Karl Hofer analizaba al hombre que se sentaba frente a él, tanteando su compromiso. Disponía de docenas de chivatos, algunos mejores que otros y unos cuantos augustos, cada cual con sus razones, dinero normalmente, o mejores condiciones de vida que algún m*****o privilegiado del Partido disfrutara, o poder, la capacidad de controlar a los demás. Y luego estaban los soplones que traicionaban incluso a sus familias, amigos o vecinos por la causa, ya que creían verdad en el Socialismo como la mejor manera de gobernar, por lo que cualquiera que divagara, tenía que ser identificado y castigado. Así era el hombre que se sentaba frente a él. —El sometido no tiene muchos amigos —decía el chivato—. Su selecto grupo de conocidos son, sobre todo, familiares, y unos cuantos pacientes. Si bien parece

