Michael permaneció inmóvil, con la vista clavada en el vacío donde Alma, Kate y Peyton habían desaparecido momentos antes. La tensión en sus hombros era evidente, y su mandíbula apretada mostraba un esfuerzo monumental por contener sus emociones. Parecía un animal herido, un perro apaleado que no sabía cómo sanar ni hacia dónde correr. Kitty lo observó desde un lado, con una mezcla de ternura y tristeza. Dio un paso hacia él, colocando una mano en su brazo con suavidad. —Michael... —murmuró, apretándolo con un gesto tranquilizador. Él no respondió. Kitty suspiró y lo rodeó con un abrazo, apoyando su cabeza contra su pecho—. Tienes que darle tiempo. Michael cerró los ojos con fuerza, como si intentara escapar del dolor que lo consumía por dentro. —¿Tiempo? —repitió con amargura, su voz

