Capítulo 6. Tonta o imprudente

885 Palabras
Capítulo 6. ¿Tonta o imprudente? Me despiertan los gritos de las ratas, me levanto rápidamente del suelo y me doy cuenta de que estoy en el calabozo; por un momento creí que todo había sido un sueño, pero no es así. Me siento en el camastro y me cojo la cara con las manos. ¿De verdad quiero vivir así? ¿De verdad puedo seguir soportando todo esto? ¿Y para qué? Estoy cansada de intentar sobrevivir, mi compañero me desprecia y me regaló a otro. Y yo que pensaba que mi vida aquí podría ser mejor, pero de nuevo me equivocaba. Las horas pasan y con ellas llega de nuevo la noche; al menos aquí hay una pequeña ventana y puedo ver un trocito de cielo. Lo que no entiendo es por qué no me han traído nada de comer. Comer pan duro y agua no es lo mejor del mundo, pero de eso a no comer nada... —Sal, el Alfa te quiere ver —dice un guardia abriendo la puerta. "—Todo va a salir bien, ya no estás sola, Emila." "—Sauna, ¿de verdad eres tú?" "—Sí, estoy recuperado las fuerzas, espero que no te pongan otra vez las cadenas de plata." El guardia se detiene en seco, lo que hace que me choque de golpe tras él. Este ni se mueve; parece en trance. —Vamos, tendrás que andar un poco más de lo previsto; el Alfa te espera en la plaza principal. Claro, estaba hablando a través del enlace mental con el Alfa; yo no puedo hacerlo, ya que aunque ahora pertenezco a esta manada no le he jurado lealtad al Alfa. Espera un momento: ¿acaba de decir que me lleva a la plaza principal? Ahora sí que estoy acabada; estoy a punto de recibir un juicio público. Espero que al menos me dejen despedirme de mi madre. Siento lástima por ella, después de dejarlo todo por seguirme, al final me va a ver morir. Espero que sea una muerte rápida. "—¿Por qué piensas esas tonterías?" "—Solo soy realista, Sauna; siento que te tocará yo como anfitriona." "—No puedo estar más feliz de ser tu loba y si este es nuestro final, al menos nos iremos juntas." Diez minutos después llegamos hasta la plaza; al menos mi último paseo ha resultado agradable: hacía tanto que no salía tanto tiempo al exterior que lo he disfrutado al máximo. Lucien está en medio de la plaza; junto a él está el tal Marcus. Ahora que lo pienso, él debe ser su Beta, y al lado de Marcus esa mujer, creo que la llamó Linda. —¿Sabes por qué estás aquí? —No, la verdad es que no; si su ilustrísima pudiera ilustrarme... —Respondo con una valentía que desconocía que tenía hasta ahora. Supongo que será porque sé que estoy a punto de morir; ya no tengo nada que perder. Lucien se acerca hasta mí; ya está: mi final ha llegado. Podría decir que mi vida ha sido corta pero intensa, pero la verdad es que mi vida siempre ha sido una mierda. —Me resultas intrigante; cada vez que hablas me sorprendes con algo. Hoy, por ejemplo, con tu estupidez. O es eso o es que no tienes miedo a morir. —No sé si tengo derecho a pedírtelo, pero no tengo nada que perder. Si me vas a matar, me gustaría despedirme de mi madre. —No soy benevolente; creo que no me caracterizó por ello. ¿Qué te hace pensar que voy a mandar a alguien en busca de tu madre a tu manada? —Esa no es mi manada y mi madre no está allí; vino conmigo y trabaja en su casa. —Es la mujer que me suplicó por venir. Ahora lo entiendo todo. —¿Entonces me deja despedirme de ella? —No. —Está bien, supongo que es mejor así. Me arrodillo frente a él y muestro mi cuello. —¿Qué se supone que haces? —dice enfadado. En serio tengo que explicárselo todo. En fin supongo que no tengo más remedio que hacerlo . —Puff. En mi antigua manada, cuando alguien era condenado a muerte se arrodillaba y mostraba su cuello para que el verdugo cercenara su cabeza de un tajo. —Levántate del suelo; hoy no te voy a matar, pero a ti sí. Levanto la cabeza y veo la cabeza de la mujer rodar por el suelo. Me fijo en Lucien y veo que su mano es una garra. No sé si me sorprende más el hecho de que haya matado a esa mujer o que pueda transformar partes de su cuerpo a conveniencia. —Elige bien a mis acompañantes, y la próxima vez que quieras encarcelar a alguien consúltame primero. ¿Has entendido, Marcus? —Sí, Alfa. —Y tú, vuelve a la casa y date un baño: apestas... ¿Y qué esperaba, que después de estar encarcelada oliera a rosas perfumadas? —Lo que ordené, Alfa. —Dobló mi rodilla y le hago una reverencia. ¡Pero yo soy tonta o imprudente! Me acaba de perdonar la vida y yo le hago guasa. Salgo corriendo y me voy directamente a la casa.
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