Es sábado quince de diciembre. Me levando temprano por la mañana, hoy he
quedado con Luisa, o mejor dicho, con la señora Bell para ir a la peluquería para
limpiarla, acomodar los muebles y colocar algunos adornos navideños para darle
un ambiente más alegre y festivo. Pasé todo el día de ayer haciendo algunos
adornos con material reciclable y pintura, unas flores navideñas y algunos en
forma de copos de nieve, también hice un cartel con la lista de los servicios que se
realizan, ya los precios se los colocara Luisa allá.
— ¿A dónde vas tan temprano? — pregunta mi madre mientras da un sorbo a
su café de las mañanas.
— Hoy he quedado con la madre de Nicole para acomodar un poco la
peluquería, ya sabes, para que no pierda la temporada de trabajo.
— Me alegra mucho que la ayudes, hija — me da una sonrisa cálida — No te
vayas a ir sin desayunar.
— Claro que no.
— He preparado avena espesa, tal como te gusta, ¿Te voy sirviendo?
— Si mamá , por favor.
Estoy arreglándome para salir. Entro en el cuarto y busco entre mi ropa, tengo
suficiente; pero nunca sé que colocarme. Tomo varias camisas, ninguna me gusta.
Voy a limpiar, ¿Qué ropa debería colocarme? Obviamente la voy a ensuciar. Lo
pienso un momento y comienzo a registrar todo el guardarropa, ¡Sí! Consigo lo
que estaba buscando, un pantalón de licra un poco viejo y una camiseta cómoda
de mangas cortas color gris. Me visto y me veo al espejo. No está mal, ahora me
faltan los zapatos. Me coloco unos deportivos negros que son ideales para el
trabajo. Por último, falta mi cabello, voy al baño y me lo humedezco solo en la
parte de adelante y de atrás, luego con la ayuda de un peine y un cepillo me hago
un moño bien agarrado, dejándolo bien peinado y los rulos bien formados
sobresaliendo de la cola como un adorno.
— Diana — escucho a mi madre.
— ¿Qué? — contesto distraída.
— La comida ya está servida — me anuncia para que salga.
— ¡Voy, ya estoy lista!
Veo la hora, son las ocho y treinta y cinco de la mañana. Verifico que lleve todas
las cosas que necesito. Adornos, sí; afiche, sí; desinfectante, sí; guantes, sí;
tapabocas, sí; cloro; si; agua para beber, sí. Lo tengo todo. Agarro un bolso
grande y meto todo con cuidado junto a mis otras cosas.
— Ya me voy — le aviso a mi madre mientras estoy a punto de salir por la
puerta.
— Adiós cariño, cuídate mucho. — me dice asomándose por una ventana.
Son las nueve y media de la mañana, hoy tarde en poco más esperando el
transporte. Cuando llego al establecimiento de la señora Bell todavía está cerrado,
¡Ah, no puede ser! Le dije que vendría temprano. La espero unos minutos y me desespero. Iré a dar una vuelta por aquí cerca, no quiero quedarme aquí parada
esperando. Cerca de allí hay un pequeño centro comercial, por la hora ya hay
algunos negocios abiertos, en especial hay uno donde está llegando mucha gente,
es una lonchería y venden pasteles de carne, pollo, queso y más. Se ven deliciosos; pero no vine a comer. Me regaño a mí misma.
Me siento entre un grupo de mesas dispuestas para el público, está en medio de
todo el centro comercial y la luz del sol desciende por el medio iluminándolo de
una manera encantadora. Saco el teléfono de mi bolsillo y me dispongo a entrar
en mis r************* , llevo algunos días sin revisarlas.
Tengo un montón de notificaciones, solicitudes de amistad, anuncios y
mensajes.
Vaya. Tampoco creo que hayan pasado tantos días.
Pienso un momento en la última vez que las utilicé.
Reviso. Son notificaciones sin importancia, anuncios de productos que podrían
interesarme, etiquetas y algunas felicitaciones de cumpleaños. Había olvidado que
también a las personas les gusta escribir por aquí, veo el inicio y efectivamente,
tengo varias felicitaciones por mi cumpleaños. Aprovecho y contesto a algunas de
ellas; luego paso a ver las solicitudes de amistad, varias de ellas son de personas
que conocí en el trabajo y de algunas otras personas que ni recuerdo, acepto a
algunas y otras simplemente las elimino. Ya conozco bastante gente rara como
para conseguir más. Por ultimo voy a la parte de mensajería.
