Capítulo 4

1359 Palabras
Kirstin Beck observaba a los obreros desde la ventana del segundo piso de su casa adosada. Alta y esbelta, de ojos azules abiertos como platos y radiantes, era inteligente y guapa, con pómulos prominentes y largas pestañas. Aunque llevaba ocho años casada, muchos ignoraban la razón. Steiner, su marido, un profesor de universidad y leal socialista, un hombre adusto y serio mayor que ella, no parecía encajar con su mujer más joven. El jaleo dio comienzo temprano, justo después del alba. Tuvo suerte de haberse escurrido de los soldados tras su intento de huida. Por los pelos, a tiempo llegó a casa para meter su cuaderno y mochila en un cubo de basura e irrumpir justo cuando Steiner echaba mano a la nota que dejó sobre la mesa de la cocina. Aparentaba atraído, sin llegar a ver lo que ponía. Y se lo arrebató antes de que lo cogiese. Si tan solo se hubiera ido un día antes. Se hubiese esfumado sin ser vista, como otros tantos que cruzaron la frontera, mezclándose en Berlín Occidental y moviéndose libremente a sus anchas. Ahora se enfrentaba a una seria disyuntiva. Su abuela estaba sola y dependía de Kirstin, no solo de las necesidades básicas, sino también de compañía. Aun cuando alguna que otra vecina le asegurarse que cuidaría de ella, la seguía preocupando. Tenía que avisarla, decirle que se demoraría sin saber aún por cuanto tiempo. Y tenía que llegar a Berlín Occidental, no solo por lo que huía, sino del porqué huía. Kirstin observaba aterrada la llegada de más camiones, implorando de que esto fuese pasajero y pudiese largarse al Oeste en cuestión de minutos o en días en el peor de los casos. Pero, cuantas más tropas y operarios hacían acto de presencia, los topógrafos marcaban líneas donde debían ir las barreras y los carpinteros abordaban la fijación de postes en el suelo. Seguían alambradas encordadas en el terreno, clavadas en los mástiles para luego revestirlas en capas más altas hasta alcanzar los seis metros de altura. El propósito estaba claro: hacer de Berlín Occidental una isla libre en una mar comunista e impedir una desbandada de los berlineses orientales. Pero, por más razones que su abuela, Kirstin Beck tenía que llegar al oeste de la ciudad sí o sí. Cerca de las nueve de la mañana, Steiner asistía al servicio matutino en la Iglesia de la Reconciliación. La asistencia era menor de lo habitual, ya que muchos feligreses lo hacían desde el sector francés de Berlín Occidental. Fieles y leales a la iglesia, la alambrada en Strelitzer Straße1 les bloqueaba el paso. Algunos, parados en la barrera, donde se estaba formando un gentío, observaban curiosos a los soldados, a gritos de protesta. Aparentemente inquietos y asustados, la mayoría tenía amigos y familias en el Este que tal vez jamás volverían a ver. Y, aunque la frontera se había cerrado temporalmente en varias ocasiones, nunca se había bloqueado con barreras de cemento ni alambres de púas. Una hora más tarde, al concluir el oficio religioso, asistentes que salían en fila de la iglesia, marcharon al cementerio y se acercaron a los militares tanto más se los permitían. Kirstin, temiendo una refriega, no les quitaba ojo. A medida que la caterva seguía apilándose, abandonó su estudio del segundo piso, bajó escaleras abajo a toda prisa y salió por la puerta de la cocina. Lápidas y tumbas a través, indicadores y mausoleos, cruzó el camposanto para sumarse a la muchedumbre. Los operarios seguían colocando alambres de espino que enrollaban alrededor de postes, lo que daba a la valla semejanza a una cinta ondulante en el horizonte, escindiendo la ciudad en dos. Algunos entre la muchedumbre, como si trataran de resolver el impacto en sus vidas cotidianas, se limitaban a observar. Otros, más acalorados, presentían que algo preciado estaba a punto de disiparse. Kirstin los miraba con tiento, ya