El servicio de Urgencias era un caos controlado. Alma irrumpió en él como un torrente, su bata blanca abierta flameando tras ella. Sus ojos, salvajes, encontraron a Lucía, que suturaba con calma meticulosa la frente de un niño.
—¡Lu! ¡Necesito tu ayuda! ¡Ahora! —Alma jadeó, agarrándola del brazo—. ¡Es una emergencia en el quirófano tres!
Lucía no preguntó más. Terminó el punto y se volvió hacia Alma, su mirada de Emergencias activada. —¿Qué necesitas?
—¡Un perfusionista certificado! ¡Llama a todos tus contactos!
Mientras Lucía hacía llamada tras llamada, su rostro se ensombreció. Cada "no" era una puñalada. —¡Mierda! Nadie, Alma. Es como si…
—…como si alguien se hubiera asegurado de que fuera así —terminó Alma, con amargura.
Fue entonces cuando una voz grave intervino. —¿Ruiz? ¿Qué está pasando?
Era Santiago. Su mirada impasible recorrió el rostro desencajado de Alma.
—Es Fabianna —dijo Lucía, sin rodeos—. Saboteó la cirugía de Alma. El paciente está en la mesa y los perfusionistas son unos novatos. No hay nadie más.
Santiago procesó la información en milisegundos. —¿Quién está a cargo de la anestesia?
—Mi papá —respondió Alma.
—Entonces el paciente está estable, pero no por mucho tiempo —concluyó Santiago. Su mirada se clavó en Lucía. —Tienes un contacto. En la clínica Santa Cecilia. Roberto.
Lucía palideció. —Santiago, no. Él y yo… ya no…
—¿Prefieres que un hombre muera por tu orgullo, Lucía? —la interrumpió Santiago—. Es el mejor. Y te debe un favor.
—¡Por favor, Lu! —suplicó Alma.
Lucía cerró los ojos. Asintió. Marcó un número. —Roberto. Soy yo. Necesito que vengas al Legado Mendoza ahora. Quirófano tres. Es vida o muerte. —Colgó. —Viene. Dice que está a diez minutos.
—¡Gracias! —sollozó Alma.
—No me des las gracias aún —dijo Lucía—. Ve y mantén con vida a ese hombre hasta que Roberto llegue.
Alma asintió y salió corriendo.
Mientras Alma corría de vuelta, Fabianna observaba desde la sala de control con una sonrisa de satisfacción. Su plan era perfecto. La humillación de Alma era inminente.
Alma llegó jadeando al quirófano. —¡Diez minutos! —anunció—. ¡Un perfusionista viene en camino!
—Está justo en el límite, Alma —dijo Antonio, su rostro tenso.
Los siguientes diez minutos fueron una eternidad. Alma dirigió a los residentes con una calma que no sentía.
De repente, la puerta del quirófano se abrió. No era Roberto.
Era el Dr. Álvaro Rojas, su rostro grave marcado por la fatiga. —Antonio me llamó. Marco y Valeria están aún en el quirófano principal, no pueden moverse. La cirugía se complicó. ¿Situación? —preguntó, sus ojos expertos escaneando la escena: los residentes aterrados, la máquina inestable, la determinación desesperada de Alma.
—Falla de perfusionistas, Dr. Rojas —explicó Alma, con la voz quebrada—. Ayuda en camino. Diez minutos.
Álvaro no dudó. Se lavó y enguantó en segundos. —No tenemos diez minutos. Los parámetros caen. Ruiz, preparemos el campo. Yo seré su primer asistente. —Era una orden. No la estaba rescatando; la estaba respaldando para que ella liderara. Acto seguido, giró hacia la puerta y dio una orden a una enfermera. —Llame al Dr. Mateo Quiroga. Que venga ahora al quirófano 3 como segundo asistente. Es una orden. Necesitamos todas las manos, y él necesita ver esto.
Minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Mateo entró, su expresión era de confusión y preocupación. —¿Qué pasa? Estaba en… —Su mirada captó la escena: a su tío Álvaro asistiendo a Alma, la gravedad en el aire.
—¡Quiroga, a la mesa! —lo interrumpió Álvaro, sin mirarlo—. Ruiz comanda la valvuloplastia. Yo primer asistente, usted segundo. ¿Claro?
Mateo, desconcertado pero obediente, asintió y tomó su lugar. Sus ojos se encontraron con los de Alma por un segundo. En ellos vio pánico, pero también una feroz determinación. Ella era su prima y compañera, pero en ese quirófano, bajo la supervisión de su tío, él era su subordinado.
Fue en ese preciso momento que Roberto, el perfusionista, irrumpió en el quirófano. —¿Quién es el jefe aquí? —preguntó, secándose las manos.
—Ella —dijeron Álvaro y Antonio al unísono, señalando a Alma.
Roberto asintió, tomó el control de la consola y en menos de un minuto estabilizó los números. —Estabilizado. Puede proceder cuando quiera, doctora.
Álvaro miró a Alma. —Dra. Ruiz. El campo es suyo.
Alma asintió. Tomó el bisturí. Sintió el peso de las miradas de Mateo, de su tío Álvaro, de su padre. Tomó una respiración profunda.
—Tiempo: 10:42 —anunció, su voz ahora firme y clara—. Iniciando valvuloplastia.
La cirugía comenzó. Alma trabajó con una precisión meticulosa, cada movimiento era calculado y seguro. Álvaro la asistía con la sincronía de un colega experto, anticipándose a sus necesidades. Mateo, a su lado, seguía sus órdenes al pie de la letra, su presencia ya no era una distracción dolorosa, sino un recurso más en su equipo.
Fabianna, que se acercó al vidrio del quirófano para disfrutar de su fracaso, se detuvo en seco. Su sonrisa se congeló y luego se desvaneció, reemplazada por una mueca de incredulidad y luego de furia pura. No solo no había fracasado, estaba operando con su esposo como asistente y bajo la supervisión de Álvaro Rojas! Su sabotaje no la había hundido; la había hecho quedar mejor que nunca. La observó, impasible, mientras su plan se convertía en el escenario perfecto para el triunfo de su rival.
La primera jugada de Fabianna había fracasado. Pero en sus ojos, mientras observaba a Alma, Mateo y Álvaro trabajar como un equipo, no había decepción, solo una fría y renovada determinación. Si no podía vencerla en el quirófano, lo haría en otro campo de batalla. Uno donde Alma fuera vulnerable. Uno donde la emoción le ganara a la razón.
La partida no había terminado. Acababa de comenzar.