Encerrada desde el día en que encontré a mi madre en el río y vi sus grandes ojos aterrorizados mirándome como si estuviera pidiendo mi ayuda desde más allá de la tumba. Miro a Anastasia y me siento como la persona que era antes de que eso sucediera. El hombre que podría haber sido si no me hubieran quemado. Sus ojos otoñales se entrecierran y rebosan de la decepción que vi hace noches cuando mira mi camisa. —Hay lápiz labial en tu cuello—afirma—. Y hueles a perfume. Celos. Hay dolor. Celos y dolor. Sin embargo, a diferencia del otro día, no quiero burlarme de ella por eso. —¿Es de ella?—exige ella, mirándome directamente a los ojos—. ¿De Gabriella? —Sí—respondo. El dolor en sus ojos se profundiza. Nunca antes había tenido una mujer que me mirara así. Sobre todo porque nunca les he

