La bomba lanzada en la cena familiar reverberó en cada rincón del Legado Mendoza. Para Alma, los días siguientes fueron un sueño gris y doloroso. Evitaba los pasillos donde pudiera cruzarse con Mateo, y cada vez que lo veía a lo lejos, la imagen de Fabianna abrazándolo con su secreto mortífero le taladraba el corazón. La tracción no era solo de él; sentía que su propio cuerpo, que había guardado celosamente su virginidad para ese momento de entrega total en la casa de playa, la había traicionado también.
Fabianna, por el contrario, florecía. Su "embarazo" era ahora un escudo impenetrable y un arma letal. Se movía por la clínica con una mano protectora sobre su vientre aún plano, una sonrisa beatífica permanentemente grabada en su rostro. Había intercambiado sus tacones por ballerinas silenciosas, que le permitían aparecer en cualquier esquina sin ser anunciada.
La primera jugada fue sutil. Alma estaba a punto de entrar a una cirugía de bypass complejo, una oportunidad crucial para demostrar su valía tras el sabotaje anterior.
—¡Oh, Dra. Ruiz! —la voz melosa de Fabianna la detuvo en la puerta del quirófano—. Disculpe, ¿sería mucha molestia que me cubriera en la consulta de seguimiento de mis pacientes cardiópatas? —Puso los ojos en blanco y llevó la mano a la sien—. Estos mareos matutinos son terribles. El Dr. Quiroga insiste en que debo reducir mi estrés, por el bien del bebé. —La mención de Mateo cuidando de su bienestar fue un cuchillo retorcido en la herida de Alma.
—Fabianna, estoy a punto de entrar a quirófano —intentó objetar Alma, conteniendo el temblor de su voz.
—¡Oh, claro, cómo no lo vi! —fingió una culpa exagerada—. Es solo que son pacientes muy delicados y confío plenamente en su criterio. No quiero que los atienda un residente… Pero su cirugía es importante. No se preocupe, yo me las arreglaré, aunque me cueste la salud. —Su tono era tan dulce como venenoso.
Antes de que Alma pudiera responder, el Dr. Mélendez, el Jefe de Cirugía adjunto y uno de los aliados de Fabianna, intervino. —Dra. Ventura tiene razón, Ruiz. Su condición es prioritaria. —Miró a Alma con severidad—. Usted puede posponer su cirugía. La residente Vásquez puede asistir en su lugar. La consulta de cardiópatas es igual de crucial. Atiéndala.
La orden era clara. Humillada, Alma vio cómo le arrebataban su cirugía y era relegada a una tarea rutinaria. Fabianna le lanzó una sonrisa de agradecimiento que no llegó a sus ojos. "Gracias, Alma. Sabía que podía contar con usted".
La estrategia se repitió con variaciones. Fabianna comenzó a quejarse con Recursos Humanos y con los socios mayores de que la "actitud agresiva y competitiva" de la Dra. Ruiz la estresaba demasiado, poniendo en riesgo su "embarazo de alto riesgo". Palabras manipuladoras como "competitiva" y "agresiva" se insertaron en las evaluaciones de Alma, manchando su reputación con insinuaciones que nunca podía refutar directamente.
Poco a poco, Alma se vio privada de casos complejos. Sus cirugías fueron reasignadas a otros residentes, incluido el propio Mateo, quien las aceptaba con un nudo en la garganta, incapaz de defenderla sin exponer su secreto y destrozar la fachada familiar que ahora incluía un "hijo". A Alma le dejaban las tareas meticulosas pero ingratas: el interminable papeleo, las guardias nocturnas en Urgencias por si había una complicación cardíaca, las consultas de seguimiento que Fabianna alegremente delegaba.
El aislamiento era palpable. Las mismas enfermeras que la admiraban ahora la miraban con lástima o, peor, con recelo, susurrando sobre cómo "la brillante Dra. Ruiz" estaba dejando de lado el trabajo en equipo ahora que la competencia por el puesto se recrudecía.
Una tarde, agotada después de una guardia de 36 horas que Fabianna había manipulado para que le asignaran, Alma se derrumbó en un sillón de la sala de descanso. Ya no lloraba; estaba vacía. La puerta se abrió y entró Lucía. Se sentó frente a ella, sin mediar palabra, y le pasó un café.
—No digas nada —murmuró Alma, con la voz ronca de fatiga—. No tengo fuerzas para negarlo.
—No necesito que digas nada —repuso Lucía, su tono áspero pero lleno de una solidaridad feroz—. Sé reconocer una cacería de brujas cuando la veo. Y esa zorra con bata blanca tiene dientes largos.
Alma alzó la vista, sorprendida por el apoyo incondicional de su prima, con quien siempre había tenido una relación de rivalidad cordial.
