Mientras subía y bajaba la ventanilla del nuevo coche de mi madre, no podía dejar de pensar en lo que me depararía el siguiente e infernal año que tenía por delante. Aún no dejaba de preguntarme cómo habíamos acabado así, yéndonos de nuestra casa para cruzar todo el país hasta California. Habían pasado tres meses desde que había recibido la fatal noticia, la misma que cambiaría mi vida por completo, la misma que me hacía querer llorar por las noches, la misma que conseguía que suplicara y despotricara como una niña de once años en vez de diecisiete.
Pero ¿qué podía hacer? No era mayor de edad, aún faltaban once meses, tres semanas y dos días para cumplir los dieciocho y poder largarme a la universidad; lejos de una madre que solo pensaba en sí misma, lejos de aquellos desconocidos con los que me iba a tocar vivir, porque de ahora en adelante iba a tener que compartir mi vida con dos personas completamente desconocidas y para colmo, dos tíos.
—¿Puedes dejar de hacer eso? Me estás poniendo nerviosa —me pidió mi madre, al mismo tiempo que colocaba las llaves en el contacto y ponía en marcha el coche.
—A mí me ponen nerviosa muchas cosas que haces, y me tengo que aguantar —repliqué de malas maneras. El sonoro suspiro que vino en respuesta se había convertido en algo tan rutinario que ni siquiera me sorprendió.
Pero ¿cómo podía obligarme? ¿Acaso no le importaban mis sentimientos? «Claro que sí», me había respondido mi madre mientras nos alejábamos de mi querida ciudad. Ya habían pasado seis años desde que mis padres se habían separado; y no de forma convencional ni agradable: había sido un divorcio de lo más traumático, pero a la postre lo había superado... o por lo menos seguía intentándolo.
Me costaba muchísimo adaptarme a los cambios, me aterrorizaba estar con extraños; no soy tímida pero sí muy reservada con mi vida privada y eso de tener que compartir mis veinticuatro horas del día con dos personas que apenas conocía me creaba una ansiedad que me hacía tener ganas de salir del coche y vomitar.
—Aún no puedo comprender por qué no me dejas quedarme —le dije intentando poder convencerla por enésima vez—. No soy una niña, sé cuidarme... Además, el año que viene estaré en la universidad y, al fin y al cabo, estaré viviendo sola... es lo mismo —argumenté con la idea de hacerla entrar en razón y sabiendo que yo estaba completamente en lo cierto.
—No voy a perderme tu último año de instituto, y quiero disfrutar de mi hija antes de que te vayas a estudiar fuera; Noah, ya te lo he dicho mil veces: quiero que formes parte de esta nueva familia, eres mi hija... ¡Por Dios santo!
¿En serio crees que te voy a dejar vivir en otro país sin ningún adulto y a tanta distancia de donde yo estoy? —me contestó sin apartar la mirada de la carretera y haciendo aspavientos con su mano derecha.
Mi madre no comprendía lo duro que era todo eso para mí. Ella comenzaba su nueva vida con un marido nuevo que supuestamente la quería, pero ¿y yo?
—Tú no lo entiendes, mamá. ¿No te has parado a pensar que este también es mi último año de instituto? ¿Que tengo allí a todas mis amigas, mi novio, mi trabajo, mi equipo...? ¡Toda mi vida, mamá! —le grité esforzándome por contener las lágrimas. Aquella situación podía conmigo, eso estaba clarísimo.
Yo nunca, y repito, nunca, lloraba delante de nadie. Llorar es para débiles, para aquellos que no saben controlar lo que sienten o, en mi caso, para aquellos que han llorado tanto a lo largo de su vida que han decidido no derramar ni una sola lágrima más.
Aquellos pensamientos me hicieron recordar el inicio de toda aquella locura. No dejaba de arrepentirme de no haber acompañado a mi madre a aquel maldito crucero por las islas Fiyi. Porque había sido allí, en un barco en medio del Pacífico Sur, donde había conocido al increíble y enigmático William Leister.