Me quedo sorprendida al ver la cantidad de personas que me ha escrito por allí,
la mayoría son hombres que no conozco.
Pongo mala cara cuando comienzo a leer.
Hola bella, ¿Cómo estás?
Alejo Casas
Es el primero que leo.
Hola hermosa, ¿tienes novio? Si no, yo podría ser el tuyo.
Brayan Gil
Tan bonita y solita, responde.
Ernesto Blanco.
¿Qué se creen estos tipos?
Abro otro mensaje, ¡Oh, no puede ser! Un tipo ha enviado fotos de sus genitales.
Procedo a eliminar todos esos mensajes y bloquear a esas personas. Que asco,
¿De dónde sale tanta gente así? No quiero imaginar la cantidad de mujeres que vive esta pesadilla cada día disfrazada de buenas intenciones.
Reviso un poco más y consigo algunos mensajes de algunas amistades,
preguntándome como estoy y que estoy haciendo. Les respondo a algunos para
no dejarlos esperando. Veo nuevamente la hora diez y cuarenta y cinco.
¡Es tarde! Aunque… yo he llegado temprano.
Me levanto de la mesa y salgo del centro comercial para volver a la peluquería.
— Espero que Luisa este allí cuando llegue — suelto al aire.
Como si mi voz hubiera sido escuchada, cuando voy llegando veo a Luisa Bell
casi corriendo para llegar.
— ¡Luisa! — le grito desde el otro lado de la calle y la saludo con la mano para
que me vea.
Voltea viendo para varias partes primero hasta que me localiza. Me hace señas
con las manos para que vaya hasta donde esta ella.
Cruzo la calle y nos encontramos. Va bastante desarreglada, parece que ha
salido corriendo de la casa.
— ¿Cómo estas Diana? — pregunta con la respiración algo entrecortada.
— Estoy bien, ¿Tú como estas? Te vez bastante agitada.
— Si, disculpa la hora. Me he quedado dormida y vine lo más rápido que pude.
— No te preocupes, estuve esperando en un centro comercial cerca de aquí.
— le doy una sonrisa para tranquilizarla.
— Que bueno. Vamos entonces.
Llegamos y soltamos todo lo que cargamos sobre una silla, tomamos nuestros
tapabocas y guantes, y unos paños para limpiar. Comenzamos sacudiendo todo
el polvo del lugar. Es demasiado. Rodamos muebles, botamos cosas a tal punto
que la bolsa negra de basura ya no le entraba más nada. Mi mayor deseo era
quitar el afiche político.
— Luisa, ¿Puedo quitar esto de aquí?
— No, eso no es mío. Es de mi hermana
— Pero, le da mal aspecto a la peluquería.
— Lo sé; pero no puedo hacer nada.
¿Cómo que no puedes hacer nada? Este es tu negocio. Me provocaba tomarla
de los brazos y decirle que reaccionara; pero eso no sería correcto.
Llego la hora del medio día, tengo hambre. Me he preparado y me traje algunas
golosinas para comer Luisa también ha unas frutas para ambas. Aprovechamos
esta hora para descansar, el trabajo de la limpieza está siendo agotador, pero
fructífero, todo comienza a agarrar un mejor aspecto. Ya llevamos varias cajas con
artículos guardados que se deben llevar a su casa o bien botarlos.
Mientras estamos comiendo escucho mi teléfono sonar dentro del bolso. Lo
busco para ver quién es. Es una llamada de Ram.
Me levanto de donde estoy sentada y contesto.
— Hola.
— Hola, señorita, ¿Cómo has estado?
Me sobresalto cuando lo escucho.
— Bien, estoy en Oremurt.
— ¿Sí?, ¿Y eso? — suena extrañado.
— Haciendo una limpieza en el negocio de la madre de Nicole.
— Vaya, algo inesperado, ¿Te gustaría salir hoy por allí?
No me esperaba una propuesta como esa hoy.
— Me encantaría.— No puedo evitar sonreír
— ¿Dónde nos encontramos?
— En el mismo lugar s la plaza de la vez pasada. así será más fácil, ¿No crees?
— Perfecto. Traeme algo — me río.
— Vaya, ya veo que me tomas confianza — ríe también.
— ¿Por qué lo disces? — me hago la inocente.
— Ya después hablaremos. hñHasta pronto.
— Hasta pronto.