Capítulo 15. Escombros

1130 Palabras
Michael continuaba observando a Alma desde la distancia, su corazón lleno de emociones contradictorias. La liberación que ella experimentaba era hermosa, pero también le dolía profundamente. Sabía que la sanación que ella buscaba no podía venir de él; era algo que debía hacer por sí misma. Sin embargo, verlo tan de cerca, sin poder ser parte activa de ese proceso, lo desbordaba. Era un dolor dulce, casi insoportable, que lo atravesaba por completo. Fue entonces cuando notó la figura de Peyton aproximándose. Su teniente y amigo caminaba hacia él con paso silencioso, casi espectral, como si no quisiera evitar romper la frágil paz que Alma había encontrado en ese momento. Pero Michael, que conocía bien a Peyton, percibió la tensión en su cuerpo. Algo andaba mal. —¿Qué sucede? —preguntó Michael, sin apartar la mirada de Alma. Peyton se detuvo a su lado, su rostro ensombrecido por una gravedad que Michael reconoció al instante. —Te necesitan —respondió Peyton, su voz grave y baja. El mundo de Michael se detuvo por un segundo. A su alrededor, todo parecía ralentizarse mientras esas dos palabras hacían eco en su mente. Se necesitaba su presencia en otro lugar, y por la expresión de Peyton, sabía que no era algo menor. Sin mediar más palabras, Michael se giró y caminó junto a Peyton, ambos conscientes de que algo terrible había ocurrido. Durante el trayecto, Michael no dejó de pensar en Alma, en la paz que había visto en sus ojos, y cómo pronto él tendría que sumergirse en el caos una vez más. No tardaron en llegar al lugar, el teletransporte duró un abrir y cerrar de ojos. Era una guardería, una pequeña instalación en el centro de California, que Michael y Viktor Summer habían fundado para aquellos miembros de la manada que trabajaban en el centro o estaban de paso por la ciudad. No era solo un refugio para cachorros, sino también un lugar seguro para los hijos de humanos que compartían espacio con la manada. U otros que no pertenecían a ninguna pero igualmente eran aceptados. Pero ahora, ese lugar de inocencia y protección estaba teñido por el horror. Michael se detuvo al ver el caos que los rodeaba. Cuerpos de adultos yacían en el suelo, cubiertos por mantas improvisadas, mientras oficiales y médicos trabajaban en silencio, moviéndose con eficiencia pero sin poder ocultar el shock en sus rostros. Peyton se acercó y comenzó a darle el informe mientras caminaban entre los restos de lo que alguna vez fue un espacio lleno de vida y risas infantiles. —Cinco adultos muertos —dijo Peyton en voz baja, su tono firme pero teñido de dolor—. Los cachorros casi no sufrieron daños, al menos físicamente. Pero están asustados, sobre todo los humanos. Los profesores, los encargados… ellos fueron los más afectados. Todo comenzó en la sala de maestros. Michael cerró los ojos por un instante, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era solo una tragedia. Esto había sido un ataque deliberado, un mensaje. —¿Quién fue? —preguntó Michael, aunque en el fondo ya lo sabía. Peyton tardó un segundo en responder, su mirada dura clavada en los restos del edificio. —No tenemos pruebas… pero hay una huella psíquica. La misma que detectamos cuando la manada fue atacada. Un telequinético poderoso...— murmuró de forma elocuente. Michael apretó los dientes, sintiendo una oleada de rabia subir desde lo más profundo de su ser. —Fox… —escupió el nombre como si fuera veneno—. Voy a matar a ese bastardo. El horror de lo que había sucedido golpeaba a Michael como una ola imparable. Esta guardería no solo había sido un lugar de cuidado para los cachorros de la manada, sino también un símbolo de unión entre los Changers y los humanos. Era un proyecto que él y Viktor habían desarrollado hacía poco más de un año con esperanza, una iniciativa que ofrecía becas para que los humanos también pudieran dejar a sus hijos bajo esa clase de cuidado mientras trabajaban o hacían alguna otra actividad. Era evidente por qué Fox había elegido ese lugar. Era un ataque no solo físico, sino emocional, psicológico. Y justo allí, en ese espacio tan simbólico, había lanzado su ataque. Mientras recorrían los pasillos destrozados de la guardería, el caos era palpable. Las ventanas estaban rotas, las paredes manchadas de polvo y sangre. Los pequeños cuerpos de los cachorros y humanos, aunque indemnes, temblaban en los brazos de los rescatistas, con miradas aterrorizadas que hablaban más que cualquier palabra. Algunos lloraban en silencio, abrazados a peluches desgastados por el tiempo, mientras los adultos intentaban calmarlos sin éxito. —Esto fue personal —murmuró Peyton, su tono de voz contenido pero cargado de furia. Michael asintió, sabiendo que su teniente tenía razón. No era un ataque aleatorio. Fox había escogido con precisión, atacando un lugar donde sabría que causarían el mayor daño emocional posible. Y en California, definitivamente ESO no era algo menor. Los ojos de Michael recorrieron la escena, registrando cada detalle. Los juguetes destrozados esparcidos por el suelo, las mochilas escolares colgadas de ganchos torcidos, los pequeños biberones caídos en charcos de leche derramada. Todo parecía tan surrealista, como si el horror no pudiera tocar algo tan inocente como una guardería. Pero allí estaba, innegable y brutal. —¿Por qué los cachorros no fueron heridos? —preguntó Michael, su mente buscando una lógica en el caos. Peyton suspiró, pasándose una mano por el rostro cansado. —Quien hizo esto se aseguró de que los cachorros casi no sufrieran daños. Los adultos fueron el objetivo principal, sobre todo los maestros. Es como si… —Peyton dudó por un momento antes de continuar—. Es como si hubiera querido dejarnos un mensaje. Los más vulnerables siguen intactos, pero los que debían protegerlos… no. Michael sintió que su estómago se revolvía. Cada palabra de Peyton hacía más evidente la crueldad calculada detrás del ataque. Fox no solo buscaba destruirlos físicamente, sino también desmoralizarlos. Hacerles sentir que ni siquiera podían proteger a sus propios hijos, que ni siquiera el lugar más inocente estaba a salvo. —Voy a matarlo —repitió Michael, su voz apenas un susurro, pero cargada con una promesa de venganza. Peyton asintió, sabiendo que esa misma furia lo consumía también. Ambos sabían que lo que acababa de suceder no quedaría sin respuesta. Fox había cruzado una línea, una línea que ningún Changer, ningún ser con un mínimo de humanidad, debería haber cruzado. Mientras miraba el destrozo a su alrededor, Michael sintió una punzada de desesperación. Alma estaba empezando a sanar, a encontrar su lugar nuevamente. Pero en ese mismo momento, en otro lugar, otra parte de su mundo se estaba desmoronando.
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