Llegaron finalmente a la casa de Leo, una imponente edificación de dos plantas con paredes de piedra gris, techo a dos aguas cubierto de tejas oscuras y un amplio porche que invitaba a quedarse, adornado con mecedoras de madera y macetas colgantes rebosantes de flores. Leo estacionó frente a la entrada y, con una sonrisa orgullosa, extendió el brazo para señalarla. — Esta belleza... — dijo con un tono casi reverente — Fue herencia de mi abuelo paterno. — Aileen bajó despacio del auto, observando cada detalle, desde la madera perfectamente barnizada de las ventanas hasta la ligera brisa que movía las cortinas blancas por dentro. — Es preciosa, Leo… — comentó, admirada — Tiene un aire muy acogedor. — el sonrió más ampliamente, encantado con su reacción. — Mi abuelo la construyó con sus pr

