Los gritos que se oían desde afuera volvían aquella oscuridad escalofriante. Amenazas, insultos, una nueva detonación y luego esas sirenas agudas que no permitían precisar la distancia a la que todo estaba ocurriendo. Rocío avanzaba con sus manos tanteando los muebles para no caer. Lejos había quedado el estado letárgico del alcohol, mucho más aún aquella explosión vertiginosa y breve del placer. Solo podía pensar en volver a encontrarlo. ¿Y si lo habían descubierto? ¿y si le habían disparado? No debería impórtale, de hecho debería vivirlo como un alivio, y sin embargo allí estaba, con el corazón en la boca y los dientes castañeando, recorriendo su propia casa en penumbras con prisa, con desesperación. Lo más lógico hubiera sido gritar su nombre, pero irónicamente no lo conocía. ¿Cóm

