Salgo del baño agotada. ¿Cómo pude ser tan idiota? Confundí los síntomas, con los que me generaba la maldita medicación y ahora… carajo. Ingreso a la habitación de mi abuela y su aroma me impregna las fosas nasales y no puedo evitar llorar porque la extraño, porque la necesito aquí, junto a mí, en este momento donde siento que mi vida vuelve a perder el rumbo. Me acuesto en su cama, rodeo con mis brazos su almohada y recuerdos de mi nona llegan como un balde de agua fría. - Nonita, te necesito tanto. – el llanto se hace más fuerte. - ¿Qué voy a hacer? No quiero hijos, no puedo tenerlo. Y me quedo dormida con ese pensamiento. . . . Despierto cuando la oscuridad abraza la habitación y con pocas ganas me levanto y voy a mi habitación, necesito una ducha para calmar los dolor