que sabía que al menos uno ―o más―, pertenecía a la omnipresente Stasi, la policía secreta de la Alemania del Este. Oía susurrar a algunos del gremio conforme se acercaba, logrando pasar junto a ellos hasta colocarse frente a la multitud y ponerse a la vera de un anciano, enjuto y calvo, con bigote blanco, además de feligrés habitual. —Buenos días, Dr. Werner —dijo ella. —Kirstin, ¡qué hay! —expresó él, conmovido. —Creo que están cercando la frontera. —Pero ¿por qué? —preguntó—. Ayer mismo podíamos cruzar. ¿Qué hace que hoy sea diferente? —No quieren que huyamos a Occidente —respondió ella. Kirstin, contemplando a los operarios, hizo un alto, a lo que añadió: —Ni siquiera de visita, parece. —Pero ¿el alambre de púas? —interpeló—. Acabo de escuchar decir a alguien que es para mantener alejados a los fascistas de Berlín Oriental. Eso carece de todo sentido. Más bien sería para retenernos a nosotros en vez de mantenerlos a ellos alejados. Kirstin sabía que su vida iba a cambiar para siempre, a menos que se largase. Tenía que llegar a Berlín Occidental. Y, de algún modo, debía. Solo que iba a ser más complicado. —Todos nosotros tenemos amigos y familias al oeste de la ciudad —prosiguió el Dr. Werner—. No más quedarán en la retentiva. —Ni podremos contactar con ellos —le dijo Kirstin—. Intenté telefonear, pero está fuera de servicio. —Entonces, no nos queda otra que comunicarnos a través de cartas. —La Stasi va a censurarlas —repuso ella, cerciorándose de que nadie la escuchaba—. O las desecharán. —Yo tengo familia en Occidente que necesito ver —manifestó él, como preguntándose el modo de lograrlo. —Y mi abuela necesita de mi asistencia. Está a solo cuatro kilómetros, pero ahora parece quedar al otro lado del mundo. — ¿Qué están haciendo? —vino a decir una voz familiar a espaldas de ellos. Kirstin, al girarse, vio a Dieter Katz, un estudiante y feligrés. Pequeño y delgado con gafas redondas y greñudo, era a veces demasiado bocazas en su discordancia hacia el régimen socialista. Aunque, desde luego, la mayoría de los jóvenes lo eran. No habían pasado por la guerra. Corajudos e impetuosos, se creían imbatibles. —Construyen una valla para impedir que nos larguemos—le dijo Werner. —No puede ser —gritó Katz, abriéndose paso entre ellos—. Mi novia está en Berlín Occidental. Y mi universidad también. —Ten cuidado, Dieter —le susurró el Dr. Werner—. Vaya que te escuchen. —Qué me importa si me oyen —respondió Katz, acercándose más a los guardias. —No vayan a imponerte un castigo ejemplar —advirtió el Dr. Werner—. Se valdrán de cualquier pretexto para meterte entre rejas. Nada les gustaría más. —No tengo intención de ir a la cárcel —les confesó Katz. Parecía como si estuviese analizando a los guardias, sus posturas, la altura del alambre de púas, lo que hacían los operarios, como si accediese a sus fuerzas y debilidades. —Dieter, yo tengo una abuela en Occidente —dijo Kirstin, tratando de calmarlo—. Está mayor y delicada, y depende de mí para todo. Estoy segura de que habrá muchos otros en la misma situación. Las autoridades tomarán medidas precautorias. Han de tomarlas —Y mis hijas están en Occidente —añadió Werner—. Como también muchos hijos e hijas, padres y madres. Ya encontraremos una salida. Si no, ya daremos con una. —Yo no voy a esperar —murmuró Katz. Kirstin estaba convencida de que este iba a hacer algo que no debiera, dejándose llevar por las emociones en lugar de la lógica. —Dieter, no hagas nada de lo que te puedas arrepentir —le advirtió ella. —No puedo dejar que lo hagan —susurró Dieter enfadado, sin quitar ojo del alambre de púas. —Dieter —dijo el Dr. Werner con aspereza, acercándose a él. Antes de que nadie pudiera sujetarlo, Dieter se lanzó a la valla recién levantada. — ¡Alto! —ordenó un guardia, apuntando su rifle.
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