CUATRO

1219 Palabras
Había pasado ya tres horas entre risas, conversaciones, en la piscina y tomando vino. No negare que es un ambiente muy agradable y, Antón poseía un buen sentido del humor. Pero a pesar de todo no podía sacar a mi bebé de la cabeza y, si, entre veces se me pasaba pero, luego caía en cuenta de lo mucho que deseaba esta con él ahora mismo. — ¿Sabes? Me he dado cuenta de que, realmente no se casi  nada sobre ti — Entrecerró un poco los ojos. Esboce una sonrisa. —Bueno, realmente no hay mucho que debas saber, en mi opinión, sabes lo que tienes que saber — le informe antes de darle un trago a mi copa. Ese brillo de curiosidad resalto en sus ojos de manera que resultaba un poco, extraño, para mí. — Cuéntame, cuéntame esos secretos que ocultas — pidió. Acorto el espacio que quedaba entre nosotros. Puse la palma de mi mano en du pecho para acortar la distancia entre nosotros. —Por esa razón son, secretos, Antón — observe sus ojos con fijeza. Asintió con media sonrisa. Se alejó un poco. Termine de beber todo lo que estaba ya en mi copa. — ¿Qué quieres hacer ahora? — Pregunto mientras salía de la piscina. « ¿Qué hacer?» No tenía ni la más mínima idea de que hacer ahora. Me encogí de hombros en respuesta. Al menos esperaba que no mencionara la palabra Sexo. Aunque era una gran posibilidad pero, siempre dejaba que el elijara, no quería hacer una mala elección y que él quedara inconforme. — ¿Qué tal si…? Jugamos un juego de mesa. — ¿Juego de mesa? — Pregunte confundida. — Sí, de mesa — afirmo con un poco de gracia. Bueno, al menos era mejor que tener sexo. Le mostré una sonrisa antes de salir del agua, me ofreció su mano para ayudarme a salir, la cual tome sin protestas. Me ofreció una toalla, la tome y la envolví en mi cuerpo. Camine detrás de él hasta llegar a la sala de estar. Abrió unos cajones y, regreso a donde yo estaba. «No puede ser.» Tardaríamos horas para terminar esto. (…) Fue como tal había dicho, llevábamos alrededor de cinco horas intentado armar este inmenso rompecabezas y, solo vamos por la mitad. Rebuscaba entre todas las diminutas piezas, la que correspondía. Después de treinta minutos después, su expresión seria paso de, concentración a, cansancio, resoplo pegando su frete a la mesa. — Ya no puedo más — se rindió. Esboce una pequeña risa mientras continuaba uniendo las piezas  que encontraba. — ¿No estas cansada? Yo tengo cansancio mental. Reí aún más por sus palabras. — Lo estoy pero, aun no hemos terminado. —Lo sé pero, enserio estoy cansado — Soltó un quejido. Mire el rompe cabezas, pensando en que, quizás no sepa cuál era la imagen que estábamos armando. Empecé a recoger las piezas y depositándolas en las cajas donde van. Una vez termine deje la caja a un lado. Su teléfono se ilumino, lo que me permitió percatarme de la hora, recién ya eran las siete de la noche, deje escapar un suspiro mientras pensaba en una excusa para librarme de sus garras. — Antón — Le llame para captar su atención. — ¿Ummm? — Esta noche he quedado con unas amigas y, necesito irme — le avise y, prácticamente le mentí. — Esta bien, hermosa, gracias por venir, lo aprecio mucho. Me incline y deje un beso sobre sus mejillas. Rápidamente me levanté y subí las escaleras, me vestí con la ropa que traje y volví a bajar.  — ¡Adiós! — me despedí y salí sin esperar su respuesta. Subí a mi auto y espere a que la puerta se abriera para poder salir. Conduje sin a raya del límite de velocidad, sin saltarme ninguna señal o semáforo. Unos minutos después ya había llegado a casa. Note el auto gris parqueado fuera de casa, lo cual era muy extraño y, podía deducir de quien se trataba. Al bajar camine rápidamente a la entrada, introduje la llave en la puerta para abrirla, la cerré detrás de mí. No escuchaba ningún ruido, lo que era extraño, debido a que Sebas estaba en casa y, lo primero que escuchaba era su voz. — ¿Sebas? ¿Ameli? — Pronuncie sus nombres extrañada. No recibí respuesta. Caminé a la habitación y efectivamente, ahí estaba mi hijo pero, quien lo acompañaba no era Ameli, si no Gail, su padre. Quede paralizada al ver su presencia en esta casa, muy rara vez, y, solo muy rara vez venía aquí.  — Mami — Sebas vino corriendo en mi dirección — Volviste. Lo tomé en brazos y deje un beso en sus mejillas. — ¿Qué haces aquí? — pregunté sin apartar la vista de Gail. Había una maleta sobre la cama, la maleta de viajes de Sebastian. — Yo vine a visitar a mi hijo pero, dado el caso, en la situación en que lo estoy viendo, he decidido llevarlo conmigo. « ¿Llevarlo?» No se iba a llevar a mi hijo. — No te lo vas a llevar a ningún lado, esta es su casa. Sus cejas se fruncieron. — ¿Se gura? Porque, según tengo entendido, pasa más tiempo donde la niñera que esta, que es su casa. Dime Rachell ¿A caso lo atiendes? — Tu ni nadie tiene el derecho de venir hasta aquí y decirme como criar a mi hijo. Le advertí. Tomo la maleta con decisión. — No vamos a tener esta conversación en frente del niño, ¿Qué te parece si mañana vengo y hablamos? Asentí en respuesta sin soltar a mi pequeño. — Bien, entonces se quedara conmigo hasta que venga mañana, y, según lo que suceda y lo que respondas te lo regreso. Su propuesta no me gustaba. — No te voy a dar a mi hijo. Sebas escondió su carita en el hueco de mi cuello. —Entonces supongo que, lo haremos por lo legal, donde sabes muy bien que, la custodia será mía, déjame recordarte que, en esta situación no tienes nada a tu favor, Rachell. Odiaba que tuviera razón en todo, lo detestaba. Le di una mirada. Sebas era lo que más atesoraba en mi vida, lo que más me importaba en la vida. Lo abrace muy fuerte. — Mami, no puedo repira — Se quejó dejando escapar una risita. Lo aleje un poco y lo miré a los ojos. — ¿Te quieres ir con papá? — le pregunte en un susurro. — Shi, poque, dijo que, que íbamos a juga mucho —Dijo mientras jugaba con su camiseta. — Bien — le dije besando su frente — Te amo. — Te amo. Lo baje y, se acercó a Gail. Pasaron a mi lado, camine detrás de ellos hasta la salida. Antes de irse, se devolvió y abrazo mis piernas. Sentía tantas ganas de llorar, nunca antes se había alejado de mí de esta forma. — Adiós mami. — Cuídate mucho pequeño. Y se marcharon. Regrese al interior de la casa, pero, esta vez, fui a mi habitación y me recosté en mi cama, tomando su pequeña pijama en mis manos y abrazándola, así quede hasta quedar profundamente dormida. 
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