Gato entró por la puerta pequeña del lavadero como no lo había dejado de hacer hasta hacía unas semanas. El olor a detergentes, químicos, mangueras y cauchos mojado le trajeron un explicable sentimiento de nostalgia como si no hubiera estado en ese lugar desde hacía años. El sol se elevaba desde lo más alto del cielo y las gotas de agua que iban y venían refrescaban su frente y su cabellera descuidada con una agradable sensación de verano. Los perros custodios del negocio lo reconocieron de inmediato y se lanzaron en busca de sus manos esperando algún movimiento de cariño de su parte, pero Martin apartó las manos con autodesprecio y continuó su camino.
El suelo recubierto por baldosas ásperas de color azul estaba encharcado y el sonido de sus pies resonó por el lugar donde hasta el momento no había sido notada su presencia. Gato se asustó por unos momentos creyendo que aquel descuido en sus pasos sería reprendido con violencia como lo había hecho Rata y Vaca en los últimos días, sin embargo, los trabajadores del auto lavado lo recibieron con sonrisas cordiales y abrazos amistosos. El ruido de los chorros a presión cesó y los hombres, vestidos con esqueletos, shorts y botas de caucho, se dirigieron al chico realizando los típicos comentarios de los adultos respecto a la altura, el cambio y la edad de los chicos. A pesar de ello y de lo falsos que pudieran parecer en un principio dichos comentarios, el cambio parecía ser notable en el rostro de Martin, más alto, más fuerte y más hombre, pero con la mirada perdida de un perro viejo.
Los pitidos de un vehículo, nuevo cliente, interrumpieron la conversación y los hombres regresaron cada uno a los suyo esperando que en la próxima hora del almuerzo el niño les compartiese que rayos había estado haciendo los últimos días. Gato bajó la mirada sabiendo que no podría cumplir sus deseos y se preguntó realmente qué había estado haciendo. No le gustaba salir en las noches, esconderse entre las sombras y seguir a tipos que apenas si se podían colocar de pie ante la traba y la borrachera con la que mantenían. Aun así, continuaba escabulléndose en la oscuridad esperando al pobre infeliz que tuviera que ganarse la paliza esa noche.
- ¡Eh! Sabía que iba a venir, es bueno saber que hay personas en las que todavía puedo confiar-. Sambrano salió de la habitación de secado empapado como de costumbre.
-De todas maneras, no tenía mucho sueño, así que decidí venir-. Respondió Gato sin levantar la mirada, pues la luz del sol de medio día lo estaba matando.
Martín, como se tratase de un reflejo, se sentó en la vieja butaca que solía usarse para los clientes más apurados y sacó de su maletín dos cubos de poliestireno con comida en su interior y se dispuso a comer en silencio.
-No esperaba comida de restaurante, aun así, muchas gracias, compañero-. Exclamó Perro.
-Lo que pasa es que Héctor no me dejó cocinar-. Contestó Gato con tristeza. -De igual manera no se hacerlo y probablemente nos pondría VIP al baño.
Los chicos rieron ante la broma por unos segundos, pero Martín volvió a bajar la mirada y continúo comiendo despacio, como si matara el tiempo, y en silencio. El sonido de las mangueras funcionaba como instrumentalización ante la escena incomoda de los chicos. Uno de los perros, el más viejo, de dirigió hacía los chicos y evitó la mano de Gato dirigiéndose directamente a Sambrano para esperar de él alguna sobra.
-Ahora él también me quiere tener lejos, que decepción-. Dijo entre dientes Gato sin darse cuenta de que sus palabras habían salido de su boca.
-Es un perro inteligente, pero como todos los viejos, se tienen a volver jodido. Tal vez solo está molesto porque usted se fue sin despedirse-. Contestó Perro sin quitar la mirada del criollo.
-Soy alguien distinto y el Viejo lo sabe-. Contestó Gato inconsolable. -Los animales suelen darse cuenta de la personalidad de las personas, por eso no se me acerca.
