—Tenemos que ser precavidos —susurraba Kirstin—. La Stasi podría estar observándome. Marino, sentado frente a ella, tomaba una copa de vino. — ¿Es sensato que nos veamos? Kirstin se encogió de hombros. —Tenemos que comunicarnos—dijo ella—. Es un riesgo que hay que correr. — ¿Te has percatado de que alguien te siguiese? —No —respondió con firmeza—. Acechan de otra forma, mediante familias o amigos. Consiguen que, aquellos en los que confías, te traicionen. Marino escrutaba a los que se sentaban alrededor. —Igual no debamos vernos en público. —Está bien —le dijo ella—. Soy discreta. Complacido quedó con la respuesta. Kirstin conocía Berlín Este —y la pérdida atafagante de libertad—, mejor que él pudiese jamás. Marino se inclinó hacia ella. — ¿Qué sucedió la noche del sábado? —preguntó

