3 NOAH

3247 Palabras
Pero ¡qué pedazo de IDIOTA! Mientras subía las escaleras pisando tan fuerte como podía, no conseguía quitarme de la cabeza los últimos diez minutos que había pasado con el imbécil de mi nuevo hermanastro. ¿Cómo se podía ser tan c*****o, engreído y psicópata al mismo tiempo y a niveles tan altos? ¡Oh, Dios! No lo aguantaría, no iba a poder soportarlo; si ya le tenía manía por el simple hecho de ser el hijo del nuevo marido de mi madre, lo sucedido había elevado esa tirria a niveles estratosféricos. ¿Ese era el chico perfecto y adorable del que me había hablado mi madre? Había odiado su forma de hablarme, su forma de mirarme. Como si fuese superior a mí por el simple hecho de tener pasta. Sus ojos me habían escrutado de arriba abajo y luego había sonreído... Se había reído de mí en mi cara. Entré en mi habitación dando un portazo, aunque con las dimensiones de aquella casa nadie me oiría. Fuera ya se había hecho de noche y una tenue luz entraba por mi ventana. Con la oscuridad, el mar se había teñido de color n***o y no se diferenciaba dónde terminaba este y comenzaba el cielo. Nerviosa, me apresuré a encender la luz. Fui directa hacia mi cama y me tiré encima clavando mi mirada en las altas vigas del techo. Encima me obligaban a cenar con ellos. ¿Es que mi madre no se daba cuenta de que ahora mismo lo último que me apetecía era estar rodeada de gente? Necesitaba estar sola, descansar, hacerme a la idea de todos los cambios que estaban ocurriendo en mi vida, aceptarlos y aprender a vivir con ellos, aunque en el fondo supiera que nunca iba a terminar encajando. Cogí mi móvil dudando en si llamar a mi novio Dan o no, no quería que se preocupara al escuchar la amargura en mi voz... solo llevaba en California una hora y ya me dolía su ausencia. Solo pasaron diez minutos desde que había subido hasta que mi madre entró por la puerta. Se molestó en llamar, al menos, pero al ver que no le contestaba entró sin más. —Noah, dentro de quince minutos tenemos que estar todos abajo —me dijo mirándome con paciencia. —Lo dices como si fuera a tardar una hora y media en bajar unas escaleras —le respondí incorporándome en la cama. Mi madre se había soltado su media melena rubia y se la había peinado muy elegantemente. No llevábamos en esta casa ni dos horas y su aspecto ya era diferente. —Lo digo porque tienes que cambiarte y vestirte para la cena —me contestó ignorando mi tono. La observé sin comprender y bajé mi mirada hacia la ropa que llevaba. —¿Qué tiene de malo mi aspecto? —pregunté a la defensiva. —Vas en zapatillas, Noah, esta noche hay que ir de etiqueta. No pretenderás ir así vestida, ¿no? ¿En pantalones cortos y camiseta? —me planteó ella exasperada. Me puse de pie y le hice frente. Había colmado mi paciencia por aquel día. —A ver si te enteras, mamá: no quiero ir a cenar contigo y tu marido, no me interesa conocer al demonio malcriado que tiene como hijo y me apetece aún menos tener que arreglarme para ello —le solté intentando controlar las enormes ganas que tenía de coger el coche y largarme de vuelta a mi ciudad. —Deja de comportarte como si tuvieras cinco años, vístete y ven a cenar conmigo y tu nueva familia —me ordenó en un tono duro. Sin embargo, al ver mi expresión suavizó la suya y añadió—: No va a ser así todos los días, solo es esta noche, por favor, hazlo por mí. Respiré hondo varias veces, me tragué todas las cosas que me hubiese gustado gritarle y asentí con la cabeza. —Solo esta noche. *** En cuanto mi madre se fue me metí en el vestidor de mi cuarto. Disgustada con todo y con todos, comencé a buscar un atuendo que me gustara y que me hiciese sentir cómoda. También quería demostrar lo adulta que podía llegar a ser; aún tenía la mirada de incredulidad y diversión de Nicholas grabada en mi cabeza cuando me recorrió el cuerpo con sus ojos claros y altivos. Me había observado como si no fuera más que una cría a la que le divertiría asustar, cosa que había hecho al amenazarme con aquel endiablado perro. Mi maleta estaba abierta en el suelo del vestidor. Me arrodillé frente a ella y empecé a rebuscar entre mi ropa. Mi madre seguro que esperaba verme bajar con alguna de las cosas que me había comprado, pero eso era lo último que pensaba hacer. Si cedía con eso estaría sentando un mal precedente. Aceptar la ropa era el equivalente a aceptar esa nueva vida, sería como perder mi dignidad. Con la mente roja de rabia escogí mi vestido n***o de los