Capítulo 3 – El Mensaje Equivocado

1066 Palabras
El sol de Miami era implacable. Las cortinas blancas apenas filtraban la luz, y el aroma a café recién hecho flotaba en la cocina de los Morelli. Bianca giraba la cucharita en su taza con una energía que no sentía. El reloj marcaba las 8:04 a. m. En cuatro horas, estaría frente al prometido que su abuelo le había escogido. Un hombre que, según sus padres, era “una excelente opción”. Educado. Respetable. Estable. Uno que aseguraría la continuidad de las dos familias, como si el matrimonio fuera una fusión empresarial. Ella no lo conocía. Nunca lo había visto. Ni siquiera una foto. “Lucas Vitale”, así se llamaba. No sabía que era Alessandro. —¿Lista para conocer al heredero perfecto? —bromeó su hermana menor desde la puerta, entrando a hurtadillas con una risa contenida. Bianca levantó la mirada, fastidiada. —¿Crees que esto es un chiste? —No, pero si vas a casarte con un desconocido, al menos que esté bueno. Bianca resopló. Dejó la taza a un lado y agarró su celular. Lo desbloqueó con rabia y fue directo al chat de Camila, su amiga del alma. Esa que le decía siempre las verdades sin adornos. Necesitaba desahogarse. Necesitaba soltarlo todo. Sus dedos volaron sobre la pantalla: > “Sabes que mi abuelo quiere que me case con un tipo que no conozco… mañana tengo que ir a verlo y no quiero casarme. ¡Esto es una locura! Me siento atrapada. No sé qué hacer.” Le dio enviar. Cerró el celular. Suspiró. No sabía que lo había mandado al último contacto con el que había hablado antes de tomar su vuelo. Alessandro Vitale. --- Del otro lado del mundo —o más bien, a bordo de un jet privado a dos horas de aterrizar en Miami— Alessandro leyó el mensaje con la ceja fruncida y el ceño cada vez más marcado. Bianca. Él sabía que ella estaba comprometida, por arreglo familiar. Lo había deducido en la carpeta de los Morelli. Lo había confirmado cuando su madre le mencionó que el almuerzo sería “con la nieta del señor Morelli” al día siguiente. Pero leer sus propias palabras, sin filtros, era otra cosa. > “No quiero casarme.” Y ese “no lo conozco” lo atravesó como un cuchillo. Bianca no sabía. Ella no tenía idea de que “Lucas”, el prometido, era él. Por un instante, quiso contestar con dureza, con sarcasmo… Pero su dedo se detuvo antes de escribir. No. Si algo había aprendido de ella era que Bianca respondía a la verdad con distancia. Pero respondía al misterio con fuego. Así que solo escribió: > “¿Dónde y a qué hora es el encuentro? ¿Cómo se llama él?” Bianca, aún creyendo que hablaba con Camila, contestó al instante: > “Se llama Lucas Vitale. Será en el restaurante del hotel Venezia a las 2:00 p. m. Voy porque mi abuelo estará allí… no por él.” La sonrisa que se dibujó en los labios de Alessandro fue tan lenta como peligrosa. > “Perfecto. Allí nos vemos. Yo me llamo así.” --- Bianca no volvió a mirar el celular. Se centró en vestirse con la elegancia justa para parecer interesada, pero no desesperada. Ni provocativa. Ni entregada. Un vestido midi blanco, con escote cuadrado y caída ligera. Sencillo, pero digno. A la 1:45 p. m. llegó al hotel Venezia. La sala privada estaba decorada con orquídeas y vino caro. Su abuelo ya estaba allí. Y un par de tíos también. Pero no el prometido. —Vendrá en cualquier momento —aseguró su madre. Bianca, impaciente, miró el reloj. 1:58 p. m. Y entonces, el silencio se quebró. Las puertas se abrieron. Y él entró. Traje gris claro. Camisa abierta al cuello. Cabello oscuro peinado hacia atrás. Impecable. Seguro. Hermoso. Alessandro. Bianca se puso de pie, paralizada. La mente en blanco. El corazón en guerra. Él caminó hacia ella como si no pasara nada, como si no acabara de destrozarle el universo. —Buenas tardes —saludó con voz grave—. Soy Lucas Vitale. Un placer conocerte, Bianca. Ella no respondió. Solo lo miró con un terror disfrazado de rabia. Él se inclinó, besó su mejilla suavemente y susurró: —Bonito mensaje esta mañana. Ella se quedó sin aire. --- Las siguientes dos horas fueron una tortura disfrazada de almuerzo. Alessandro —Lucas— se comportó como un perfecto caballero. Charló con el abuelo, elogió el vino, hizo comentarios sobre Miami que mostraban que conocía bien la ciudad. Todos los adultos estaban encantados. Todos menos Bianca, que estaba al borde de un colapso interno. Cuando al fin se quedaron solos un momento, lo confrontó en voz baja. —¿Qué demonios estás haciendo? —Lo que tú querías evitar —respondió sin perder la sonrisa. —¿Esto es una venganza por renunciar? —¿Tú crees que habría viajado 8,000 kilómetros solo por despecho? —¡Tú no eres Lucas! —¿Y tú no eres solo Bianca, verdad, Morelli? Ella lo fulminó con la mirada. —¿Desde cuándo lo sabías? —Desde antes de que te fueras. Tu apellido no es común. Tus silencios, tampoco. Y luego me enteré del compromiso… Adivina quién era el prometido. Bianca apretó los puños. —¿Por qué no lo dijiste? —Porque tú tampoco lo hiciste. Jugaste a ser una mujer anónima, y yo respeté tu juego… hasta que me mandaste ese mensaje. Ella cerró los ojos, recordándolo con dolor. —Fue un error. —¿Y qué parte fue el error? ¿El mensaje o el contenido? Ella no respondió. —¿Estás dispuesta a seguir mintiéndoles? —insistió él—. ¿O prefieres que finjamos esto por unos días y luego cada uno por su lado? —¿Qué quieres tú? Él la miró de forma directa. Intensa. Inquebrantable. —Quiero saber qué harías si nadie te obligara a nada. --- Esa noche, Bianca volvió a casa con una tormenta dentro. No sabía si quería gritar, llorar, o besar a ese hombre que la conocía más de lo que ella quería admitir. Y lo peor… Era que el plan de su abuelo —ese matrimonio arreglado— había puesto en su camino al único hombre que no podía sacarse del corazón.
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