ANTON
Tenía ganas de quedarme durmiendo un poco más, pero esos planes cambiaron al ver a mi pequeño pasar sobre mi para bajar de la cama. No importa que tan tarde se duerma, siempre despertaba temprano.
Con un leve quejido me anime a bajar de la cama unos segundos después, tome mi bata y me cubrí con esta.
No vivimos en una casa exageradamente grande, si no con el espacio suficiente y, un poco más para que Sebastián pueda recrearse.
Verlo sano y feliz es algo que me llena de satisfacción, apenas tenía dos añitos, he sabido cuidarlo adecuadamente; cosa que, con honestidad, no pensé que podría hacer debido a la poca experiencia que tenía siendo madre primeriza. Él ha sido el primer bebé que ha tocado mis brazos, se ha convertido en mi felicidad absoluta, si por alguien daba mi vida sin dudarlo, sería por mi pequeño.
Estiró sus brazos para tomar la agarradera de la alacena, con grandes pasos llegue hasta donde él y lo levanté del suelo para evitar que hiciera lo que tenía planeado hacer.
—¿Alguien despertó hambriento?
Asintió en respuesta.
Besé su mejilla.
—Buenos días príncipe.
—Buno día princesa. —Exhale una sonrisa por el lindo apodo que siempre recibía de él.
Aún le costaba pronunciar ciertas palabras, sin embargo, su habla era bastante comprensible.
—¿Qué te parece panqueques con mucha miel?
—Síii.
Lo bajé empezar a prepararle su desayuno.
Las primeras horas de la mañana trascurrieron con cierta rapidez.
Terminé de doblar la ropa mientras Sebas jugaba con sus carritos, rodándolos por el suelo y expresando algunos sonidos que estos emitían; lo deje solo un momento para ir a llevar la ropa; puse la suya en su armario y lleve la mía a donde corresponde.
Deje la cesta aun lado, me agache para tomar mi bolso que estaba en el suelo, lo había dejado ahí cuando llegamos.
Recordé la escena de anoche con aquel hombre generoso y, curiosa saqué la pequeña tarjeta del interior de mi bolso; era de color blanco y lo único que llevaba escrito era un número de telefónico.
Hace un tiempo que no hacia esta clase de negocios, de todos los clientes que solía tener, solo he conservado a dos, y era por conveniencia, se trataba de señores que buscaban compañía, decidí continuar mis servicios con ellos porque estaban dispuesto a pagar una mensualidad a cambio de que los viera cuando ellos lo solicitaran, obviamente respetando mi horario laboral y avisando con días anticipados. Los llamaba clientes VIP.
Dejé la tarjeta en el cajón de mi mesita de noche antes de regresar con Sebas; tome asiento en el sofá y agarre mi teléfono, hoy tenía el día libre en el trabajo, pero necesitaba una nueva niñera lo antes posible; tenía la suerte de que Saray, la chica que me ayudaba contratar era bastante rápida, sabía que, si la contactaba, para esta tarde ya tendría a alguien; sin embargo, era un proceso, no iba a dejar a mi hijo con alguien sin antes conocerla al menos un poco.
Marqué su número y esperé a que contestara; le expliqué brevemente mi condición y como siempre ella estuvo dispuesta a echarme una mano. Para esta tarde la tendría con la candidata.
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Ameli era la chica que Saray había traído como la candidata ideal. Se trataba de una chica joven de unos veinte años, expresaba una personalidad bastante simpática y dulce, Sebastián no pasó ni treinta minutos con ella y ya estaba algo imperativo; suele actuar así cuando algo le agrada, se emociona mucho.
Luego de asegurarnos de que ella pudiese cumplir con un horario flexible, quedamos en un acuerdo; para ser honesta, no lo dude mucho, se mostraba bastante grata, sin embargo, eso no la eximia de un periodo de prueba.
Quedamos con un acuerdo de palabra, le pagaría por las veces que cuidara a Sebastián; debía estar disponible para cuando la necesitara, y por supuesto tendría días fijos para cuidar de él.
Al menos me sentía un poco más aliviada, había resuelto mi mayor inconveniente.
—Muchas gracias, otra vez.
—No es nada linda, es mi trabajo ayudarte.