-Solo dele tiempo, ya se le pasará lo ofendido y lo tendrá jodiendo y quitándole la comida. Contrario a lo que cree, los animales no nos juzgan, tan solo tratan de entendernos.
-No si supiera en lo que me he convertido. Usted no lo entiende, no entiende en el monstruo que soy ahora.
-Lo sé, Gatico, lo sé-. Contestó Perro sin levantar la mirada mientras seguía consintiendo al criollo.
Los chicos continuaron en silencio por unos minutos hasta que Gato terminó con dificultad su comida y dejó las sobras a los perros que no se atrevieron a acercarse. Martín había amado a esos animales como si se tratara se sus propias mascotas, pero estos ahora lo miraban de lejos, lo olfateaban y salían despavoridos como si trajese una peste encima. El sitio continuaba tranquilo, como la primera noche en la que tuvo que partir con Héctor y Vargas a darle la paliza al tipo de los perros.
Vaca se escabulló entre la oscuridad de la habitación y despertó a Gato de un profundo sueño que relacionaba sirenas, aves y nubes. La figura del chico, más alto y grande que él, lo sobresaltaron y estuvo a punto de gritar hasta que los susurros del chico le obligaron a despertarse. Perro no estaba esa noche y Rata miraba por entre las cortinas hacía la calle como buscando a alguien en la oscuridad. El piso entablado rechinaba debajo de ellos y los ronquidos de los vecinos se filtraban por la puerta de la habitación tan claramente que parecía que estuvieran durmiendo con otros.
-Ya nos vamos a ir-. Susurró Vaca. -Necesitamos que cuando llegue Sambrano le diga que solo estamos dando una vuelta o trabajando en la noche. Si viene alguien más solo diga que después regresamos.
- ¿Me van a dejar solo? -. Preguntó Gato con horror, a quién la sola idea de quedarse en aquel lugar tan oscuro lo aterraba.
-No pasa nada. Hay mucha gente en la casa como para que llegue el diablo a halarle las patas-. Respondió Vaca divertido.
- ¿Qué es lo que está pasando? Quiero ir con ustedes-. Respondió Gato.
-No podemos, es mejor que vayamos nosotros solos-. Respondió Vaca que por aquel entonces aún sonreía y le revolvía la cabellera con cariño. -No pasa nada, solo duérmase y en la mañana todo estará más claro.
- ¿Es sobre Gil? Por eso siempre se andan secreteando como si tramaran algo-. Respondió Gato que no terminaba de tranquilizarse. -Los responsables ya lo pagaron ¿Qué sentido tiene ir a buscarlos?
Los pasos irregulares por la cojera de Héctor redoblaron las tablas de suelo como si se estuvieran estallado y Gato sintió sobre sí todo el peso de la mirada de Rata teniendo la impresión de que sus ojos brillaban de un amarillo ardiente. Desde entonces, cada vez que Gato tenía pesadillas con el infierno y el demonio aquellos ojos encendidos se venían a su mente.
-Venganza-. Respondió Rata uniéndose a la conversación. -Lo que mató a Gil no fue un solo tipo, fue el sistema entero que convierte hasta al insecto más inofensivo en un demonio.
-Pero ya está muerto-. Contestó Gato.
A pesar de las sombras y el contraste con las lámparas del exterior parecía estar sonriendo y su figura se fue volviendo más grande e imponente al tiempo que se acercaba con lentitud hacía Martin. Héctor se arrodillo despacio, lo más rápido que el malestar en su pierna se lo permitía, y miró fijamente a Gato hasta que de este se borraron todos los pensamientos y palabras. Aquel era el superpoder que tenía un cojo.
-Yo lo he visto con claridad-. Comenzó Héctor. -La sociedad, la gente, las religiones y las monjas siempre te van a hablar del perdón y de dejar ir más allá. Sin embargo, esa gente jamás ha vivido lo que es el infierno de estar en la calle aguantando hambre, de ver a quienes más amas morir en tus manos y de la injusticia del sistema. Yo sí, yo lo vi todo y por mucho tiempo traté de hacer lo que decían de seguir con mi vida y esas tonterías, pero lo vi todo con claridad aquella noche.
