Marino veía aproximarse un hombre andando desde el S-Bahn por Bernauer Straße, la avenida sombreada por los tilos. No parecía esperar encontrar nada, pero se mostraba prudente, mirando alrededor del paisaje urbano. Al acercarse más, Marino advirtió que se trataba de Josef Kramer, unos minutos antes de su cita programada. —Eres puntual —dijo Marino mirando su reloj. —Trato de serlo —repuso Kramer con una sonrisa—. Aunque no siempre lo consigo. —Eso es una virtud —dijo Marino. Este se volvió y señaló al edificio tras él. —Ese es. Kramer miró el edificio de ladrillo de tres pisos que ocupaba casi toda la zona. — ¿Una vieja fábrica? —Sí, creo que aquí se fabricaban cojinetes en tiempos de guerra. Bombardearon la parte central, la cual jamás reconstruyeron. El otro extremo es un fabricante

