LA FRACCIÓN DEL SEGUNDO
Narrador: Killian Morgan
Hay una teoría en economía llamada rendimientos decrecientes. Dice que, a partir de cierto punto, cada unidad adicional de inversión produce menos satisfacción. He aplicado esa lógica a las mujeres toda mi vida. La primera noche es emocionante; la tercera es rutina; la quinta es logística de salida.
Pero con Molly Smile, la curva de mi gráfico se acababa de romper.
Estábamos en mi ático. El cristal de las ventanas devolvía el reflejo de la ciudad, pero dentro, la única luz provenía de las llamas bajas de la chimenea y de la intensidad nerviosa que emanaba de ella. Molly estaba de pie junto a mi piano de cola, todavía con esa falda de tubo que le quedaba un poco grande y su camisa blanca abotonada hasta el último centímetro de piel.
—Killian, yo… no sé si esto es una buena idea estratégica —susurró. Sus dedos jugueteaban con el borde de sus gafas.
Caminé hacia ella, reduciendo el espacio con la lentitud de un depredador que ya sabe que ha ganado, pero que quiere disfrutar del acecho. Le quité las gafas con un movimiento suave y las dejé sobre el piano. Sus ojos, de un ámbar líquido y asustado, me enfocaron con una vulnerabilidad que me golpeó en el plexo solar.
—Olvida la estrategia, Molly —le dije, pasando mis nudillos por su mandíbula—. Esta noche no hay informes. No hay fusión. Solo estamos tú y yo.
La besé. No fue el beso de negocios que había planeado. Fue un incendio. Esperaba resistencia, o quizás una técnica torpe, pero lo que encontré fue una entrega tan pura que me obligó a retroceder un paso mentalmente. Sus labios sabían a honestidad.
La guíe hacia mi habitación, un santuario de seda gris y minimalismo frío que, de repente, se sentía demasiado grande para una sola persona. Cuando mis manos empezaron a desabrochar los botones de su camisa, noté que temblaba. No era un temblor de frío. Era el temblor de alguien que está entregando su última línea de defensa.
—Espera… —dijo ella, apoyando sus manos pequeñas en mi pecho. Su voz era apenas un hilo—. Killian, yo nunca… yo no he hecho esto antes.
Me detuve en seco. Mis dedos se congelaron sobre la seda de su piel.
—¿Nunca? —repetí.
—Nunca —confirmó, bajando la mirada, sus mejillas encendidas de un rojo violento—. He pasado mi vida entre libros y ecuaciones. Nadie… nadie se detuvo a mirar los números lo suficiente como para querer ver qué había detrás.
En mi mente, la voz de Julian resonó: "Es como pescar en un barril". Debería haber sentido triunfo. El premio gordo. La joya de la corona de la apuesta. Pero en lugar de eso, sentí una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la culpa. Una emoción que yo había extirpado de mi sistema a los dieciocho años.
—Molly —susurré, levantando su mentón para que me mirara—. Si quieres que me detenga, lo haré ahora mismo.
Ella me miró intensamente, buscando la mentira en mis ojos. Y por un segundo, deseé fervientemente no estar mintiéndole sobre todo lo demás.
—No te detengas —dijo ella—. Quiero que seas tú.
Lo que siguió fue un despliegue de paciencia que ni yo mismo sabía que poseía. Me convertí en el arquitecto de su placer, moviéndome con una delicadeza que contradecía mi naturaleza agresiva. Cada centímetro de su piel era un territorio nuevo, una variable que no había sido analizada.
Cuando finalmente nos unimos, escuché su respiración entrecortada contra mi cuello y sentí cómo sus uñas se clavaban en mis hombros. Fue en ese momento preciso, en el clímax de la entrega, cuando ocurrió.
Algo dentro de mí se movió.
No fue solo placer físico. Fue una conexión eléctrica, un reconocimiento de algo que no tenía nombre en mi vocabulario de CEO. Por una fracción de segundo, Molly Smile no era un activo. No era una apuesta. No era "la chica de las gafas".
Era… todo.
Me sentí expuesto. Como si ella, con su inocencia y su mente brillante, hubiera hackeado mis cortafuegos y estuviera viendo directamente al niño que juró que nunca volvería a ser débil. Sentí miedo. Un miedo visceral, primitivo, que me recorrió la columna vertebral.
Control, Killian. Recupera el control.
Me aparté de ella un poco más rápido de lo necesario una vez que el eco del placer se disipó. Molly se quedó allí, con el cabello castaño esparcido sobre mis sábanas de mil hilos, luciendo como una obra de arte que yo acababa de profanar. Tenía esa expresión de paz y asombro que solo tienen los que acaban de descubrir un mundo nuevo.
—Eso fue… —empezó ella, con una sonrisa tímida, estirando la mano para tocar mi brazo.
—Fue una distracción necesaria —la interrumpí. Mi voz salió más fría de lo que pretendía. Una defensa automática.
Ella parpadeó, confundida. La calidez de su mirada se enfrió un grado.
—¿Una distracción?
—Molly, tenemos una reunión con los coreanos a las ocho de la mañana —dije, levantándome de la cama y poniéndome la bata de seda negra como si fuera una armadura—. No dejes que esto nuble tu juicio profesional. Eres mi directora de estrategia. No quiero que mañana me entregues un informe con errores porque tienes la cabeza en las nubes.
La vi encogerse bajo las sábanas. La luz que había en sus ojos se apagó, reemplazada por esa disciplina silenciosa que tanto me gustaba y que ahora, por alguna razón, me quemaba.
—Tienes razón, señor Morgan —dijo ella, usando mi apellido de nuevo. Su voz era plana, analítica—. Me aseguraré de que los números sean perfectos.
Me encerré en el baño y abrí el grifo del agua fría. Me miré en el espejo y odié lo que vi. Había ganado. Ella era mía. La apuesta estaba asegurada. El Aston Martin, las acciones de Singapur, el ego… todo estaba allí, al alcance de mi mano.
Pero ese sentimiento… esa conexión que me había asustado… la empujé hacia lo más profundo de mi mente. La enterré bajo capas de cinismo y ambición. No podía permitirme sentir nada por ella. Sentir era perder el control. Y en mi mundo, el que pierde el control termina destruido.
"Es solo un juego, Killian", me repetí mientras el agua helada golpeaba mi piel. "No es real. Ella no es real. Solo es una variable".
Pero mientras intentaba convencerme, en el fondo de mi pecho, un pequeño rastro de ese fuego seguía ardiendo, recordándome que, por un segundo, Molly Smile me había tenido exactamente donde ella quería: completamente desarmado.