Camino al taller mecánico. 09:30. La carretera secundaria se extendía entre campos polvorientos y árboles secos, un paisaje desolado que parecía acompañar el silencio denso dentro del coche. Francisco conducía con los nudillos blancos sobre el volante, la mirada fija en el asfalto como si pudiera atravesarlo con la furia contenida. A su lado, Marco repasaba una carpeta abierta, con papeles arrugados llenos de anotaciones. —Encontré un nombre repetido en los informes adulterados —dijo Marco, rompiendo el silencio—. Héctor Saldaña. Francisco giró apenas la cabeza, sorprendido. —Saldaña… —repitió con voz áspera—. Fue jefe de seguridad de mi familia durante años. Se esfumó después de la muerte de mi padre. —No se esfumó del todo —corrigió Marco, pasando una hoja hacia él—. Lo localicé en

