CAPÍTULO VEINTIDÓS Bern estaba sentado, rodeado de gente que se reía y le compraba tragos, como hacían siempre cuando él se sentaba en el medio de la taberna. No era que les agradara, Bern no tenía tiempo para esas cosas, pero sabían lo que les convenía. Un hombre que no había yacido en el suelo, con varios dientes desparramados entre la paja sucia. Sus ‘amigos’ lo rodeaban, aunque no eran amigos de verdad, solo hombres más pequeños y menos violentos que él, pero que habían entendido que estar de su lado era más seguro que no estar. Para ser justo, la mayoría de los hombres eran más pequeños y menos violentos que Bern; él era un hombre imponente que podía aplastar un cráneo con sus propias manos llegado el caso, y tenía tatuajes en los hombros que serpenteaban por los brazos como para de

