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1224 Palabras

Abrió los ojos con lentitud, deseando no haberlo hecho casi de inmediato. El frío se filtraba a través de las delgadas mantas que el amable chico de la servidumbre le había cedido la noche anterior. Su cuerpo, acurrucado sobre sí mismo, temblaba violentamente en un intento por conservar el poco calor que aún le quedaba. No había logrado dormir, aunque eso era predecible. La habitación en la que la habían confinado no solo estaba fuera de su realidad, sino que también era inmensamente fría, con paredes altas, un oscuro techo y una atmósfera opresiva. El crujido de la puerta la sacó de su ensimismamiento. Erik, el chico de la servidumbre, entró con su andar ligero pero seguro, cargando una bandeja con una taza humeante y un plato cubierto. —Buenos días, Alicia —saludó con una sonrisa cál

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