Si pudiera volver atrás en el tiempo no dudaría ni un instante en decirle que sí a mi madre cuando se presentó a mediados de abril con dos billetes para irnos de vacaciones. Había sido un regalo de su mejor amiga, Alicia. La pobre había sufrido un accidente con el coche y se había roto la pierna derecha, un brazo y dos costillas. Como es obvio, no podía irse con su marido a esas islas y por ese motivo se lo regaló a mi madre. Pero vamos a ver... ¿mediados de abril? Por aquellas fechas yo estaba con los exámenes finales y metida de lleno en los partidos de vóley. Mi equipo había quedado primero después de estar en segundo lugar desde que yo tenía uso de razón: había sido una de las alegrías más grandes de mi vida. Sin embargo, ahora, viendo las consecuencias de no haber ido a aquel viaje, devolvería el trofeo, dejaría el equipo y no me hubiese importado suspender literatura y español, con tal de evitar que aquel matrimonio se celebrara.
¡Casarse en un barco! ¡Mi madre estaba completamente loca! Además se casó sin decirme absolutamente nada, me enteré en cuanto llegó, y encima me lo dijo tan tranquila como si casarse con un millonario en medio del océano fuera lo más normal del mundo... Toda esta situación era de lo más surrealista y, encima, quería mudarse a una mansión en California, Estados Unidos. ¡Ni siquiera era mi país! Yo había nacido en Canadá, a pesar de que mi madre había nacido en Texas y mi padre en Colorado, y me gustaba mucho, era cuanto conocía...
—Noah, sabes que quiero lo mejor para ti —me dijo mi madre haciéndome regresar a la realidad—. Sabes por lo que he pasado, por lo que hemos pasado; y por fin he encontrado un buen hombre que me quiere y me respeta...
No me sentía tan feliz desde hace muchísimo tiempo... lo necesito y sé que vas a llegar a quererlo. Además, puede ofrecerte un futuro al que nunca podríamos haber aspirado, vas a poder ir a la universidad que quieras, Noah.
—Es que yo no quiero ir a una universidad de esas, mamá, ni tampoco quiero que un desconocido me la pague —repuse sintiendo un escalofrío al pensar que, al cabo de un mes, empezaría en un instituto pijo lleno de niños ricos.
—No es un desconocido: es mi marido, así que ve haciéndote a la idea — agregó en un tono más cortante.
—Nunca voy a hacerme a la idea —le contesté apartando la mirada de su rostro y centrándola en la carretera.
Mi madre volvió a suspirar y yo deseé que la conversación hubiese terminado, no tenía ganas de seguir hablando.
—Entiendo que vas a echar de menos a tus amigos y a Dan, Noah, pero míralo por el lado positivo: ¡vas a tener un hermano! —exclamó con ilusión.
Me volví hacia ella mirándola de forma cansina.
—Por favor, no me vendas algo como lo que no es.
—Pero te va a encantar: Nick es un sol —afirmó sonriéndole a la carretera —. Un chico maduro y responsable que seguro que se muere de ganas por presentarte a todos sus amigos y llevarte a visitar la ciudad. Siempre que hemos coincidido estaba encerrado en su habitación estudiando o leyendo un libro: a lo mejor incluso compartís los mismos gustos literarios.
—Sí, ya... seguro que le encanta Jane Austen —contesté poniendo los ojos en blanco—. Por cierto, ¿cuántos años decías que tenía? —Ya lo sabía, mi madre no había dejado de hablarme de él y de Will durante meses, y, con todo, me resultaba muy irónico que no hubiese sido capaz de hacer un hueco para venir a conocerme. Mudarme con una familia nueva y ni siquiera conocer a los miembros era el colmo de todo esto.
—Es un poco mayor que tú, pero tú eres más madura que las chicas de tu edad: os vais a llevar fenomenal.
Y ahora me hacía la pelota... «madura». Aún recelaba de si esa palabra era de verdad la que me definía y, pese a eso, dudaba de que un chico de casi veintidós años tuviese ganas de enseñarme la ciudad y presentarme a sus amigos; como si yo quisiera que hiciese tal cosa, en cualquier caso.
—Hemos llegado —anunció mi madre a continuación.
