado con él –aunque ella trata de no hacerlo notorio, logro ver la tristeza en sus ojos al estar hablando de sus padres. - ¿Los extrañas? –pregunto tomando la mano con la cual acariciaba mi mejilla, ya que ahora soy yo quien deja suaves mimos sobre el dorso de esta. - Mucho. Lo único que extraño de mi tiempo en mi ciudad es mi familia, pero es un amor no correspondido. Ellos no me quieren volver a ver, mucho menos conocer a mi hijo, así que no voy a rogarles. No puedo permitir que mi niño crezca cerca de personas que lo mirarían mal solo por su origen. - ¿Sabes lo que pienso? –ella me mira muy atenta, esperando la respuesta a la pregunta que hice-. Que ellos se pierden la oportunidad de conocer al maravilloso Sebastián. ¡Ese niño es magnífico! De grande va a tener a todas las muchachas detrás de él –digo en son de broma, para alejar la tristeza, y Eliana sonríe. - Yo solo quiero que mi hijo crezca siendo un buen hombre, que respete a las mujeres, que sea de una sola pareja y que no mienta –trato de ver si hay tristeza en su mirada por el recuerdo del padre de Sebastián, pero no encuentro nada. Para ese hombre no hay ningún tipo de sentimiento proveniente de ella. - ¡Y así será! Daré lo mejor de mí para siempre ser un buen ejemplo para él en todo aspecto –digo y ella se sonroja, agacha la mirada mientras se muerde el labio inferior. Esa respuesta me gusta más que cuando me daba la espalda y empezaba a explicarme que mis palabras no eran vaticinios de un bonito futuro, sino fantasías que nunca se harán realidad-. Eliana, ¿me darás una oportunidad para demostrarte que soy digno de ti y de Sebastián? –levanta la mirada buscando la mía, sus ojos brillan llenos de amor que es solo para mí, sonríe, y yo me quedo contemplándola como un perfecto tonto, nunca había visto un rostro tan bonito, salvo el de mi madre. - Sí, Mateo, no solo te daré una oportunidad para que me demuestres el buen hombre que eres, sino que yo también me daré una oportunidad de volver a confiar y amar –olvidándome donde estamos, tomo con mucha delicadeza, pero firmemente, la cabeza de Eliana con mis manos y planto un tierno beso en sus labios. Lentamente me como cada uno de ellos y siento la respiración de la mujer que me ha enamorado agitarse por mi roce íntimo, pero con mucho respeto porque no pienso volver a tocarla como lo hacía en los escondites que teníamos en el hotel hasta que formalmente empecemos con una relación, ya que entiendo muy bien que por este momento estoy a prueba.
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