—Ella tiene a Mateo —susurró, admitiendo por primera vez en voz alta su mayor dolor—. Tiene un bebé. Tiene todo.
—Tiene una mentira —espetó Lucía—. Y yo, que he visto mentiras toda mi vida en Urgencias, te digo que esa se huele a kilómetros. Aguanta, prima. No dejes que te saque de aquí.
Mientras tanto, en otro lado de la clínica, la grieta entre Marianna y Sofía se profundizaba. La joven, herida por la incomprensión de su madre, encontró consuelo en su arte. En una de sus guardias solitarias, comenzó a dibujar en la tableta digital de la clínica un mural intrincado que fusionaba el sistema nervioso con las venas de una hoja. Su padre la sorprendió.
—Sofía… —dijo suavemente, y ella se sobresaltó, intentando apagar la pantalla—. No. No lo apagues. —Se acercó y observó el dibujo—. Es… increíble. Tienes el don de tu bisabuelo, el pintor. Y la precisión de tu madre.
—Ella no lo ve así —murmuró Sofía.
—Ella tiene miedo —suspiró Álvaro—. Miedo de que el mundo que conoce se le escape de las manos. Pero esto… —señaló el dibujo— esto no es huir de la medicina. Es honrarla de la manera más hermosa que he visto. Sigue dibujando, cariño. Yo me encargo de tu madre.
Y en los pasillos, Luciano y Renata encontraban consuelo el uno en el otro. Sus encuentros furtivos se volvieron más audaces. Un beso apresurado en el ascensor, una caricia en la nuca mientras revisaban un historial juntos. Eran pequeños actos de rebeldía y amor que los mantenían a flote en medio de la tensión generalizada. Renata, en particular, se convertía en un pilar silencioso para Luciano, quien veía con rabia cómo trataban a su prima Alma pero se sentía impotente para actuar sin empeorar las cosas.
Fabianna observaba todo con satisfacción. Su plan funcionaba a la perfección. Alma estaba siendo aislada, desgastada y desacreditada. Cada sonrisa de falsa preocupación que le dedicaba, cada "pequeño favor" que le pedía "por el bien del bebé", era otro clavo en el ataúd de su carrera y su espíritu.
La jugada final de su sabotaje con sonrisa llegó cuando Alma, exhausta tras tres guardias seguidas, cometió un error mínimo en una prescripción. Una dosis apenas por debajo de lo recomendado, corregida al instante por una enfermera alerta y sin consecuencias para el paciente. Fue todo lo que Fabianna necesitó.
Al día siguiente, Alma fue citada a la oficina de Valeria y Marco. Fabianna ya estaba allí, con los ojos llorosos y las manos temblorosas.
—Dra. Ruiz —comenzó Valeria, su rostro serio—. Hemos recibido reportes preocupantes. Errores en prescripciones, falta de atención al detalle… sumado a quejas de personal sobre su actitud poco colaborativa.
—Son mentiras —logró decir Alma, sintiendo cómo la tierra se abría bajo sus pies.
—¡No es su culpa! —intervino Fabianna, con voz temblorosa—. Yo… yo debo ser la causa. Mi embarazo la tiene estresada, quizás celosa. Me he convertido en una carga para ella. —Una lágrima perfecta rodó por su mejilla—. Tal vez… tal vez sería mejor que me asignaran a otro fellow para mis cubrimientos. No quiero ser la razón de su… declive.
El movimiento fue maestro. No solo la acusaba, sino que se pintaba a sí misma como la víctima comprensiva y a Alma como la colega resentida y poco profesional.
Marco observaba a Alma con decepción. Valeria, con una mirada más penetrante, parecía detectar algo bajo la superficie, pero la evidencia circunstancial y la actuación de Fabianna eran abrumadoras.
—Dra. Ruiz —dijo Marco, con firmeza—. Creo que necesita unos días de descanso. Y a su regreso, será reasignada a tareas de supervisión de residentes en hospitalización general. Lejos de las áreas de alto estrés. Por su bien y el de los pacientes.
Era una sentencia. La habían sacado de la carrera por el puesto de Cirujano Asociado sin necesidad de que Fabianna dijera una palabra acusatoria directa.
Alma salió de la oficina, derrotada. Fabianna salió detrás de ella y, en el pasillo vacío, le susurró con una sonrisa de víbora: —Descansa, Alma. El estrés no es bueno para la salud… ni para la carrera. Yo me encargaré de todo por aquí. —Y añadió, con una dulzura venenosa—: Hasta del cuidado de Mateo. Al fin y al cabo, es el padre de mi hijo.
Alma no respondió. Simplemente giró y se alejó, con la cabeza alta pero el corazón hecho pedazos. El sabotaje con sonrisa había sido un éxito rotundo. Fabianna no solo la había herido; la había enterrado en vida.