Centré mi mirada en las altas palmeras y las calles que separaban las mansiones monumentales. Cada casa ocupaba, por lo menos, media manzana. Las había de estilo inglés, victoriano... y también había muchas de aspecto moderno con las paredes de cristal e inmensos jardines. Comencé a asustarme cada vez más al ver que a medida que avanzábamos por la calle las casas se iban haciendo cada vez más grandes. Finalmente llegamos a unas inmensas puertas de tres metros de altura y, como si nada, mi madre sacó un aparatito de la guantera, le dio a un botón y estas comenzaron a abrirse. Volvió a poner el coche en marcha y bajamos una cuesta bordeada por jardines y altos pinos que desprendían un agradable olor a verano y mar.
—La casa no está tan alta como las demás de la urbanización y por eso tenemos las mejores vistas a la playa —comentó con una gran sonrisa. Me volví hacia ella y la observé como si no la reconociera. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que nos rodeaba? ¿No era consciente de que nos quedaba demasiado grande?
No me dio tiempo a formular las preguntas en voz alta porque finalmente llegamos a la casa. Solo se me ocurrieron dos palabras:
—¡Madre mía!
La casa era toda blanca con los altos tejados de color arena; tenía por lo menos tres pisos, pero era difícil asegurarlo, ya que tenía tantas terrazas, ventanas, tanto de todo... Frente a nosotras se alzaba un porche impresionante, cuyas luces, al ser ya pasadas las siete de la tarde, estaban encendidas, lo que le daba al edificio un aspecto de ensueño. El sol se pondría pronto y el cielo ya estaba pintado de muchos colores que contrastaban con el blanco inmaculado del lugar.
Mi madre apagó el motor después de haber rodeado la fuente y haber aparcado delante de los escalones que nos llevarían a la puerta principal. La primera impresión que tuve al bajarme fue la de haber llegado al hotel más lujoso de toda California; solo que no era un hotel: era una casa... supuestamente un hogar... O por lo menos eso me quería hacer creer mi madre.
En cuanto me bajé del coche William Leister apareció por la puerta. Detrás de él iban tres hombres vestidos como pingüinos.
El nuevo marido de mi madre no estaba vestido como yo le había visto en las contadas veces que me había dignado a estar con él en la misma habitación. En vez de llevar traje o caros chalecos de marca iba con unas bermudas blancas y un polo de color azul claro. Sus pies calzaban unas chanclas de playa y su pelo oscuro estaba despeinado en vez de atusado hacia atrás. Había que admitir que podía entender lo que mi madre había visto en él: era muy atractivo. Era alto, bastante más que mi madre, y se conservaba muy bien. Su rostro era armonioso, aunque claro está que se notaban los signos de la edad —tenía bastantes arrugas de expresión y también en la frente— y su pelo n***o lucía ya algunas canas que le daban un aire interesante y maduro.
Mi madre se acercó a él corriendo como una colegiala para poder abrazarlo. Yo me tomé mi tiempo, bajé del coche y me encaminé hacia el maletero para coger mis cosas.
Unas manos enguantadas aparecieron de la nada y tuve que echarme hacia atrás sobresaltada.
—Yo recojo sus cosas, señorita —me dijo uno de los hombres vestidos de pingüino.
—Puedo hacerlo yo, gracias —le contesté sintiéndome realmente incómoda.
El hombre me miró como si hubiera perdido la cabeza.
—Deja que Martin te ayude, Noah —oí a William Leister a mi espalda.
Solté mi maleta a regañadientes.
—Me alegro mucho de verte, Noah —declaró el marido de mi madre, sonriéndome con afecto. A su lado, mi madre no dejaba de gesticular para que me comportara, sonriera o dijera algo.
—No puedo decir lo mismo —respondí yo estirando la mano para que me la estrechara. Sabía que lo que acababa de hacer era de lo más maleducado pero en aquel instante me pareció justo decir la verdad.
Quería dejar bien claro cuál era mi posición respecto a este cambio en nuestras vidas.
William no pareció ofenderse. Me retuvo la mano más tiempo de lo debido y me sentí incómoda al instante.
—Sé que esto es un cambio muy brusco en tu vida, Noah, pero quiero que te sientas como en tu casa, que disfrutes de lo que puedo ofrecerte, pero que, sobre todo, puedas aceptarme como parte de tu familia... en algún momento —agregó seguramente al ver mi cara de incredulidad. Mi madre, a su lado, me fulminaba con sus ojos azules.
