—Si sólo supieras cómo he soñado con esto— dijo suavemente y la besó. Fue un beso muy tierno, como si temiera. profanar la suavidad y dulzura de su boca. Luego, cuando los labios de Orelia respondieron, él estrechó su abrazo y elle conoció un éxtasis que jamás soñó que pudiera existir. ¡Era suya, suya por fin! Y debía rendirse en cuerpo, corazón y alma, porque él se lo exigía. Fue un momento tan perfecto, tan espiritual que a Orella le pareció, que no estaban ya en este mundo, que eran un hombre y una mujer tocados por la Divinidad. Temblaba y tuvo la sensación de que a él le ocurría lo mismo, cuando levantando la cabeza le dijo con voz curiosamente inestable: —¡Ya cayeron las estrellas, dulce corazón? —No... tú me elevaste a ellas. El la estrujó contra su pecho y la besó salvaje, a

