Conrad se acercó a grandes zancadas y tiró a un lado la cubierta de material, dejando al descubierto una puerta de roble que, una vez abierta, conducía a un pasadizo que llevaba a Conrad hasta lo alto de un tramo de escalones de piedra. En las paredes había antorchas encendidas que permitían a Conrad orientarse hacia abajo, pero aun así mantuvo una mano apoyada en la pared de la derecha por si acaso había una trampilla que pudiera tragárselo. Mientras descendía, pudo oír el sonido de lamentos y cánticos que emanaban de algún lugar de abajo. Conrad sintió una oleada de satisfacción al saber que por fin iba a atrapar a la baronesa en plena práctica de las artes negras. Era el momento que había estado esperando, y se moría de ganas de ver la cara de asombro y sorpresa de la baronesa cuando