Tan solo fui capaz de asentir con la cabeza y echarme hacia atrás para que me soltara la mano. No me sentía cómoda con aquellas muestras de afecto, y menos con desconocidos. Mi madre se había casado —muy bien por ella—, pero aquel hombre nunca sería nadie para mí, ni un padre, ni un padrastro, ni nada que se le pareciera. Yo ya tenía un padre, y con él había tenido más que suficiente.
—¿Qué tal si te enseñamos la casa? —propuso él con una gran sonrisa, ajeno a mi frialdad y mal humor.
—Vamos, Noah —me animó mi madre entrelazando su brazo con el mío. De esa forma no podía hacer otra cosa que caminar a su lado.
Todas las luces de la vivienda estaban encendidas, por lo que no me perdí ni un solo detalle de aquella mansión demasiado grande hasta para una familia de veinte personas... y ni que decir tiene para una de cuatro. Los techos eran altos, con vigas de madera y grandes ventanales que daban al exterior. Había una gran escalera en el centro de un salón inmenso que se bifurcaba hacia ambos lados del piso superior. Mi madre y su marido me llevaron por toda la mansión, me enseñaron el inmenso salón y la gran cocina presidida por una gran isla, cosa que supuse que a mi madre le encantaría. En aquella casa había de todo: gimnasio, piscina climatizada, salones para hacer fiestas y una gran biblioteca, que fue lo que más me impresionó.
—Tu madre me ha dicho que te gusta mucho leer y escribir —me comentó William, haciéndome despertar de mi ensoñación.
—Como a miles de personas —le repliqué cortante. Me molestaba que se dirigiera a mí con esa amabilidad: no quería que me hablara, así de fácil.
—Noah —me recriminó mi madre, clavando sus ojos en los míos. Sabía que le estaba haciendo pasar un mal rato, pero que se aguantara, a mí me iba a tocar pasar un mal año y no podía hacer nada al respecto.
William parecía ajeno a nuestro intercambio de miradas y no perdió su sonrisa en ningún momento. Suspiré frustrada e incómoda. Aquello era demasiado: diferente,extravagante... no sabía si iba a ser capaz de acostumbrarme a vivir en un lugar así.
De repente necesitaba estar sola, necesitaba tiempo para poder asimilar las cosas...
—Estoy cansada. ¿Puedo ir a la que va a ser mi habitación? —pregunté en un tono de voz menos duro.
—Claro, en el ala derecha de la segunda planta es donde está tu habitación y la de Nicholas. Puedes invitar a quien tú quieras a que venga a estar contigo, a Nick no le importará; además de ahora en adelante compartiréis la sala de juegos.
«¿La sala de juegos? ¿En serio?» Sonreí como pude intentando no pensar en que de ahora en adelante iba a tener que convivir también con el hijo de William. Solo sabía lo que mi madre me había contado de él y era que tenía veintiún años, estudiaba en la Universidad de California y era un pijo insoportable. Bueno, eso último era de mi propia cosecha, pero seguramente era la verdad.
Mientras subíamos las escaleras no podía dejar de pensar en que, de ahora en adelante, iba a tener que convivir con dos hombres extraños. Habían pasado seis años desde la última vez que un hombre —mi padre— había estado en mi casa. Me había acostumbrado a ser solo chicas, solo dos. Mi vida nunca había sido un camino de rosas y menos durante mis primeros once años de vida; los problemas con mi padre habían marcado mi vida al igual que la de mi madre.
Después de que mi padre se fuera, mi madre y yo seguimos adelante, poco a poco pudimos convivir como dos personas normales y corrientes y, a medida que yo iba creciendo, mi madre se fue convirtiendo en una de mis mejores amigas. Me daba la libertad que quería, y eso era justamente porque confiaba en mí y yo en ella... o por lo menos hasta que decidió tirar nuestras vidas por la borda.
—Esta es tu habitación —me indicó mi madre, colocándose delante de una puerta de madera oscura. Observé a mi madre y a William. Estaban expectantes...
—¿Puedo entrar? —les pregunté con ironía al ver que no se apartaban de la puerta.
—Esta habitación es mi regalo particular para ti, Noah —anunció mi madre con los ojos brillantes de expectación.
