La noche había caído sobre la casa, tiñendo de sombras los rincones de la mansión de Río. Ximena, con su voz suave y llena de ternura, se acomodó en la habitación infantil para leerle a Junior un cuento que él amaba. La historia, de dinosaurios, servía no solo para arrullar al niño, sino también para tranquilizarlo en ese nuevo contexto donde tantas emociones confluían. Mientras Ximena terminaba la última página, la mirada del pequeño cerraba lentamente los ojos, arrullado por el ritmo pausado de las palabras. El silencio que siguió fue profundo y absoluto, y en ese instante se sintió la certeza de que la rutina nocturna había cumplido su cometido. Roberto, en silencio, se encargó de acomodar a Junior, ajustándole la manta con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerlo de cualquier som

