CAPÍTULO 6: LA MARCA DEL SIEMPRE

1341 Palabras
La adrenalina de haber movilizado a su exnovio para salvar a su prima aún corría por las venas de Lucía como corriente de alto voltaje. La había salvado. Pero en el eco del caos, solo podía pensar en la mirada de superioridad de Santiago, en la forma en que había accedido a su orden, y en la rabia que eso le provocaba. Esa rabia no era ya solo energía; se transformó en una necesidad sorda y vibrante de confrontación que solo una persona podía canalizar. Giró con furia y se dirigió a la Unidad de Cuidados Intensivos. Abrió de un golpe la puerta de la oficina de Santiago. Él se giró, con el ceño fruncido. —¿Viniste a reclamar? —preguntó, su voz un reto—. ¿A decirme que lo hice mal al obligarte a llamar a Roberto? ¿A buscar otra pelea, Emergencias? —¡Sí! —le espetó ella, avanzando—, pero no por Roberto. ¡Vengo a reclamarte por esto! ¡Por esto que nos pasa! ¡Por esta puta tensión que siempre hay entre nosotros! ¡Por creerte con el derecho de decidir por mí! Y antes de que él pudiera responder, lo agarró de la camisa y cerró la distancia entre sus bocas en un beso que era pura guerra. Era un forcejeo de labios y dientes, un choque de orgullo herido. Santiago respondió con la misma moneda: sus manos, fuertes como tenazas, atraparon sus brazos y la empujaron contra la pared, el impacto sacudiéndolos a ambos. Jadeos ásperos, mezcla de ira y deseo reprimido, llenaron el aire estéril. —Siempre provocando —rugió él contra su boca, su voz ronca—. ¿Siempre tienes que llevar todo al límite? —¿Y tú? ¿Siempre evadiendo lo que de verdad importa? —replicó ella, desafiante, aunque su voz se quebró levemente al recordar cómo, en el fondo, su orden había sido el ancla que salvó la situación. Fue ese quebranto, esa rendición momentánea, lo que detonó el incendio final en él. La rabia se transformó en una necesidad urgente y oscura. Sus manos ásperas bajaron a su cintura, levantándola con brusquedad contra la pared. Ella envolvió sus piernas alrededor de su torso, permitiéndole, desafiándolo aún con la mirada. No era un abrazo, era el siguiente paso lógico en su eterno enfrentamiento. La llevó hasta el pequeño sofá de cuero blanco usado para descansos breves y la dejó caer sobre él. No hubo palabras, solo acciones frenéticas. Batas, pants quirúrgicos, todo fue arrancado o empujado a un lado con la misma urgencia brutal con la que resolvían una crisis médica. Cuando él entró en ella, fue un único y brutal empuje que desgarró carne y orgullo. Un grito agudo, más de dolor que de placer, se le escapó a Lucía, ahogado contra el cuello de Santiago. Sus uñas no se clavaron, se incrustaron en su espalda, arañando la piel hasta dibujar surcos rojos bajo la tela. Él se detuvo, petrificado. La resistencia interna, el estremecimiento de agonía que recorrió su cuerpo... lo entendió todo. No era solo tensión, era una ruptura. Y en ese instante de horrible claridad, un pensamiento lo atravesó como un cuchillo: "Roberto... él fue primero. Él la tuvo primero." La suposición que había cargado por años, alimentada por celos silenciosos, se convirtió en un combustible amargo para su culpa. "Si ya no era... ¿por qué duele tanto? ¿Por qué esta resistencia...?" Pero la ola los arrastró. Lo que siguió fue una consumación salvaje. Ya no había rabia, sino una verdad primal y desgarradora. Cada embestida era un castigo y una absolución, cada gemido un jadeo compartido de culpa y necesidad. No era placer, era una fusión dolorosa, la única forma en que sabían estar sincronizados: en el conflicto. Él la poseía con una ferocidad que era un grito de pertenencia; ella lo envolvía con una desesperación que era una confesión de entrega total. Cuando el último espasmo los recorrió, dejándolos vacíos y jadeantes, el