Toco el timbre a las nueve de la mañana y la señora Amanda me abre con una sonrisa, pero su rostro cambia a uno de sorpresa cuando me ve llegar con todos los regalos para nuestros hijos. -John, ¿te volviste loco, muchacho? -No, solo soy un padre que ya no tiene baba que botar – ella me ayuda a entrar todo, acomodamos las bolsas y cajas en la sala. Miro a todos lados, viendo cómo estas mujeres convirtieron este lugar tan grande en un espacio cálido -. ¿Amy? -Sigue dormida, ayer llegó tarde, cenó tarde y se durmió tarde. Normalmente a las siete ya está despierta, pero al parecer hoy no será así. -¿Cómo ha estado ella? – me invita a sentarme y suspira -. -Bien, al inicio fue difícil, pero de eso no diré nada o terminaré sacándote de aquí a escobazos. Pero ahora… ahora me preocupa más que

