—¿Tú debes de ser Connie? —dijo Carla, sonriéndole desde lo alto de la escalera—. Por favor, entra y siéntete como en casa. Connie le dio las gracias y entró por la puerta abierta. —Por favor —señaló Carla la puerta abierta al fondo del pasillo. Una vez dentro del amplio vestíbulo, Connie esperó a que Carla cerrara la puerta tras de sí antes de aventurarse más adentro. Connie caminó y Carla la siguió. —Creo que es tuya —le dijo sonriendo. El suelo era de baldosa maciza, con un patrón repetido. Las zapatillas de Connie no hacían ruido al andar, salvo algún chirrido ocasional, mientras que los tacones de Carla resonaban por todo el pasillo. Una vez dentro del comedor, Connie le entregó a Carla la gran bolsa de plástico en la que había traído el bolso Gladstone. GladstoneCarla tomó la bo

