El Crujido de la madera

822 Palabras
Esa noche, Ernesto entró a mi cuarto para cumplir aquellas palabras. Su intención era dejarme en cama durante un día, eso me llenaba de una sensación indescriptible. El verlo invadiendo era más excitante que escucharlo hablar, eso no quería decir que mi cuerpo no reaccionara al escuchar su vos, sus pasos tan silenciosos me hacían sudar, parecían apenas un susurro en la oscuridad de la noche. Una pequeña luz entraba por la ventana, la luz de la luna se filtraba por las cortinas desgastadas que las adornaban, dibujando las sombras de las ramas de los árboles y el reflejo de él, que parecía danzar mientras avanzaba para llegar hacia mí. Cada crujido del suelo bajo sus pies hacía que mi corazón se detuviera unos instantes. Lo esperaba con ansias, necesitaba que su cuerpo se encontrara pegado al mío, que sus labios rosaran los míos y que sus manos exploraran más lugares que no había explorado. Se detuvo un momento en la puerta, como si estuviera escuchando algo que solo él podía oír, permaneció unos segundos a que aquel ruido se detuviera. Pensé en mi padre, en que no escuchaba sus ronquidos. Una buena razón para que Ernesto aun no estuviera sobre mí. La oscuridad lo abrazaba y me comenzaba a sentir celosa de ella, y aunque sabía que dentro de unos cuantos segundos él se volvería solo mio, la poca distancia me ponía de mal humor. Estaba ahí, a solo unos pasos de mí, su figura parecía mezclarse con las sombras. La espera se volvía cada vez más insoportable, cada segundo que pasaba aumentaba más mi ansiedad y la sensación de anticipación se volvía sofocante. Ernesto se acercó a la cama con cautela, calmando el ataque de locura que estaba por desbordarse, su respiración apenas perceptible, la sentía tan cerca de mí cuello que me erizaba la piel. En ese momento, el aire se volvió tan pesado, que apenas y podía cargarlo. Una mezcla de misterio y nerviosismo lo acompañaban, puesto que podía sentir que no se encontraba solo. Sus ojos, oscuros como la noche, brillaban con una intensidad que contrastaba con la suavidad de sus movimientos. Parecía un espectro moviéndose en la oscuridad, llevando consigo secretos que yo aún no comprendía. El crujido de la madera por fin cesó, sentía cómo la cama cedía ligeramente bajo su peso, el colchón acomodándose a su presencia. La madera debajo de él soltó un último quejido, un sonido profundo y estridente que se mezcló con los latidos de mi corazón, golpeando las paredes de él, un tanto escandaloso. Esperaba que hablara, que rompiera el silencio de la noche, que susurrara sus deseos sobre mi piel, que su vos llegara como la melodía más exótica y exquisita, pero él seguía allí, inmóvil, dejando que la inquietud llenara cada rincón de la habitación. Era como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse, esperando a ver qué sucedería a continuación. —¿Me extrañaste? — susurró, rozando mis labios con los suyos, apenas un aliento de distancia. Un ligero movimiento y crujiría como la madera. La habitación parecía respirar con nosotros, cada sombra se disfrazaba de una emoción, y el silencio era tan espeso que podía sentir su peso sobre mis hombros, llenando cada rincón con un susurro de misterio. Mis pensamientos corrían salvajemente, intentando descifrar sus intenciones para esta noche. —A ti y a tus labios. — pasé mi lengua bajo el lóbulo de su oreja, le di una pequeña mordida provocando, que el sonido que salía de sus labios rompiera la tensión en nuestros cuerpos. La sensación de su piel bajo mis labios era electrizante, fascinante, apasionantes y sobre todo muy excitante, la conexión que compartíamos se volvía única. —Demuéstramelo. — Sus ojos oscuros y penetrantes me miraban, a la espera de mi próximo movimiento, me retaban a dar el siguiente paso. —Quiero saber cuánto me has extrañado, si en verdad me deseas tanto. —Estaba claro que Ernesto esperaba más allá que solo palabras, era un hombre de acciones. El crujido de la madera nos advirtió, nos decía que guardáramos silencio un momento, la espera se nos hacía eterna y el deseo se estaba volviendo insoportable. La tensión que ambos sentíamos nos elevaba más alto que el cielo, una energía eléctrica que zumbaba en el aire entre nosotros, y su pregunta flotaba como un desafío en la penumbra, esperando a ser respondida. Cada segundo que pasaba parecía un siglo, y el latido de mi corazón se sincronizaba con la espera, marcando el ritmo de un misterio que solo el tiempo podría desvelar. El crujido de la madera me susurraba el misterio, de aquel hombre que parecía un espectro, la luna brillaba en el cielo oscuro. El crujido de la madera cantaba una canción, mientras el viento hacia danzar las hojas. Junto al crujido de la madera las ramas de los árboles murmuraban los secretos de aquel hombre que parecía un espectro.
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