Kirstin Beck entró en el diminuto consultorio con la esperanza de ver al Dr. Werner. Se encontraba sola en aquella inhóspita y fría sala; la pintura descascarada de la cornisa y el empapelado que comenzaba a descolorar. Tras más de dos horas de espera, miró su reloj, consciente de que el centro médico no tardaría en cerrar. Pocas horas abrían los consultorios médicos, sobre todo desde que estos no se veían compensados por las horas extras de trabajo. Diez minutos después, la puerta de abrió y el Dr. Werner entró con un historial médico en su mano derecha. —Hola, Kirstin —dijo en tono afectuoso—. Me sorprende verte. Pensaba que, a estas alturas, tu tobillo ya se había curado. Descálzate, por favor. Kirstin, que escuchaba con atención, hizo lo que le dijo. No se oía a nadie tras la puerta,

