Me deslicé contra la puerta, apretando los puños contra mi pecho, tratando de detener el dolor que se expandía dentro de mí como un veneno. Las lágrimas caían sin control, calientes, desesperadas. Mi mente era un caos. Pensamientos arremolinándose sin orden, sin sentido. Esa mujer. Su mirada. Las palabras de Alexei. Mi hermana, que estaba a punto de regresar. Todo se iba a acabar. Yo lo sabía. Siempre supe que esto no podía durar. ¿Porque…? ¿quién querría a alguien como yo? Una muda. Alguien que ni siquiera puede decir lo que siente. Que no puede pedir explicaciones. Que no puede gritar cuando su mundo se desmorona. Porque no importa cuánto lo desee… No tengo voz. Y ahora, sentada en el suelo de mi habitación, temblando y sollozando como una niña, me doy cuenta de lo cruel que e

