Ana
Por supuesto que si, la mato. No la llamo para reclamarle, o no “le mando un audio largo con resentimiento acumulado”. La mato, creo que es lo mejor. A Sofía. A mi propia hermana. ¿En qué momento pensó que enviar mi ropa era una buena idea?
Estoy armando una lista mental de castigos todos ilegales, por cierto, cuando Ethan se inclina hacia mí lo suficiente como para que mi corazón piense que este es su gran debut… y trate de escapar por mi garganta.
Cierro los ojos.
Uno.
Dos.
Tres segundos exactos para prepararme para un beso histórico.
Respira, Ana. Soy una mujer adulta. Madura. Funcional.
Nada.
El traidor solo está quitando mi cinturón de seguridad.
Abro los ojos y ahí está: tranquilo, peligrosamente guapo, sonriéndome como si no acabara de jugar con mi sistema nervioso central.
Excelente, Ana. Fantasías románticas nivel: ridícula.
Bajamos del auto. Él rodea el vehículo y me abre la puerta como si esto fuera una cita normal y no un secuestro emocional de alto nivel. Luego se quita el saco y lo coloca sobre mis hombros.
El gesto es sencillo.
El efecto… devastador.
Mi dignidad se despide en silencio.
—Ethan… —susurro— ¿a dónde vamos exactamente?
Mete las manos en los bolsillos. Mira al frente. Sereno. Seguro. Como si no tuviera a una mujer al borde del colapso emocional a su lado.
—Ya te lo dije. Debo moverme rápido. Solo tengo veintinueve días.
Ah. Claro.
Nada como un cronómetro sentimental para tranquilizarme.
Luego me toma de la cintura. No con fuerza. No con prisa. Lo justo para que todo mi cuerpo haga ¡alerta roja!
—Y estoy seguro de que no voy a perder.
Mentiroso.
Mi cuerpo ya está considerando rendirse sin condiciones.
—Buenas noches, señor —dice el piloto.
—Buenas noches —responde Ethan.
Y luego… me da la mano.
Yo acepto. Porque claramente mi autocontrol pidió vacaciones.
Subimos al avión y casi se me olvida respirar. Es hermoso. Elegante. Silencioso. Demasiado perfecto para alguien como yo, que aún no procesa cómo llegó aquí.
—Cuando usted quiera, despegamos —dice el piloto.
—Ahora mismo —contesta Ethan—. No puedo perder el tiempo.
Arqueo una ceja mientras miro todo alrededor.
Sí, claro. Nada dice “eficiencia” como un avión privado y una secretaria al borde del colapso.
Me indica dónde sentarme y se sienta a mi lado. Se inclina de nuevo y yo estoy segura de que esta vez sí muero. Pero no. Otra vez. Solo el cinturón.
El avión avanza y mi estómago también. Él toma mi mano.
—Respira —dice.
Respirar está sobrevalorado.
Mis párpados pesan. Y me quedo dormida, porque mi cerebro decidió huir antes de sufrir daños permanentes.
Despierto en una cama. Una cama cómoda. Demasiado cómoda.
¿Me secuestraron? ¿Firmé algo dormida?
—Te traje a la habitación del avión para que durmieras mejor —dice una voz carrasposa detrás de mí, por supuesto la de Ethan.
Me giro.
Error.
Error grave.
Está ahí. Con una toalla alrededor del cuerpo. Mojado. Gotas de agua cayendo lentamente como si estuviera en una película. Aunque definitivamente si estoy al frente de un Dios griego. Trago saliva tan fuerte que podría escucharse desde la cabina.
Ana. No. Esto no es un simulacro.
—Eh… —digo, porque claramente hoy no uso palabras completas.
Él sonríe.
Definitivamente el universo me odia.
—La ducha está libre. Y tu ropa está al lado de la cama.
Sale.
Yo abrazo mi pecho.
—Si sobrevives, Ana —me digo—, escribes un libro. O dos.
Me baño. Me despido de mi ropa con respeto. Me pongo un vestido holgado de flores y dejo el cabello suelto.
Bien. Modo mujer tranquila activado.
Fracaso inminente.
Al salir, Ethan está sentado, con gafas, leyendo. Tan concentrado que no nota que estoy ahí. Lo miro. Mucho. Demasiado.
¿Por qué los hombres guapos leyendo deberían ser ilegales?
¿Por qué nadie me advirtió de esto?
—Deja de mirarme así —dice sin levantar la vista.
Me atraganto con mi propia saliva.
—Yo… estaba… pensando.
Mentira.
Deja el libro, se pone de pie y camina hacia mí. Cada paso me quita años de vida. Las gafas lo hacen ver todavía peor. O mejor. No sé.
Coloca un brazo sobre mi cabeza y me acorrala.
—Ana —susurra—, ¿tienes idea de lo difícil que es no besarte ahora mismo?
No. Pero estoy a punto de descubrirlo.
—¿Difícil? —digo
Difícil es fingir que soy una persona funcional en este momento.
La voz del piloto nos salva.
—Abrochen sus cinturones, por favor.
—Señor —digo rápido—, sentémonos.
Por la seguridad aérea. Y la mía.
Ethan baja más el rostro.
—No creo aguantar mucho sin probar tus labios.
Auxilio. Socorro. Emergencia emocional.
Me toma de la cintura.
—Vamos, bonita.
Y yo lo sigo.