Si bien se habían quedado afuera hasta que las gotas de la tormenta fueron más que evidentes, Rocío supo que algo había cambiado en él. Sonreía pero esquivaba su mirada y aunque habían hecho el amor una vez que habían entrado, él se había ido ni bien la había creído dormida. Sin deseos de arruinar su primer pequeño triunfo de haber logrado salir a su propio jardín, decidió enfrentar la realidad. Sabía que aquello era un oasis en medio de la tempestad, sabía que tenía un final escrito y por eso sabía que debía dejarlo bien claro. Bajó despacio los escalones y lo encontró apoyado contra la ventana con su vista fija en un enorme charco que rebalsaba con cada nueva gota de aquella copiosa lluvia. Sus ojos parecían confundidos y si bien no se movía su cuerpo parecía derrotado. Rocío se ac

