—¿Mudarme? ¿Pero como se le ocurre?—renegó Estela, de esa decisión tan precipitada.
—Déjate de tonterías, Mancini—la calló el hombre al otro lado de la línea—. Ya has firmado el contrato, así que a partir de este momento las cosas se harán a mi modo. Y claramente no pretenderás que deje que mi prometida viva en un barrio de mala muerte.
Estela tuvo que reconocer a regañadientes, que Alexander Karlsson tenía un punto.
—Pudo haberme avisado. No está bien que tome este tipo de decisiones sin siquiera consultarme.
—Tonterías. Recoge tus cosas—dicho eso, colgó el teléfono.
La joven exhaló soltando así en el aire toda su frustración. Al parecer, su inminente matrimonio ya había iniciado con el pie izquierdo.
«Y todavía no nos hemos casado», pensó, dándose cuenta de que Alexander ya buscaba mantenerla controlada.
—Hermana, ¿entonces tú no enviaste a estas personas?—volvió a cuestionar Amelia con preocupación. La jovencita temía haber cometido un grave error.
—Tranquila, Amelia. Sí, los envié. Nos vamos.
Después de todo, lo mejor era que desaparecieran de Rinkeby, ya que no era un sitio seguro si esos mafiosos deambulaban por el lugar.
—¿A dónde iremos?
"No lo sé", Estela estuvo a punto de responder, pero decidió no preocupar a su hermanita.
—Ya lo verás—contestó en su lugar, esperando que fuese un buen sitio.
[...]
Dos horas más tarde, Estela se encontraba al frente de un enorme e imponente edificio.
—¿Esto qué es?—preguntó al chófer que había enviado Karlsson.
El sujeto al volante no entendió del todo su pregunta.
—Es su nueva dirección, señorita.
«Alexander debe estar bromeando», pensó la mujer dándose cuenta de que un Penthouse en ese sitio debía costar una fortuna.
—¡Guao!—se maravilló Amelia al entrar.
En aquel lugar todo gritaba lujo. Era un sitio enorme que poseía amplios ventanales, dos habitaciones con baño independiente, y si fuera poco, el simple baño era más grande que su antiguo departamento.
«Esto es una exageración», volvió a decirse, sin perder detalle de la decoración.
Todo estaba decorado al mejor estilo de Karlsson: masculino y minimalista, extremadamente sombrío.
Sin saber que más hacer, ordenó a Amelia que ocupará una de las habitaciones, mientras ella se disponía a usar la restante.
De esa manera pasaron las horas ordenando aquí y allá, hasta que no pudo más y se quedó dormida sobre el mullido colchón.
Estela se removió en la cama sintiendo algo inusual, el peso de una azulada mirada estaba sobre sus hombros. Los ojos de la joven se abrieron y se encontraron con aquel par de zafiros.
—Usted…
—Te estuve llamando toda la tarde—reprochó.
—¿Qué hace aquí? ¿Por qué no ha tocado a la puerta antes?
—Vístete—ordenó.
La joven se sintió ofendida. ¿Acaso estaba desnuda?
—¿De qué habla?
—La primera parte del plan inicia hoy, no tengo tiempo que perder con tus tonterías—le aclaró.
—Oiga, explíqueme antes…
—Tienes quince minutos, Mancini—y con aquel ultimátum abandonó la habitación.
Estela rezongo como una niña chiquita, mientras se disponía a cumplir con su dictamen.
«¡Qué tipo tan insufrible!», pensó.
En ese momento, la mujer se percató de la caja que se encontraba en una esquina de la cama.
—¿Y esto qué es?—se preguntó a sí misma.
Al abrirlo se dio cuenta de que era un elegante vestido, palabra de honor, color azul francés, el cual resaltaba perfectamente con el tono perlado de su piel y en conjunto se hallaban unos hermosos tacones de marca Gucci.
«Supongo que quiere que lo use», concluyó tomando la prenda y deslizándola por su cuerpo ya desnudo.
