CAPÍTULO TREINTA Y DOS “¡Jared!” El nombre de pila de Ellington sonaba extraño saliendo de sus labios, pero fue el primer sonido que produjeron sus pulmones y su corazón cuando el segundo ataque del tablero le destrozó la mano izquierda a Ellington. Mackenzie daba golpes en el contenedor inútilmente, viendo cómo se desarrollaba todo. Sabía que Ellington era duro, pero había una urgencia casi lunática en los ataques de Givens que ella había experimentado de primera mano. Percibió que Givens no era capaz de asir firmemente el tablero debido a su propio pulgar roto—el pulgar que se había roto en un intento desesperado antes de que le hubiera metido en la jaula. Con suerte, eso le restaría algo de fuerza a su golpe. Estaba a punto de chillar de nuevo, esperando quizá poder distraer a Givens

