Las puertas de la imponente mansión Radoslav se abrieron lentamente, y Skyner cruzó el umbral con una sonrisa de satisfacción. Radis la esperaba en el vestíbulo, su expresión fría, sin el menor atisbo de una bienvenida cálida. Para él, Skyner no era más que una pieza clave en el juego, un recurso temporal que desaparecería en cuanto su utilidad se agotara. Sin embargo, ella no parecía inmutarse; estaba dispuesta a soportar aquella indiferencia con tal de ver cumplidos sus propios intereses. Radis hizo un gesto para que lo siguiera, llevándola a su estudio privado. Era un espacio oscuro y silencioso, decorado con pesados cortinajes de terciopelo y muebles antiguos, donde el ambiente estaba impregnado de la misma frialdad calculadora que emanaba de su dueño. Cuando ambos se acomodaron, Radi