Ramones. ¿Quién decía que no era elegante? Miré a mi alrededor buscando algo que ponerme en los pies. No era una chica muy amante de los zapatos altos pero si bajaba con mis zapatillas Converse mi madre seguramente perdería la paciencia y me obligaría a cambiarme. Finalmente escogí unas sandalias bastante decentes que tenían un poco de tacón, pero nada que no pudiese manejar. Me acerqué al espejo gigante que había en una de las paredes y me observé detenidamente. Mi amiga Beth seguro que me daría su aprobación y, si no recordaba mal, a Dan siempre le había parecido muy sexi ese vestido... Sin pensarlo ya más, me solté el pelo y me lo atusé. También me puse un poco de cacao en los labios. Satisfecha con el resultado, cogí un bolso pequeño y me dirigí hacia la puerta. Justo cuando la abría me topé con Nicholas, que se detuvo un momento para poder observarme. Thor, el demonio, iba a su lado y no pude evitar echarme hacia atrás. Mi nuevo hermano sonrió por algún motivo inexplicable, y volvió a recorrerme el cuerpo y el rostro con la mirada. Al hacerlo sus ojos brillaron con alguna especie de emoción oscura e indescifrable. Sus ojos se detuvieron un rato de más en mi vestido. —¿No te enseñaron a vestir allí, en Paletolandia? —dijo sarcásticamente. Sonreí de forma angelical. —Oh, sí... el profesor era tan gilipollas como tú, por lo que supongo que no presté atención. No se esperaba esa respuesta y menos aún me esperaba yo que una sonrisa se dibujara en esos labios demasiado sensuales. Lo observé un momento y volví a asombrarme ante lo alto y viril que era. Iba con pantalones de traje y camisa, sin corbata y con los dos botones del cuello desabrochados. Sus ojos celestes parecían querer traspasarme, pero no me dejé intimidar. Desvié mi mirada hacia su perro que ahora, en vez de mirarme con cara de asesino, movía la cola de felicidad y esperaba sentado observándonos con interés. —Tu perro parece otro... ¿Vas a decirle que me ataque ahora o esperarás a que regresemos de cenar? —lo reté clavando mis ojos en él al tiempo que le sonreía con falsa amabilidad. —No sé, pecas... eso dependerá de cómo te comportes —me contestó para acto seguido darme la espalda y caminar hacia las escaleras. Me quedé callada unos segundos, intentando controlar mis emociones. ¡Pecas! ¡Me había llamado Pecas! Ese tío se estaba buscando problemas... problemas de verdad. Caminé detrás de él convenciéndome a mí misma de que no merecía la pena enfadarme por sus comentarios o por sus miradas o por su simple presencia. Él no era más que otra de las muchas personas que me caerían mal en aquella ciudad, así que mejor ir acostumbrándome. En cuanto llegué al piso de abajo no pude evitar volver a sorprenderme ante lo magnífica que era aquella casa. De alguna manera conseguía transmitir un aire antiguo pero sofisticado y moderno al mismo tiempo. Mientras esperaba a que mi madre bajara, ignorando a la persona que me hacía compañía, recorrí con la mirada la impresionante lámpara de cristal que colgaba del alto techo con vigas. Estaría hecha de miles de cristales que caían como si fueran gotitas de lluvia congeladas; daba la sensación de que querían llegar al suelo pero estaban obligadas a estar suspendidas en el aire por un tiempo indefinido. Por un instante mi mirada se cruzó con la suya y, en vez de obligarme a mí misma a apartarla, decidí sostenerla hasta que él tuviera que desviarla. No quería que pensara que me intimidaba, no quería que creyese que iba a poder hacer conmigo lo que le diera la gana. Pero sus ojos no se apartaron, sino que me observaron fijamente y con una determinación increíble. Justo cuando creí que no podría aguantar más, mi madre apareció junto con William. —Bueno, ya estamos todos —dijo este último mirándonos con una gran sonrisa. Lo observé sin un atisbo de alegría—. Ya he reservado mesa en el Club, espero que haya hambre... —agregó dirigiéndose a la puerta con mi madre colgada de su brazo. Esta abrió los ojos al fijarse en mi vestido. —¿Qué te has puesto? —me susurró al oído. Yo hice como que no la escuchaba y me adelanté hacia la salida. Ya afuera, el aire era cálido y refrescante y se podían oír las olas rompiendo contra la orilla a lo lejos. —¿Quieres venir en nuestro coche, Nick? —le preguntó William a su hijo. Este ya nos había dado la espalda y se encaminaba hacia donde había un 4x4 impresionante. Era n***o y muy alto. Estaba reluciente y parecía recién salido del concesionario. No