Transcurren unas cuantas horas del vuelo directo y largo hacia París en el Jet privado de los Emperador. Me levanto con un resoplido hacia el baño. ―¿A dónde vas? ―Pregunta Sertan, sentado justo al frente de mí. ―Al baño, ¿o debo de pedirte permiso? ―respondo. Estoy de mal humor, no esperaba un viaje de esta magnitud y tan pronto sin poder asimilar cómo han vuelto mi vida un infierno y que será… para siempre. Él me clava su mirada y su entrecejo se arruga con molestia. Camino por el pasillo entre los asientos dirigiéndome hacia la cabina del baño. Cuando él, me sujeta la mano, deteniéndome de forma abrupta. Mi corazón da un salto por la sensación de su mano sobre la mía. Miro sus ojos grises, fríos como el hielo. ―No necesitas pedirme permiso, pero sí deberías de responderme de mej

