Ermilio llegó esa misma semana. Había avisado, por medio de un telegrama, que me visitaría y lo recibí con gusto. Juntos fuimos a ver a Florencio. Él se alegró de que los tres lográramos una cálida reunión. Después de eso, Ermilio me llevó hasta el amplio terreno que se ubicaba a las afueras de la ciudad. En ese lugar su suegro le propuso que se empezara a sembrar aguacate. El proyecto tenía como fin mejorar la distribución en la zona sur del país. Si bien la ciudad me parecía interesante, también era caótica y podía cansar. Estoy convencido de que el aire del campo es distinto. Huele a vida, a alegría. Cuando alguien se siente morir, es aconsejable que vaya a olvidarse de todo en medio del pasto y los árboles que bailan al compás de una suave brisa que refresca el alma. —Las oficinas