Un escándalo empezó de repente en las tejas de zinc de la edificación y la lluvia cayo de repente como una tempestad, como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos. El rostro de Héctor era invisible en la oscuridad, pero su silueta se levantaba amenazante como la de un vampiro en la oscuridad.
-En las calles se arrastra la podredumbre de la sociedad, la mierda que todos se limpian es aquellos quienes ahora viven en la calle-. Continuó Rata. -Aquella gente que no se pudo controlar ahora roban, matan, apuestan y se comen unos a otros ¿Todo para qué? Por droga, por dinero o por poder, acaban con la gente buena que a duras penas tiene para sobrevivir. El sistema parece estar diseñado para que nos quitemos unos a otros, donde el malo se hace cada vez más fuerte y el bueno en un cobarde por culpa del miedo.
- ¿a qué viene todo eso? ¿ahora somos filósofos? -. preguntó gato tratando de zafarse de la conversación que le aterraba cada vez más.
Los ojos de Héctor se encendieron de nuevo en llamas y su silueta parecía despedir de sí cenizas. Su figura se había vuelto demoniaca ahora, a pesar de que no era más que un simple joven con ira.
-Si no es capaz de tomarse en serio lo que le decimos es mejor que se quede acá espantándose con su propia imaginación-. Vaca trató de cortar la creciente ira de su compañero.
-Lo-o siento-. Fue lo único que logró decir Martín entre balbuceos.
-Nuestra misión ahora es cortar la espiral de violencia y de porquería que se cierne por las calles, para eso debemos empezar por el exterior-. Continuó Héctor colocándose de pie. -A quienes nos llevemos por el precio de la tranquilidad es solo un mártir del sistema.
- ¿Gil fue un mártir? -. Preguntó Gato.
-Gil fue el precio que tuvimos que pagar para abrir nuestros ojos, si nos hubiéramos dado cuenta antes del mundo en que vivíamos, del peligro que nos acechaba y del cuidado que debimos guardar, él no estaría muerto ahora.
Gato se quedó pensando por unos momentos mientras sus compañeros salían de la habitación en silencio. Las palabras de Héctor parecían carecer de sentido en varios aspectos, pero ¿Qué culpa había tenido Gil de estar trabajando? ¿Por qué él? El mundo tenía menos sentido aún que la poesía de Héctor. Héctor siempre había tenido la razón en todo y él lo había comprobado antes. Héctor sabía lo que hacía, las respuestas tal vez llegarían después.
-Quiero ir con ustedes-. Exclamó Gato en un último intento para conseguir respuestas y no quedarse allí solo en esa oscuridad aterradora.
-Si viene con nosotros tiene que comprometerse-. Contestó Héctor con dulzura. -No estamos jugando, esto no es cosa de niños. Si quiere venir con nosotros debe saber que hay un precio que pagar.
- ¿Qué precio? -. Preguntó Gato.
-Todo.
Las palabras de Rata eran cortas, pero también bastante duras y Gato no tuvo otro remedio más que aceptar el trato y salir junto a ellos mientras la lluvia arreciaba en el exterior. No tenía sentido quejarse, el precio de seguirlos era darlo Todo, en algún momento tal vez comprendería a que se referían con ello, pero ahora el miedo a la oscuridad y la confusión podían más con él que la misma razón.
Vaca y Rata caminaban debajo de la estampida de gotas gruesas de agua como si no se tratase de absolutamente nada. Las luces de los postes iluminaban cada vez menos y apenas se lograba ver gran cosa más allá de ellos. La madrugada era fría y tanto el comercio nocturno, como los vehículos y las patrullas de policía se había detenido hacía mucho. Las calles parecían desiertas, pero no silenciosas y los pasos de los chicos a penas si se podían escuchar ante el estruendo del agua. Las casas se veían como grandes monstruos y las ventanas como ojos que los observaban con odio y reproche.
