El silencio que siguió a las palabras de Alessandro era tan pesado que a Valentina le costaba llenar los pulmones. Él seguía allí, demasiado cerca, con esa mano gélida rozando su piel lastimada. Valentina sintió una chispa de rebelión incendiándose en su pecho, un calor que quemó el rastro de sus lágrimas.
—No te equivoques, Romano —escupió ella, apartando la cara de un tirón—. No soy, ni seré jamás, parte de tu familia. Que mi padre sea un cobarde que me está vendiendo como mercancía no significa que yo haya aceptado este destino.
Alessandro no se inmutó. Sus ojos negros permanecieron fijos en ella, analizando cada espasmo de su rabia.
—Prefiero morirme —continuó Valentina, con la voz quebrada pero firme— antes de ser parte de tus negocios sucios, de tus manos manchadas de sangre y de esta vida podrida que ambos llevan. ¡Mátame si quieres, pero no me pidas que te pertenezca!
Alessandro soltó una risa seca, un sonido sin rastro de humor que le erizó el vello de la nuca. Dio un paso más, acorralándola contra el borde del escritorio de roble.
—¿Morir? Eso es demasiado fácil, Valentina —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso—. Si no aceptas, no serás tú quien pague el precio. Tu padre me vendió su alma hace mucho tiempo; me debe una cantidad de dinero que ni vendiendo esta mansión diez veces podría pagar. Si tú no caminas hacia ese altar, yo cobraré esa deuda con su cabeza.
Valentina palideció. Miró hacia la puerta cerrada, donde su padre aguardaba como un buitre.
—Conmigo nadie juega, y mucho menos se me deja plantado —sentenció Alessandro, su rostro a escasos centímetros del de ella—. Así que piénsalo bien antes de rechazar "esta oferta". No es solo tu libertad lo que está en juego, es la vida del hombre que, aunque te golpee, sigue siendo tu única sangre.
El aire entre ellos se volvió eléctrico. Alessandro, en un movimiento lento y posesivo, inclinó la cabeza buscando sus labios, intentando sellar el pacto con un beso que ella no deseaba. Valentina sintió el aroma de su perfume caro mezclado con el tabaco de la habitación y, antes de que sus labios se tocaran, su mano se movió por puro instinto.
¡ZAS!
El sonido de la bofetada retumbó en las paredes del despacho. La cabeza de Alessandro giró violentamente hacia un lado.
Valentina jadeaba, con la palma de la mano ardiéndole. Durante un segundo, el terror la paralizó al ver la marca roja de sus dedos en la mejilla del hombre más peligroso de la ciudad. Alessandro se quedó inmóvil, con la mandíbula tensa, y lentamente volvió la vista hacia ella. Sus ojos ya no eran oscuros; eran fuego puro.
Sin esperar a ver su reacción, Valentina pasó por su lado a toda prisa, abrió la puerta del despacho y salió corriendo por el pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Solo quería encerrarse en su habitación y desaparecer.
Dentro del despacho, el ambiente era de muerte. Roberto Cruz entró de inmediato, frotándose las manos con nerviosismo al ver la marca en el rostro de Alessandro.
—¡Alessandro! Yo... lo siento, ella es joven, impulsiva... —balbuceó Roberto, intentando disculparse.
Alessandro sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se tocó la mejilla, con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Aclaremos algo, Cruz —dijo Alessandro, guardando el pañuelo y mirando al hombre con un desprecio absoluto—. Tu hija tiene fuego, pero ese fuego me pertenece a partir de ahora. Los negocios están cerrados: la boda será el sábado, sin falta.
—Por supuesto, yo me encargaré —asintió Roberto rápidamente—. Ella llegará a esa boda, te lo aseguro. La tendré lista, aunque tenga que...
—Más te vale —lo interrumpió Alessandro, dándole un empujón verbal que hizo que Roberto retrocediera—. Porque si el sábado ella no está frente a mí diciendo "sí", no solo te quitaré cada centavo que tienes. Te arrancaré la lengua por haberme hecho perder el tiempo.
Alessandro caminó hacia la salida, pero se detuvo en el umbral, mirando hacia las escaleras por donde Valentina había desaparecido.
—Asegúrate de que llegue intacta, Cruz. El primer golpe se lo perdoné yo, el segundo se lo diste tú. No habrá un tercero. Ella es mía ahora.
Salió de la mansión, dejando a Roberto temblando y a Valentina atrapada en una pesadilla de la que no había despertar posible.