Sebas se abrazó a mi pierna asomando su cabeza hacia la salida.
—¿No te vas a despedir a Ameli y Saray?
Agito su mano escondiendo una sonrisa. Hace un momento no estaba tímido.
Regrese la mirada a la muchacha con una sonrisa.
—Gracias por aceptar el trabajo.
—Es un placer, Sebas y yo nos llevaremos muy bien.
—Sí —respondió este sin soltar mi pierna.
Y la verdad eso esperaba.
Una despedida más y se marcharon, Sebastián me soltó y salió corriendo con dirección a la sala de estar.
—¿Qué quieres cenar?
—¡Pizza!
Hice una mueca de disgusto.
—¿Qué tal unos macarrones con queso?
—¡Sí!
Tomé esa respuesta y fui a la cocina para prepararlos, no me tardo más de quince minutos tenerlos listos.
Una vez servido llamé a Sebas para que se lavara las manos y cenara; sin dejar de balbucear cosas se comió todo lo que había en su plato.
Luego de eso, después de lavarse los dientes y tomar una ducha ya estaba cómodamente en su cama; aunque sabía que no se quedaría ahí, por lo general suele pasarse a la mía a la mitad de la noche; desde que nació, se me ha olvidado lo que es dormir sola.
Bese su cabeza rozando mi nariz con la suya, una risita salió de él.
—Te vere en unas horas pequeño príncipe, descansa.
—Adiós —agitó su pequeña mano.
Salí de su habitación y aproveché ese tiempo para tomar un baño, lo necesitaba, además resulto ser bastante relajante.
Una vez acabé asome mi cabeza hacia su habitación, ya estaba dormido, y ahora me tocaba a mí.
Estaba a punto de entrar a mi habitación para cuando mi teléfono en mi mano emitió el tono de mensaje; la pantalla se encendió dejando ver un mensaje de Anton, uno de mis clientes. Se trataba de un contenido multimedia; al abrir la imagen me encontré con la entrada de mi casa.
Miré hacia atrás algo confundida, regresé sobre mis pasos y curiosa miré por la mirilla de la puerta. Estaba ahí.
Removí el seguro encontrándome con él. Iba vestido algo formal, camisa y zapatos de vestir al igual que pantalones de tela, llevaba una rosa roja en su mano.
Su caballo castaño estaba perfectamente peinado y, sus ojos cafés lucían algo alegres.
—¿Qué haces aquí?
—Estaba cerca, quería verte.
—No me ves sin previo aviso.
—Pero aun así saliste.
Lo miré a los ojos fijamente guardando silencio.
Se acercó unos pasos y me dio la rosa, aun sin decir nada la tomé.
Anton no era un hombre detallista, era poco conversativo, no tenía interés por demostrar afecto, eran cosas que visto en él; y que se aparezca en mi puerta a la mitad de la noche con una rosa roja me decía que retrocediera un paso.
No buscaba tener un lazo sentimental con ninguno de mis clientes, era mi regla de oro.
—Me gustan las rosas amarillas.
—Solo había rojas, la robe de uno de los jarrones la fiesta.
Oculte una pequeña sonrisa.
—Gracias, es muy bonita.
—Sí. —respondió aun con esa expresión seria.
Aun trataba de descifrar que hacía aquí.
—¿Puedo pasar?
—Mi hijo duerme.
Desvió su mirada de una manera despistada, dejándome más que claro lo que buscaba.
No mantenía relaciones sexuales en mi casa y menos con mi hijo presente, otra regla dorada.
Miró atrás hacia su auto antes de verme otra vez.
Resople con ironía entrecerrando los ojos.
—¿Sabes lo incomodo que es? Has una cita.
Metió sus manos en sus bolsillos, negando mientras exhalaba una pequeña sonrisa.
Me acerqué y, con una mano en su mejilla lo besé. Sus labios guardaban un leve sabor a vino dulce.
—Ve a casa y duerme, has una cita.
Retrocedió un paso asintiendo.
—Haré una cita.
Continúo retrocediendo lentamente, yo regresé a dentro y cerré la puerta, observé por la mirilla como se dio la vuelta, dispuesto a marcharse.
Era un hombre bastante peculiar.