pude evitar poner los ojos en blanco... ¡qué típico! —Iré en el mío —le contestó él volviéndose hacia nosotros al llegar a la puerta—. Después de cenar he quedado con Miles; vamos a terminar el informe del caso Refford. —Muy bien —convino su padre; yo, sin embargo, no entendí ni una sola palabra—. ¿Quieres ir con él hasta el Club, Noah? —agregó un instante después volviéndose hacia mí—. Así os iréis conociendo mejor —me dijo William observándome contento como si lo que se le acababa de ocurrir fuera la idea más genial del planeta Tierra. Mis ojos no pudieron evitar desviarse hacia su hijo, que me observó elevando las cejas a la espera de mi respuesta. Parecía divertirse con toda aquella situación. —No me gusta subirme al coche de una persona que no sé cómo conduce — confesé a mi nuevo padrastro deseando que mis palabras tocaran aquel punto sensible que los chicos tenían cuando se ponía en duda su capacidad de conducción. Le di la espalda al 4x4 y me monté en el Mercedes n***o de Will. Ni siquiera miré en su dirección cuando mi madre y su marido se subieron al coche y disfruté de la soledad del asiento trasero mientras recorríamos las calles en dirección al club de ricachones. Deseaba con todas mis fuerzas que aquella noche acabara lo antes posible, terminar con aquella farsa de familia feliz que mi madre y su marido pretendían crear, y regresar a mi habitación para intentar descansar. Unos quince minutos después llegamos a una parte apartada rodeada de grandes campos muy bien cuidados. A pesar de que ya era de noche, un gran camino iluminado te daba la bienvenida al Club Náutico Mary Read. Antes de que nos dejaran pasar, un hombre que hacía guardia en una elegante cabina junto a la barrera se asomó para poder ver quiénes íbamos en el coche. Un evidente signo de reconocimiento apareció en su rostro al ver quién conducía. —Señor Leister, buenas noches, señor, señora... —agregó al ver a mi madre. Mi nuevo padrastro lo saludó y entramos al Club. —Noah, tu tarjeta de socia llegará la semana que viene, pero puedes usar mi apellido para que te dejen entrar o, si no, también el de Ella —dijo volviéndose hacia mi madre. Sentí un pinchazo en el corazón al oírle llamarla de aquella forma... Así era como la llamaba mi padre, y estaba completamente segura de que a mi madre no le hacía ninguna gracia aquel diminutivo... demasiados malos recuerdos; pero, claro, no iba a decírselo a su nuevo e increíble marido. Mi madre era muy buena en olvidar las cosas dolorosas y difíciles. Yo, en cambio, me las guardaba dentro, muy dentro, hasta que en un momento explotaba y las sacaba todas fuera. En cuanto llegamos a las puertas del lujoso establecimiento, detuvimos el coche justo en la entrada. Un botones se acercó hacia nosotros para abrirnos la puerta a mi madre y a mí, aceptó la propina que William le ofreció y se llevó el coche a quién sabe dónde. El restaurante era increíble, completamente de cristal. Desde donde estaba fui capaz de ver algunas mesas y las increíbles peceras llenas de cangrejos, peces y todo tipo de calamares listos para ser sacrificados y servidos para comer. Antes de que nos atendieran sentí cómo alguien se colocaba detrás de mí. Su aliento me rozó la oreja y me dio un escalofrío. Al volverme vi a Nicholas junto a mi espalda. Incluso llevando tacones me sacaba media cabeza. Apenas bajó su mirada hacia la mía. —Tengo una reserva a nombre de William Leister —informó William a la camarera que se encargaba de dar la bienvenida a los nuevos clientes. Su rostro se descompuso por alguna razón inexplicable, y se apresuró a dejarnos pasar al abarrotado y al mismo tiempo tranquilo y acogedor establecimiento. Nuestra mesa estaba en uno de los mejores lugares, iluminada cálidamente con velas al igual que todo el restaurante. La pared de cristal te ofrecía una panorámica impresionante del océano y no pude evitar preguntarme si en California era muy común eso de que todas las paredes fuesen transparentes. Para ser sincera estaba completamente alucinada. Nos sentamos y, de inmediato, William y mi madre comenzaron a hablar embelesados y a sonreírse tontamente. Yo, mientras, no pude evitar fijarme en la mirada de asombro e incredulidad que la camarera le dirigió a Nick. Este parecía no haberse dado cuenta, ya que se puso a girar el minisalero entre sus dedos. Por un instante mis ojos se fijaron en aquellas manos tan bien cuidadas, tan morenas y tan grandes. Mis ojos fueron subiendo