Nos presentamos y pude ver a su mujer al fondo, fingiendo que estaba ocupada quitando el polvo y, por tanto, demasiado ocupada para hablar conmigo. —Tanto —le dije—, que me preguntaba si sería posible prolongar mi estancia un par de noches. —Empecé felicitándolo por poseer un alquiler de vacaciones tan bonito, como una forma astuta de tomarlo desprevenido. Era casi como si le hubiera preguntado si podía asar a sus hijos para cenar. Su cara se puso roja de rabia y por un momento pensé que iba a explotar allí mismo, delante de mí. En lugar de eso, dándose cuenta sin duda por mi expresión de que estaba exagerando, bajó la mirada y se disculpó, diciendo con voz temblorosa que la casa de campo ya estaba reservada. No le creí ni por un momento, pero no estaba en condiciones de llamarlo mentir