silencio cayó como una losa. Santiago se separó de ella, y su mirada, nublada por el remordimiento, se posó en la inmaculada superficie blanca del sofá. Ahí estaba. Como una acusación silenciosa. Una pequeña y perfecta flor carmesí brillaba bajo la luz fría de la oficina. La marca de su 'siempre'. No un comienzo, sino una herida. La sangre. La prueba. Y entonces, la verdad lo golpeó con la fuerza de un camión. No era una suposición. Era un hecho. Roberto nunca... Él... él había sido el primero. Él, en su furia ciega y sus celos estúpidos, le había arrebatado eso. Le había arrebatado algo que, en lo más profundo de su ser machista y posesivo, siempre había creído que pertenecía a otro, solo para descubrir con horror que siempre había sido suyo para tomar... o para destrozar. Todo el aire pareció salir de sus pulmones. El horror lo inundó, tan palpable que retrocedió como si ella estuviera en llamas. —Dios mío... Lucía... —Su voz era un hilo roto, cargado de una repugnancia visceral hacia sí mismo. Se vio no como un amante, sino como un violador, un monstruo que había mancillado no solo a la mujer que amaba, sino la idea misma que tenía de ella y de su pasado. —Lo siento... No debí... Yo... creí que... con Roberto... Lucía se incorporó con dificultad, recogiendo su ropa con manos temblorosas. El dolor físico era agudo, pero la expresión en su rostro era de una vulnerabilidad devastadora. Al oír la mitad de su frase, lo entendió todo. Él había asumido que Roberto la había tenido primero. Y ahora su mundo de suposiciones celosas se hacía añicos. —¿Eso lo hace mejor o peor, Santiago? —preguntó, su voz extrañamente calmada, pero gélida como el acero—. ¿Te sentirías menos culpable si no hubiera sido la primera vez? ¿Más justificado en tu brutalidad? —Se vistió con movimientos rápidos, protegiéndose—. Siempre pensaste que Roberto me había conquistado, ¿verdad? Que él fue el primero en tenerme. Por eso este... este desprecio que siempre me lanzas, esta rabia. —Una lágrima solitaria escapó y trazó un camino en su mejilla—. Pues no. Te guardé eso a ti. A esta. A nuestra guerra eterna. Y míranos ahora. La confesión cayó entre ellos como una bomba. Santiago palideció, destrozado. Era la verdad más aterradora y él la había destrozado. No solo había sido brutal, sino que había profanado una entrega que, en su ceguera, ni siquiera sabía que existía. —Te lastimé —logró decir, la frase sonando ridículamente insuficiente. —Sí —confirmó ella, de pie ya, recomponiendo su dignidad a pedazos—. Pero yo te dejé. Y eso me duele mucho más. —Sus ojos brillaron con lágrimas que se rehusó a derramar—. Porque ahora sabes que siempre fui tuya. Y veo en tu cara que no sabes qué diablos hacer conmigo. Que te asusta. Que esto... —señaló entre ellos, al desastre de su ropa y el sofá manchado— "...te hace sentir como el monstruo que siempre intentaste no ser." Antes de que él pudiera encontrar una respuesta, cualquier palabra que pudiera sanar algo de lo irreparable, ella abrió la puerta y salió. Santiago se quedó solo, mirando fijamente la mancha carmesí en el blanco prístino del sofá. "Te guardé eso a ti." Las palabras resonaban en su cráneo. Se desplomó de rodillas, no en triunfo, sino en derrota total. Un sonido entre un gemido y un sollozo le desgarró la garganta. No solo había perdido el control; había destruido la prueba más pura del amor de Lucía, un amor que su propia estupidez y sus celos le habían impedido ver. La oficina, antes su refugio de control, ahora era su celda de culpa. Y su "siempre" con Lucía, que apenas había comenzado, ya estaba manchado de dolor, arrepentimiento y la amarga certeza de que su error era mucho más profundo de lo que jamás había imaginado.
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