Gato aún no había entendido hacía donde se dirigían, pero siguió a los chicos en fila india tratando de ocultarse de la lluvia entre las salientes de las plantas altas de las casas. El recorrido no fue necesariamente largo, pero le dio la impresión de que estaban dando vueltas por las cuadras, hasta que luego de un rato comprendió que estaban siguiendo a alguien. Más allá de ellos se comenzaron a escuchar sonidos que no eran la lluvia, y pasos de hombre como de animales que chapoteaban entre los charcos.
Los ladridos y los gritos por fin sacaron a Gato de su ensimismamiento y lo regresaron a una realidad que creyó que solo existía en las películas. Los perros emitían un sonido espantoso entre ira y miedo, el óxido de una rueda sobre su eje gritaba y un hombre sacaba chispas con un machete contra el suelo. Todo aquello fue tan solo el preludio de lo que les esperaba.
Vaca siguió adelante y cruzó a la siguiente cuadra sin prestarle mayor atención al pobre tipo, mientras que Héctor se adelantó sacando algo de su pesada mochila. Mientras el hombre del machete seguía profiriendo gritos y maldiciones contra los chicos, los perros continuaban ladrando de forma incontrolable. Gato esperó que las luces de las ventanas se encendieran y frenaran todo aquello, sin embargo, eso nunca pasó y la oscuridad se mantuvo en las calles. La escena caótica terminó por dejar paralizado al niño quien se quedó en la esquina tratando de ver y no ver aquello que ocurría más allá del palo de agua.
Uno de los perros criollos se lanzó contra Héctor quien lo frenó con un palo y lo redujo en el suelo en medio de los chillidos del animal que se iban ahogando poco a poco. El hombre se lanzó de llenó contra Rata, pero otro de los perros comenzó a chillar hasta que sus gritos, al igual que los del primer animal, se ahogaron en dolor. Gato no lo pudo ver, pero se dio cuenta como el hombre caía derrumbado sobre sí mismo y el último de los perros, más grande e inteligente que los demás, se paraba en frente para defender a su amo.
Las palabras y las burlas que salieron de Rata fueron imposibles de distinguir ante tanto ruido, pero los ladridos del gigantesco perro no se ocultaban en la lluvia. De pronto un grito de Héctor lo sacó de otro micro sueño y cuando Gato se pudo acercar encontró al gigantesco perro sobre Héctor tratando de arrancarle la cara con unos colmillos afilados y largos. A martín siempre le habían gustado los animales, sin embargo, aquel can no parecía sino una bestia apocalíptica y se estaba comiendo a su amigo. Vaca llegó corriendo con un bate a darle al perro, pero el tipo del machete se abalanzó sobre él e impidió ir en rescate de Rata.
- ¡Martín, mate a ese maldito perro ahora! -. Gritó Vaca mientras forcejeaba con el anciano del machete.
Aunque Héctor saco un cuchillo y apuñalaba repetidamente el pecho del perro, este parecía no ceder y con más fuerza le mordía la mano amenazando con despedazarla. Martin se sintió impotente ante la escena, sus dos amigos están siendo apaleados mientras él estaba ahí de pie y engarrotado por la lluvia. Tal vez si hubiera tenido más fuerza, tal vez con mayor valentía o con los cojones más parados.
- ¡Hijo de puta! -. Gritó Rata. -Martín, o mata a esta chanda o cuando me levante cojo el cuchillo y me lo llevo a usted con nosotros.
