A pocos metros de él, ella se detuvo en seco. Enseguida se dio cuenta de que había estado llorando y de que tenía la cara llena de lágrimas.
—Por favor, ¿puedes ayudarme? —imploró. Se le quebró la voz de tanto llorar.
Darren se aclaró la garganta.
—¿En qué sentido? —preguntó—. ¿Estás perdida?
—No, nada por el estilo. Vivo allí —la mujer negó con la cabeza e indicó a la casa del cementerio, detrás de ella—. Y me las he arreglado para quedarme afuera. Por favor, ¿serías tan amable de ayudarme a volver a entrar?
Darren se lo pensó un momento. Su excusa tenía sentido para explicar por qué iba vestida así. A primera vista, no parecía una maníaca homicida. Sólo una pobre mujer que se había quedado atrapada en el frío. Él se llevó una mano al cierre de su bolsa del muslo y, al darse cuenta de que no había nada, comprobó también el otro lado. Podía sentir la llave de su propia casa en el interior, pero fue entonces cuando recordó que había dejado de llevar el celular consigo, porque el último no dejaba de golpearle la pierna mientras trotaba.
—Lo siento mucho —dijo y miró a la mujer—, parece que he dejado el celular en casa.
La mujer dejó escapar otro torrente de lágrimas. Agachó la cabeza, casi como avergonzada por su reacción. Su largo cabello oscuro le caía alrededor de la cara, ocultándosela. Estaba claramente angustiada. A esas horas de la noche, él era probablemente la única otra alma viviente que ella había visto y, por tanto, su única oportunidad de rescate, y la había defraudado en la primera oportunidad.
Desesperado, Darren miró a su alrededor para ver si había algún automóvil en la carretera a su alcance. Aunque tuviera que salir corriendo delante como un loco, estaba dispuesto a intentarlo para intentar compensar a la pobre mujer. Pero no había ningún automóvil a la vista.
—Escucha —empezó, en un intento de sonar reconfortante—, no vivo tan lejos, probablemente podría correr hasta allí en diez o quince minutos. Podría llamar a la policía por ti una vez que esté allí.
La mujer se secó los ojos y volvió a mirarlo. Su último torrente de lágrimas le había dejado los ojos enrojecidos. Pero incluso con eso, y con su cabello desaliñado que se apartó apresuradamente de la cara, seguía siendo cautivadoramente hermosa. Avanzó un par de pasos hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que él pudiera oler su aroma. Darren respiró el embriagador aroma y sintió un impulso irrefrenable de inclinarse y rodearla con los brazos. La mujer se estremeció, con fuerza, y se rodeó con los brazos para protegerse del frío.
Por su parte, Darren se miró a sí mismo. Sólo llevaba puesta una camiseta y un pantalón deportivo, y debajo de ellos, únicamente su ropa interior, así que no tenía nada que pudiera ofrecer razonablemente a la mujer para ayudarla a protegerse del frío. Eso lo hizo sentirse aún más culpable que el hecho de no tener su celular.
El viento se levantó y tiró con fuerza del camisón de la mujer contra ella. Darren se dio cuenta enseguida de que estaba desnuda, pero ¿qué esperaba? Por encima de sus brazos cruzados, Darren podía ver sus pezones sobresaliendo a través de la endeble tela. Sin duda, el frío los había puesto erectos.
Cuando levantó la vista, la mujer lo miraba directamente a los ojos. Darren sintió que se le sonrojaba la cara de vergüenza. Era imposible que no se hubiera dado cuenta de que le miraba los pechos. El hombre que se suponía que estaba ayudando a una damisela en apuros, y aquí estaba mirándola, aprovechándose del hecho de que ella era vulnerable, apenas vestida y a merced del clima.
Ahora sí que se sentía avergonzado.
—Si pudieras venir a la casa —imploró—, hay una ventana abierta en el primer piso. Si pudieras subir por mí y abrir la puerta principal, te estaría inmensamente agradecida.
Otro escalofrío recorrió su cuerpo.
