EL ARTE DE LA INVASIÓN
Narrador: Molly Smile
El café de la oficina siempre tiene un regusto a desesperación y a plástico quemado, pero esa mañana sabía a pura adrenalina.
Habían pasado exactamente dieciocho horas desde que Killian Morgan pronunciara mi nombre en el pasillo, y el ecosistema de Morgan & Co. ya había mutado. Las miradas de mis compañeros, que antes me atravesaban como si fuera de cristal, ahora se pegaban a mí como aceite caliente. En el ascensor, tres analistas de cuentas se habían hecho a un lado para dejarme pasar. Tiffany ni siquiera me había pedido que le fotocopiara sus informes de gastos.
Era la "favorita de la semana". Un título tan peligroso como un regalo de bodas de la mafia.
Me senté en mi cubículo, mi pequeño búnker de orden en medio del caos corporativo. Tenía mis rotuladores alineados por color, mi monitor a la altura exacta de mis ojos y una montaña de datos sobre la adquisición de L’Essence que gritaban "desastre financiero" en cada celda de Excel.
—Molly.
No fue un grito. Fue un susurro profundo, justo detrás de mi oreja izquierda. El aire caliente de su aliento me erizó el vello de la nuca antes de que mi cerebro pudiera procesar quién era. Pero mi cuerpo lo sabía. Mi sistema nervioso central envió una señal de alerta roja a cada una de mis terminaciones.
Me giré tan rápido que mis gafas estuvieron a punto de salir volando.
Killian Morgan estaba allí. No a una distancia profesional de oficina, sino invadiendo mi espacio vital de una manera que debería ser ilegal en al menos cuarenta estados. Estaba apoyado en el borde de mi escritorio, una mano enguantada en un reloj que probablemente costaba más que mi título universitario, rozando mis notas sobre la depreciación de activos.
—Señor Morgan —dije, tratando de que mi voz no sonara como la de una adolescente asustada. Me aclaré la garganta y recuperé mi máscara de eficiencia—. La reunión es a las dos. Todavía estoy terminando de cruzar las variables de los impuestos en la zona euro.
Él no se movió. Se limitó a mirarme. Sus ojos no eran del azul frío del día anterior; hoy tenían un matiz de acero pulido, algo que brillaba con una intensidad perturbadora.
—Olvida la reunión de las dos, Molly. —Usó mi nombre de nuevo. Sonaba extraño en su boca, como una palabra de un idioma prohibido—. He decidido que el comité de finanzas es un lastre para la toma de decisiones rápidas. Vamos a revisar esto nosotros. A solas.
—¿A solas? —repetí. Mi cerebro, esa máquina de calcular de precisión suiza, se quedó en blanco por un segundo—. Pero Harrison es el jefe del departamento. Él tiene los permisos de acceso para...
—Harrison está ahora mismo en un vuelo hacia nuestra sede en Chicago para "supervisar" un inventario de almacén que no existe —interrumpió Killian con una sonrisa que no tenía nada de amable—. Digamos que le he dado unas vacaciones forzosas de la realidad. Ahora, recoge tus cosas.
—¿Recoger mis cosas? ¿A dónde vamos?
Killian se inclinó más hacia mí. Su aroma —sándalo, cuero y ese olor a poder que solo tienen los hombres que nunca han escuchado la palabra "no"— envolvió mis sentidos. Era embriagador y aterrador al mismo tiempo.
—A mi oficina. O quizás fuera. Nueva York es un lugar ruidoso para pensar, y tú me debes una explicación detallada de por qué mi equipo de expertos es tan incompetente comparado contigo.
Sentí el peso de cincuenta pares de ojos clavados en mi espalda mientras me levantaba. Tiffany, desde su escritorio a tres metros, parecía estar sufriendo un colapso nervioso silencioso.
—No creo que sea... apropiado —intenté decir, apelando a la lógica.
—Apropiado es una palabra que usa la gente que tiene miedo de destacar, Molly —sentenció él, rodeando mi escritorio y colocándose a mi lado—. Y tú ya has destacado. No hay vuelta atrás.
Caminamos hacia los ascensores privados. Yo, con mi cárdigan gris un poco arrugado y mis carpetas apretadas contra el pecho como si fueran un escudo; él, con su traje de tres mil dólares y esa zancada de depredador que obligaba a todo el mundo a apartarse.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, el silencio se volvió denso. Podía oír el latido de mi propio corazón golpeando mis costillas. El ascensor privado de Killian Morgan era una caja de espejos y acero inoxidable. En el reflejo, la diferencia entre nosotros era cómica. Él parecía un dios griego moderno; yo parecía su asistente interna que se había perdido de camino a la biblioteca.
Él se giró para mirarme en el espejo.
—Te pones nerviosa cuando no tienes una pantalla de ordenador entre nosotros —observó. No era una pregunta, era un hecho.
—Prefiero los datos a las personas, señor Morgan. Los datos no mienten para quedar bien. Los datos no tienen agendas ocultas.
—Llámame Killian. Fuera del horario de oficina, los títulos son solo ruido.
—Aún estamos en horario de oficina. Son las diez y cuarto de la mañana.
Él soltó una risa baja, un sonido que vibró en el espacio cerrado del ascensor.
—Eres desesperadamente literal, ¿verdad? Me gusta. Es un desafío.
El ascensor se detuvo, pero no en su oficina. Salimos al vestíbulo principal y, antes de que pudiera protestar, un coche n***o con los cristales tintados ya estaba esperando en la puerta de la calle. El conductor bajó a abrirnos la puerta.
—Sube, Molly.
—Señor... Killian... tengo trabajo que hacer. Mi contrato especifica que mis funciones se desempeñan en el edificio de la calle 57.
Él se detuvo con la mano en la puerta del coche y se giró hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos con una fuerza gravitacional que me dejó sin aliento.
—Molly, te estoy ofreciendo la oportunidad de ser la arquitecta de la mayor fusión del año en esta ciudad. Podrías estar sentada en tu cubículo contando los minutos para que den las cinco, o podrías subir a este coche y demostrarme que eres tan brillante como creo.
Hizo una pausa, y su voz bajó un octavo de tono, volviéndose peligrosamente suave.
—¿Eres una espectadora o eres una jugadora?
Mi orgullo, ese pequeño monstruo que me había mantenido despierta tantas noches estudiando para ser la mejor, se revolvió. No quería ser invisible. Quería que me vieran. Quería que mi mente fuera valorada. Pero había algo en la forma en que él me miraba... algo que no cuadraba con un simple interés profesional.
"Es solo trabajo", me dije a mí misma. "Eres una economista, no una heroína de novela romántica. No caigas en el cliché".
Subí al coche.