Martín se sorprendió de las palabras de su compañero, su voz estaba llena de ira y resentimiento, además que sus amenazas parecían auténticas. Gato recogió el palo que segundos antes cargaba Héctor y lo levantó con dificultad al darse cuenta de que en realidad se trataba de un pesado martillo. Solo bastaba un golpe para rescatar a su amigo o un golpe para matarlo. Gato se tomó su tiempo mientras la adrenalina subía a su cabeza y la escena se hacía más lenta de lo que en realidad era. El frio desapareció y las pesadas gotas de agua que antes parecían miles de cuchillos cortantes ahora no eran más que una brisa.
De un martillazo el gigantesco perro se convirtió en un cojín y fue a dar directamente contra la verja de una casa. No era muy lejos, así que sin pensarlo Gato arrastró el martillo por entre el pavimento dejando una fina mancha de sangre a su paso. El perro chillaba mientras trataba de colocarse en pie escupiendo sangre de su hocico y nariz, dio una última mirada de tristeza a Gato antes que este le reventara el cráneo de un mazazo directamente entre los ojos. Tal y como antes, los llantos cesaron y la lluvia se convirtió en la unca banda sonora.
El éxtasis, el miedo, la ansiedad y el terror se apoderaron del cuerpo de Gato quien no fue capaz de controlarse convirtiendo en papilla el cuerpo del fiel animal que se mantuvo hasta el último minuto defendiendo a su amo.
Cuando Vaca frenó el ultimo martillazo contra el animal, la lluvia había cesado y la noche demostraba con claridad sus grises colores. Todo había terminado, Héctor se levantaba sobre el cuerpo del anciano luego de rayarle la cara con el cuchillo y los otros dos animales yacían en medio de la calle como si de ropa sucia se tratase. La niebla tardó en llegar y Martin observó con claridad en lo que se había metido, soltó el mazo de las manos y corrió lleno de vergüenza a la siguiente calle donde no podría ver y nadie lo vería a él con las manos ensangrentadas. La oscuridad lo ocultó de sí mismo y se mintió a sí mismo prometiéndose que sería la última línea que cruzaría.
- ¿Está todo bien? -. Preguntó El Perro al notar la mirada perdida de su compañero.
-No-. Contestó Gato.
- ¿Quiere hablar de ello? -. Contestó Sambrano tratando de llegar con las preguntas correctas.
-No-. Gato se levantó y sacudió su ropa. -Hablar no va a resolver las cosas que hacemos. En fin, ya me tengo que ir, salúdeme a todos.
-Nada resuelve al pasado, pero hablar lo puede hacer más llevadero-. Perro se levantó y tomó del hombro a Gato. -Hace mucho no hablamos, vamos a caminar mientras bajamos el almuerzo.
Caminaron por un largo rato por las calles del barrio, que ahora era más tranquilo y seguro de lo que fue cuando ellos entraron a trabajar por primera vez. Los niños jugaban en la calle, los ancianos salían a tomar el sol mientras se mecían en las sillas y las mujeres chismoseaban en las puertas de las casas. Gato se mantuvo callado y Perro paseaba al criollo con una gruesa correa a pesar de que el pobre viejo no tenía vigor para salir corriendo.
- ¿Qué cree usted que opine Dios de nuestras malas acciones? -. Preguntó Gato de un momento a otro.
-Si le soy sincero, yo creo que a dios le da igual lo que nosotros hacemos, así que no tiene sentido pensar en ello-. Respondió Sambrano serenamente. -Yo creo que lo que nos debería preocupar es lo que opinen o sientan las personas de carne y hueso sobre nuestras acciones.
-Pero no todas las personas van a pensar lo mismo. Hay personas malas y personas buenas, lo malo que hagamos será bueno para los malo. Lo bueno será malo para los buenos-. Gato se quedó callado por unos instantes, pero agregó -Entonces, a quiénes se supone que debemos complacer.
-No creo que se base en quién debemos complacer. No hay manera de determinar quiénes son los buenos y quiénes son los malos-. Sambrano se arrodilló y soltó la correa del criollo quien se limitó a dar unos pasos y tumbarse en la hierba de un parque. -depende a quién le preguntemos la historia nosotros somos los buenos o los malos, así que creo que nos debemos preocupar por lo que nosotros mismos pensemos.
