Tony Marino se alejaba con su Volkswagen del edificio de apartamentos, dobló la esquina, continuó dos kilómetros y medio por la zona residencial, restaurantes y almacenes desperdigados entre las casas adosadas y pisos. Tomó rumbo al sur y luego al este hacia Invalidenstrasse, la cual solía servir de paso entre Berlín Oriental y Occidental. Expectante de encontrarse con tumultos y jaleos, turbas furiosas controladas por policías y una fuerte presencia policial, aparcó cerca de la frontera. En su lugar, se halló con un puñado de residentes que miraban curiosos el cierre fronterizo. Dos policías de a pie vigilaban de cerca las barreras de hormigón y el vallado de alambre de púas. Otros, con rostros pétreos, iban y venían de un lado para otro. A la espera de que ocurriera quién sabe qué, Marin

