Daiana. —Hola. —llego a saltar del susto porque lo hizo a propósito de no hacer ruido. —Aayyy, que loco. —sonriendo lo agarro de la cara besándolo. —Quería asustarte. —Que malo. —como le guardé lugar acomoda su maletín y ahí saluda a mis papás. —¿Cómo están?. —¿Baram, me haces el favor de llevar a las chicas a casa cuando termine?. —Si claro. —Gracias, entro ahora a las diez, me voy nueve y media pasada. —No te preocupes que me quedo también. —Gracias. —Ven, —estira la mano que se la doy enseguida—. Vamos a comprar golosinas. —Ay si, no tengo ni un caramelito. —Vamos. —de la mano vamos al kiosko de la iglesia, sonrio porque es el muchacho mas apuesto de la iglesia que ya noté a varias mirándome muy mal—. Uujjjj, tienes los caramelos que me encantan. —Y los míos, lo llenaro