- ¿Y si yo me siento como de los malos?
-Bueno, ese sí que es un problema. Supongo que en ese caso debemos ver qué estamos haciendo mal y tratar de repararlo con nuestras manos-. Contestó Perro mirando como los niños jugaban en el parque que antes estaba prohibido por las bandas. -Creo que la redención es la respuesta, incluso en lo más pequeño.
-No podemos reponer ciertas cosas que hemos destruido-. Contestó Gato mirando al criollo que reposaba su cabeza sobre las piernas de Perro.
-Nada jamás volverá a ser lo que era, pero no por ello no podemos tratar de hacerlo-. Sambrano giro la cabeza y clavo su mirada directamente en Martín para que este no lo evitara. -Gato, dejémonos de estupideces. No me interesa lo que ustedes se la pasan haciendo en la noche, de hecho, me aterra saberlo, pero si de algo estoy seguro es que usted aún no es como ellos. No haga lo mismo, vuelva a trabajar en el lavadero y encontrará la respuesta. Ni yo, ni Héctor y mucho menos Vargas saben lo que hay que hacer, eso solo lo sabe usted.
-No quiero traicionarlos
-Mejor pregúntese si ellos no lo traicionaron a usted primero. Un hermano no lo convierte a uno en… -. Pero dudo por unos segundos. -Un hermano no te obliga a transformarte en algo que no quieres ser.
- ¿Qué se supone que debo hacer? -. Preguntó Gato al borde de las lágrimas.
-Ya lo dije, eso solo lo sabe usted. Un ejercicio que a mí me sirve es observar a mi alrededor y preguntarme el peso de lo malo que hago sobre lo bueno.
- ¿Si el fin justifica los medios para alcanzarlo? -. Preguntó de nuevo Gato que había leído esa frase alguna vez.
-No, claro que no-. Sambrano sonrió ante la ocurrencia de su amigo. -Preguntarse si el daño que hacemos en realidad no está pervirtiendo lo bueno que estamos buscando.
Sambrano se levantó junto al Viejo criollo y se sacudió para luego limpiarse el pantalón y limpiar el césped del pelaje del animal.
-Me tengo que ir, pero me alegra bastante que por fin pudiéramos hablar. Lo que pase de aquí en adelante solo depende de usted y lo apoyaré en cualquier decisión que tome-. Perro dio un último respiro antes de irse. -Mire a su alrededor, mire a la gente, mire a los niños ¿Vale todo la pena?
Cuando Gato por fin quedó a solas observó el cielo, que ahora parecía de nuevo infinito, sin nubes y con un hermoso azul. El sol ahora estaba levemente sobre sus espaldas y la luz no le molestó de la misma manera que antes. Observó lo que había estado viendo Perro hace unos minutos y pudo diferenciar a los niños jugando, varios de ellos tal vez de su misma edad, pero más inocentes, más felices y con un adulto que los observaba. Mientras uno de los niños contaba mirando a la pared, los otros se escondían esperando entre risas ahogadas que el primero los encontrara.
La tarde se pasó con velocidad y quedó ensimismado ante las risas, las bromas y los juegos de los desconocidos. El azul del cielo se convirtió en naranja y el calor en frio de nuevo. Los niños fueron reemplazados por perros callejeros y recordó de nuevo los problemas y las situaciones en las que se había metido.
-No hay escapatoria para esto, lo único que quería era tener una mamá y unos hermanos con los que trabajar-. Se dijo a sí mismo Martin mientras se levantaba.
La vida más allá de los muros no resultó ser en realidad la cancha de juegos. No había monjas que resolvieran los problemas, no había comida diaria a la misma hora, no había lecciones, clases ni oraciones. Todo lo que había más allá del muro era unas calles repletas de mierda. Odiaba todo cuanto había visto, todo cuanto había escuchado. Lo más triste, es que ahora también odiaba a Héctor.