La observé con cautela y, en cuanto se apartó, abrí la puerta con cuidado, con miedo de lo que podía llegar a encontrarme.
Lo primero que captaron mis sentidos fue el delicioso olor a margaritas y a mar. Mis ojos se fijaron primero en la pared que quedaba frente a la puerta y que era totalmente de cristal. Las vistas eran tan espectaculares que me quedé sin palabras por vez primera. El océano al completo se veía desde donde yo estaba; la casa debía de estar en lo alto de un acantilado porque desde mi posición solo veía el mar y la impresionante puesta de sol que estaba teniendo lugar en aquel instante. Era alucinante.
—¡Madre mía! —repetí otra vez la que se había convertido en mi frase preferida. Mis ojos siguieron recorriendo la habitación: era enorme, en la pared izquierda había una cama con dosel con un montón de almohadones blancos, a juego con los colores de las paredes que estaban pintadas de un agradable color azul claro. Los muebles, entre los que destacaban un escritorio con un ordenador Mac gigante, un sofá precioso, un tocador con espejo y una inmensa estantería con todos mis libros, eran azules y blancos.
Esos colores, junto a la sensacional vista que contemplaban mis ojos, eran lo más hermoso que había visto en toda mi vida. Me sentí abrumada. ¿Todo esto era para mí?
—¿Te gusta? —me preguntó mi madre a mi espalda.
—Es increíble... gracias —respondí sintiéndome agradecida pero, al mismo tiempo, incómoda. No quería que me compraran con cosas así, yo no las necesitaba.
—He estado trabajando con una decoradora profesional casi dos semanas... quería que tuviese todo lo que siempre habías querido y yo nunca he podido darte —me informó ella emocionada. La observé unos instantes y supe que no podía quejarme de eso... Una habitación así es el sueño de cualquier adolescente y también el de cualquier madre.
Me acerqué a ella y la abracé. Hacía ya por lo menos tres meses que no tenía ningún tipo de contacto físico con ella y supe que aquello era importante para mi madre.
—Gracias, Noah —me dijo al oído para que solo yo pudiese oírla—. Te juro que voy a hacer todo lo posible para que seamos felices las dos.
—Estaré bien, mamá —le contesté sabiendo que lo que decía no estaba en sus manos.
Mi madre me soltó, se enjugó una de las lágrimas que se habían deslizado por su mejilla y se colocó junto a su nuevo marido.
—Te dejamos para que te instales —comentó William de forma amable.
Asentí sin agradecerle absolutamente nada. Todo lo que había en esa habitación no suponía ningún esfuerzo para él: solo era dinero.
Cerré la puerta y observé que no había pestillo. El suelo era de madera y estaba tapizado con una alfombra blanca tan gruesa que incluso se podría dormir sobre ella. El baño era tan grande como mi antigua habitación, y tenía ducha de hidromasaje, bañera y dos lavabos individuales. Me acerqué a la ventana y me asomé. En efecto, allí abajo estaba el jardín trasero de la casa, y la inmensa piscina y los jardines con flores y palmeras.
Salí del baño y entonces caí en la cuenta del pequeño marco sin puerta que había en la pared frente al baño. Ay, Dios... Crucé la habitación y entré en lo que supuse era el sueño de cualquier mujer, adolescente o niña pequeña: un vestidor, y no un vestidor vacío, sino uno lleno de ropa sin estrenar. Solté el aire que había estado conteniendo y comencé a pasar los dedos sobre las increíbles prendas. Todas estaban con las etiquetas y solo me bastó ver el precio de una para darme cuenta de lo caras que eran. Mi madre estaba loca, o quienquiera que la hubiera convencido para gastarse todo ese dinero.
No podía deshacerme de aquella incómoda sensación de que nada era real, de que pronto me despertaría y estaría en mi vieja habitación con mi ropa corriente y mi cama individual; y lo peor de todo es que deseaba con todas mis fuerzas despertar porque aquella no era mi vida, no era lo que quería... deseaba volver a mi casa con todas mis fuerzas. Sentí un nudo en el estómago tan incómodo y tal angustia en mi interior que me dejé caer al suelo, apoyé mi cabeza en mis rodillas y respiré hondo todas las veces que fueron necesarias hasta que se me pasaron las ganas de llorar.