Adicional al vestido había otra pequeña caja que contenía unos pendientes de esmeralda y diamantes. Seguramente costaban una fortuna, pero Estela no quiso preocuparse por el precio.
La mujer se arregló el cabello en un lindo peinado y se maquilló un poco. Por lo general, no solía usar maquillaje, pero al ver lo elegante de su atuendo, lo más probable era que la llevara a un sitio importante.
—Estoy lista—anunció saliendo de su habitación y encontrándolo en el recibidor.
Karlsson la miró de arriba a abajo evaluándola con especial atención, luego de esos cinco segundos de escaneo, asintió aparentemente complacido.
—Nos vamos—dijo dirigiéndose a la salida.
—Aguarde, no puedo dejar a mi hermanita sola.
—No tienes de qué preocuparte, ya me he encargado de todo—le contestó el hombre, quien siempre iba un paso adelante.
—¿Y cómo se ha encargado?
En ese momento llamó a dos sujetos y a una mujer de edad avanzada.
—A partir de ahora, ellos serán tus escoltas—presentó—. Y ella es Anna, el ama de llaves.
—Oh, mucho gusto. Pero no debiste…
—Ya te dije que me encargaré de todo. Eso también está estipulado en nuestro contrato—le recordó.
«El contrato…», pensó Estela, recordando que todo aquello no era más que un trabajo.
La única razón por la que Karlsson se comportaba así, era porque debía garantizar que nada interrumpiera sus planes. Él necesitaba de ella en ese momento para quién sabe qué cosa, por ello no podía permitir que su hermanita la retrasara.
—Bien, me despediré de Amelia.
Al regresar al recibidor, Alexander la esperaba con un abrigo que no tardó en extender sobre sus hombros. Estela le agradeció con un gesto y así juntos abandonaron el Penthouse.
—¿A dónde iremos?
—Hoy será nuestra primera aparición en público—le informó, mientras rodeaba el auto y ocupaba su lugar al volante.
Estela ocupó su lugar como acompañante y se puso nerviosa sin saber muy bien a qué se refería con eso de "aparición".
—No pensé que sería tan pronto—murmuró, sintiéndose de pronto nerviosa.
Eso significaba que el telón de aquella relación farsa estaba a punto de ser levantado.
«El show está a punto de comenzar», se animó, armándose de valor para lo que venía.
—Ya no me digas "señor" ni mucho menos "Karlsson", se supone que somos una pareja, así que debes tratarme con más familiaridad—advirtió.
—Bien, amor—dijo Estela, cubriendo de inmediato su boca.
«Eso había sido raro», reconoció, reprimiendo una carcajada.
Treinta minutos después, estacionaron frente a un restaurante de moda, aquel sitio estaba siendo recién inaugurado, por lo que muchas personas del medio habían acudido a la inauguración.
Estela se sintió nerviosa al ver el flujo de personas que entraban a aquel recinto, pero ya no había marcha atrás, debía desempeñar su papel como novia.
Alexander bajó del auto y se dirigió a su asiento para ayudarla a bajar. Se comportaba como todo un caballero, muy diferente a lo que solía ser.
«Puede ser encantador cuando se lo propone», pensó la joven, dejándose llevar por aquel galante comportamiento.
Al entrar al restaurante la atención de la mayoría de las personas recayó sobre ellos, en ese sitio había muchos hombres de negocios acompañados de sus esposas. Alexander saludó a un par, mientras se dirigían a su propia mesa.
Aunque en ese lugar no solamente estaban la crema y nata de la sociedad, sino que además, había una mujer que no los miraba con buenos ojos.
Estela reconoció a aquella fémina y se sintió incómoda. Se trataba de Mónica Alcácer, una exitosa modelo que había salido con el hombre a su lado y, que según los medios, era su más reciente conquista.
Alexander y Mónica se miraron de forma extraña, había una mezcla de complicidad y algo más, algo que hizo sentir a Estela completamente fuera de lugar…