Darren no podía entender por qué la idea de seguirla hasta su casa le causaba miedo de repente. Pero, aun así, experimentó una abrumadora sensación de inquietud en el mismo momento en que ella lo mencionó. Él dudó unos segundos antes de responder.
Darren aún sentía todo el peso de su vergüenza por haber sido sorprendido mirando boquiabierto los pechos de la mujer, así que negárselo ahora le parecía algo más que una grosería.
—De acuerdo —aceptó, a regañadientes—. Guíanos.
—Oh, gracias —respondió la mujer—. Realmente eres muy amable.
Mientras caminaban, se presentaron. La mujer se llamaba Edith Mannering, y ella y su marido vivían solos en la vieja casa. Le explicó que estaba de viaje de negocios y que no volvería a casa hasta dentro de un par de días.
Edith continuó explicando que siempre le costaba dormir cuando su marido no estaba, y que por eso había empezado a pasear por el cementerio a altas horas de la noche, para cansarse.
—A algunos les puede parecer un poco morboso —explicó ella—, pero en realidad sólo son piedras.
—Es lo que hay debajo de ellas lo que me aterroriza —bromeó Darren a medias.
—Bueno, si tenemos en cuenta la cantidad de fosas comunes por la peste que todavía tenemos en este país, se podría argumentar que es más probable que estés pisando el lugar de descanso final de alguien que suelo normal, si entiendes lo que digo.
Darren nunca se había planteado un argumento semejante, y la repentina idea le erizó la piel. Se encogió de hombros mientras se acercaban a la casa. La única luz disponible era la que brillaba sobre el cementerio desde la calle adyacente. Pero cuando el arco llegó a la casa, ya estaba casi en la sombra.
—Lo siento —se disculpó Edith, quien abrió la verja que daba al jardín privado situado delante de la casa. Las bisagras de hierro crujieron al abrirse—. Mi marido sigue prometiendo aceitarlas.
Cuando se acercaron a la fachada de la casa, Darren entrecerró los ojos en la oscuridad y vio que una de las ventanas superiores estaba abierta. Nunca había sido un gran escalador. Incluso de niño le había costado escalar árboles, incluso cuando sus amigos parecían poder trepar por ellos sin ningún problema. Aparte de la vieja tubería de plomo que corría por un lado de la construcción, Darren no veía ningún lugar ventajoso que pudiera utilizar para acceder a la ventana abierta.
—Hay una escalera en la parte trasera de la casa, estoy segura de que es lo suficientemente larga para llegar. Podría echarte una mano para traerla —dijo Edith Como si leyera su mente.
Darren asintió. Parecía la mejor opción, si no la única, y era bastante más seguro que intentar subir por la tubería. Siguió a Edith hasta el jardín. La escalera era metálica, grande, telescópica y con tres descansos. Darren estaba seguro de que funcionaría.
Una vez que la hubieron llevado de vuelta a la parte delantera, Edith se apartó mientras Darren la izaba hasta ponerla de pie, antes de colocarse delante de él para ayudarlo a sostener su peso mientras manipulaba los cierres de liberación de cada lado. Entre los dos consiguieron extender la escalera hasta que la parte superior quedó justo debajo de la ventana abierta.
El suelo bajo las puntas inferiores era blando y flexible, y en cuanto Darren subió el primer peldaño, sintió que el artilugio se hundía en el lodo. Esperó hasta estar seguro de que no bajaría más, antes de iniciar su ascenso. Edith esperó abajo y, una vez que él hubo pasado el quinto peldaño, sujetó el armazón, apoyando el peso de su cuerpo a ambos lados para que no resbalara.
A mitad de camino, una repentina ráfaga de viento hizo que Darren se aferrara a la escalera por miedo a salir despedido. El sudor que había acumulado durante el trote se había secado en su piel, y la falta de esfuerzo lo hacía sentir frío y vulnerable.
Una vez que la brisa se calmó, continuó su marcha, tratando desesperadamente de evitar la tentación de mirar hacia donde estaba Edith, por temor a que la experiencia pudiera desequilibrarlo y hacerlo caer al suelo.