Como si me estuviese leyendo la mente, mi amiga Beth me envió justo entonces un mensaje.
¿Has llegado bien? Ya te echo de menos
Sonreí a la pantalla y le mandé una foto desde dentro de mi vestidor. Al segundo me llegaron como cinco emoticones con la boca abierta.
¡Te odio! ¿Lo sabías?
Me reí y le escribí un mensaje.
Si fuese por mí te lo regalaba todo. Es más, daría lo que fuera por poder estar con vosotros allí, en casa de Dan viendo una película o simplemente pasando el rato en el sofá mugriento de tu habitación.
No seas tan negativa, disfrútalo, joder, que ¡ahora eres rica!
Yo no era rica, lo era William.
Dejé el teléfono en el suelo y me dirigí a mis maletas. Me apresuré en coger unos pantalones cortos y una camiseta sencilla. No quería cambiar mi forma de ser, y no pensaba empezar a vestir con polos de marca.
Me metí en la ducha para desprenderme de toda la suciedad e incomodidad del largo viaje. Agradecí no ser una de esas chicas que tienen que hacerse de todo para que el pelo les quede bien. Por suerte yo había heredado el pelo ondulado de mi madre y así fue como se me quedó en cuanto termine de secarlo. Me vestí con lo que había escogido y me propuse dar una vuelta por la casa, y también buscar algún tentempié.
Era raro caminar por allí yo sola... me sentía como una intrusa. Iba a tardar mucho en acostumbrarme a vivir allí pero, sobre todo, en habituarme al lujo y a las inmensidades de aquel sitio. En mi antiguo piso bastaba con hablar un poco más fuerte de lo normal para que nos escuchásemos la una a la otra. Aquí eso era del todo imposible.
Me dirigí hacia la cocina, rezando por no perderme. Me moría de hambre, necesitaba algo de comida basura en mi organismo con urgencia.
Lamentablemente, cuando entré no estaba sola.
Había alguien rebuscando en la nevera, alguien de quien tan solo podía ver la coronilla de una cabeza de pelo oscuro. En el preciso instante en que iba a decir algo, un ladrido ensordecedor me hizo chillar de forma exagerada igual que hacen las niñas pequeñas.
Me volví sobresaltada justo cuando la cabeza de la nevera emergía tras la puerta para ver quién formaba tanto escándalo.
Pero no era él quien me había asustado: al lado de la isla de la cocina había un perro n***o, precioso sí, pero que me miraba con ojos de querer comerme poco a poco. Si no me equivocaba era un labrador, pero no podía asegurarlo.
Mis ojos se desviaron del perro al chico que había justo a su lado.
Observé con curiosidad y al mismo tiempo con asombro al que seguramente era el hijo de William, Nicholas Leister. Lo primero que se me vino a la cabeza en cuanto le vi fue una exclamación: «¡Vaya ojos!». Eran de un azul cielo, tan claro como las paredes de mi habitación, y contrastaban de una manera abrumadora con el color n***o azabache de su pelo, que estaba despeinado y húmedo de sudor. Al parecer venía de hacer deporte porque llevaba puestas unas mallas y una camiseta de tirantes ancha. Dios, era muy guapo, eso había que admitirlo, pero no dejé que esos pensamientos me hiciesen olvidar a quién tenía delante: era mi nuevo hermanastro, la persona con la que conviviría durante un año que, intuía, sería de auténtica tortura... Y su perro seguía gruñéndome como si adivinara mis pensamientos.
—Eres Nicholas, ¿verdad? —le pregunté intentando controlar el miedo que le tenía al endemoniado animal, que no dejaba de gruñirme. Me sorprendió y cabreó cómo desviaba la mirada hacia su mascota y sonreía.
—El mismo —afirmó, fijando sus ojos en mí otra vez—. Tú debes de ser la hija de la nueva mujer de mi padre —comentó y no pude creer que dijera eso tan fríamente.
Lo observé entornando los ojos.
—¿Tu nombre era...? —me preguntó y yo no pude evitar abrir los ojos con asombro e incredulidad.
¿No sabía mi nombre? Nuestros padres se habían casado, mi madre y yo nos habíamos mudado, ¿y ni siquiera sabía cómo me llamaba?