Tony Marino disfrutaba de una taza de té sentado en el salón de Gertrude Manstein. Le había ido a la farmacia a recoger sus medicamentos y, de camino, llevarle algo de comida. Sus conversaciones fortuitas, centradas sobre todo en el presente y el increíble porvenir que Kirstin pudiese tener una vez alcanzase Berlín Occidental, se desvió a un pasado que brindaba imágenes que ambos deseaban no visualizar. —Fue el peor día de mi vida —decía Gertrude con tristeza y expresión indiferente en sus ojos azules. —Kirstin me lo refirió de pasada —dijo Marino—. Ni imaginármelo puedo. —Responsable me he sentido en todo momento —prosiguió ella en un lastre visible en los huecos arrugados de su rostro—. Le pedí a Kirstin que fuese a la tienda, por si al dueño le quedaba algo por vender. Con sus ojos h