por su brazo hasta llegar a su rostro y después a sus ojos, que me observaban con interés. Contuve la respiración. —¿Qué vais a pedir? —preguntó mi madre haciendo que desviara la mirada rápidamente hacia ella. Dejé que ellos pidieran por mí, más que nada porque no conocía más de la mitad de los platos que había en el menú. Mientras esperábamos a que nos trajeran la comida y revolvía distraídamente mi Ice Tea con la pajita, William intentó involucrarnos a mí y a su hijo en la conversación que estaban teniendo. —Antes le estaba diciendo a Noah la de deportes que se pueden practicar aquí en el Club, Nick —comentó Will haciendo que su hijo clavara su mirada, fija hasta ese momento en el final de la sala, en los ojos de su padre—. Nicholas juega al baloncesto, y es un surfista estupendo, Noah —apuntó ignorando el rostro aburrido de Nick y centrándose ahora en mí. «Surfista...» No pude evitar poner los ojos en blanco. Para mi mala suerte Nicholas estaba observándome. Centrando su mirada en mí se inclinó sobre la mesa, apoyando ambos antebrazos sobre ella y fui objeto de un intenso escrutinio. —¿Hay algo que te divierta, Noah? —me soltó haciendo lo posible por que su tono sonara amigable, pero yo sabía que en el fondo le había molestado mi gesto—. ¿Consideras que el surf es un deporte estúpido? Antes de que mi madre contestara —ya la veía venir—, me apresuré a inclinarme igual que él. —Tú lo has dicho, no yo —le respondí sonriendo con inocencia. A mí me gustaban los deportes de equipo, con estrategia, que requirieran de un buen capitán y de mucha constancia y trabajo. Yo había encontrado todo eso en el vóley y estaba segura que el surf no podía ni comparársele. Antes de que pudiera replicarme, cosa que estaba segura estaba deseando hacer, la camarera llegó y él no pudo evitar desviar sus ojos hacia ella otra vez, como si la conociera. Mi madre y William comenzaron a hablar animadamente cuando una pareja de amigos suyos se pararon para saludarlos. La camarera, una mujer joven de pelo castaño oscuro ataviada con un delantal n***o, se afanó en dejar los platos encima de la mesa y al hacerlo golpeó sin querer a Nicholas en el hombro. —Lo siento, Nick —se disculpó y entonces, sobresaltada, se volvió hacia mí, como si hubiera cometido un error garrafal. Nicholas también me miró y de inmediato entendí que algo raro estaba ocurriendo entre esos dos. Aprovechando que nuestros padres estaban distraídos me incliné para salir de dudas. —¿La conoces? —le pregunté mientras él se servía más agua con gas en su copa de cristal. —¿A quién? —me contestó él, haciéndose el tonto. —A la camarera —le respondí observando su rostro con interés. No transmitía nada: estaba serio, relajado. Supe entonces que Nicholas Leister era una persona que sabía muy bien cómo esconder sus pensamientos. —Sí, me ha atendido más de una vez —afirmó dirigiendo sus ojos hacia mí. Me observó como retándome a que lo contradijera. «Vaya, vaya... Nick un mentiroso...» ¿Por qué no me extrañaba? —Sí, seguro que te ha atendido muchas veces —declaré yo. —¿Qué estás insinuando, hermanita? —me dijo y no pude evitar dejar de sonreír en cuanto utilizó aquel calificativo. —En que toda la gente rica como tú sois iguales; os creéis que por tener dinero sois los dioses del mundo. Esa chica no ha dejado de mirarte desde que has cruzado esa puerta; es obvio que te conoce —expuse mirándole enfadada por algún motivo inexplicable—. Y tú ni siquiera te has dignado a devolverle la mirada... Es asqueroso. Me observó fijamente antes de contestarme. —Tienes una teoría muy interesante y veo que «la gente rica», como la llamas tú, te disgusta muchísimo... claro que tú y tu madre estáis viviendo ahora bajo nuestro techo y disfrutando de todas las comodidades que el dinero puede ofrecer; si tan despreciables te parecemos, ¿qué haces sentada a esta mesa? —me preguntó mirándome de arriba abajo con desprecio. Lo observé intentando controlar mi temperamento. Aquel chico sabía lo que decir para sacarme de mis casillas. —A mi parecer tú y tu madre sois incluso peores que la camarera... — confesó inclinándose sobre la mesa para poder dirigirse solo y únicamente a mí—: fingís ser algo que no sois cuando las dos os habéis vendido por dinero... Aquello fue demasiado. La rabia me cegó. Cogí el vaso que tenía delante y con un gesto le tiré a la cara todo su contenido. Lástima que el vaso estuviese vacío.
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