Mientras apoyaba las manos en el alféizar de la ventana abierta, Darren se quedó quieto un momento para recuperar el aliento. Ahora que se aferraba a algo sólido, sintió que lo invadía una oleada de alivio. Aun así, se recordó a sí mismo que todavía no estaba fuera de peligro y que no estaba en posición de ser engreído. Al subir otro peldaño, Darren metió la cabeza por la ventana y arqueó el torso hasta cruzar el umbral.
Como la luna estaba al fondo de la propiedad, la habitación en la que iba a entrar seguía estando muy oscura, pero sus ojos se adaptaron rápidamente a la falta de luz y vio que debajo de la ventana no había nada en lo que pudiera caer, salvo una docena de pares de zapatos de mujer, que habían sido ordenados uno al lado del otro.
Sin tener la habilidad ni la confianza necesarias para girar el cuerpo y entrar con los pies por delante, Darren se inclinó completamente y se agachó para tocar el suelo. Apoyándose con las manos justo delante de los zapatos, se lanzó hacia delante y consiguió completar un giro hacia delante en el suelo.
Al bajar las piernas, sus pies chocaron con el lateral de la cama de tamaño king-size que dominaba la habitación y, mientras luchaba por recuperar el equilibrio, consiguió desparramar varios de los zapatos con la mano mientras buscaba a tientas un hueco. Se quedó sentado un momento, respirando con dificultad y sintiéndose muy orgulloso de sí mismo por haber completado la primera parte de su tarea. Ahora todo lo que tenía que hacer era bajar las escaleras y dejar entrar a Edith, y podría sentirse el verdadero héroe de la hazaña.
king-sizeDarren salió al rellano y tanteó la pared en busca de un interruptor. Para su consternación, cuando pulsó el botón no ocurrió nada. Lo encendió y apagó varias veces, frustrado, se dio por vencido. Tanteando a lo largo de la barandilla, se dirigió hacia lo alto de la escalera. Había otro interruptor en la pared de enfrente, pero, por desgracia, éste tampoco alumbraba.
Sujetándose firmemente a la barandilla, Darren bajó las escaleras. Al llegar abajo, apenas pudo distinguir una tenue figura sombría a través del cristal esmerilado de la puerta principal. Cruzó el pasillo con cuidado de no tropezar con nada por el camino y abrió la puerta para descubrir a una Edith muy temblorosa, de pie sobre el tapete de bienvenida.
—¡Oh, estrella indiscutible! —gritó, emocionada apretándolo con todas sus fuerzas. Antes de que pudiera retroceder un paso, Edith se lanzó sobre él, le rodeó el cuello con los brazos y le hundió la cara en el pecho.
Aunque sorprendido por su repentina muestra de afecto, Darren disfrutó de la sensación de tener el cuerpo liso y flexible de Edith tan cerca del suyo. Sobre todo, porque sólo había un par de endebles trozos de tela para separarlos. Sintiéndose un poco tonto, Darren devolvió el abrazo, levantando los brazos para poder envolver la cabeza de Edith, mientras le acariciaba suavemente el cabello.
Darren notaba que se estaba congelando por el frío aire de la noche y decidió que, aunque sólo lo hiciera para calentarse, esperaría a que se soltara primero. Desde luego, no tenía ninguna prisa. Incluso se le pasó por la cabeza que, cuando Edith había insistido en los detalles de la ausencia de su marido, ¿acaso se le estaba insinuando? Había oído historias de encuentros mucho más extraños que éste, que acababan con la pareja en la cama, pasando la noche en apasionados y sudorosos encuentros amorosos. Por lo tanto, el hecho de que nunca le hubiera sucedido antes, podría significar que por fin era su turno. Pensar en sus cuerpos desnudos contorsionándose y retorciéndose bajo las sábanas sudorosas de su cama tamaño king-size mientras se tomaban su tiempo para darse placer mutuamente hasta que saliera el sol prácticamente lo dejó alucinado. Darren besó la parte superior de la cabeza de Edith y empezó a acariciarla con la palma de la mano.